La leyenda de Blas de Lezo: el medio hombre que salvó a Cartagena

La leyenda de Blas de Lezo: el medio hombre que salvó a Cartagena

Un perfil del español que comandó la defensa de la Heroica frente al almirante Vernon.

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07 de noviembre 2014 , 08:15 p.m.

El monumento construido en Cartagena, en el que se rinde homenaje a los soldados ingleses que murieron intentando apoderarse de la ciudad en el siglo dieciocho, fue exactamente eso: un error monumental. Yo podría agregar que fue una metida de pata, pero no faltará el chistoso que diga que esa es, precisamente, la pata que le hacía falta a don Blas de Lezo, el marino que salvó a Cartagena y, de paso, a todo el imperio español.

Ese agasajo a los enemigos de entonces desató un oleaje de protestas en todo el país y acaparó los despliegues de la prensa, hasta obligar al alcalde cartagenero a retirar el adefesio. Pero tuvo un lado positivo: sirvió para refrescar en la memoria de los colombianos lo que fue aquella auténtica epopeya en la que, hace 273 años, un mutilado de guerra, prácticamente inválido, derrotó a la armada más portentosa que había surcado los mares hasta entonces: 180 barcos que llevaban a bordo 27 mil combatientes al servicio del rey de Inglaterra.

En estos días se ha reconstruido en todos los medios de comunicación lo que ocurrió durante los dos meses que duró la batalla, entre marzo y mayo de 1741, aunque falta por relatar la historia insólita, emocionante y novelesca de su principal protagonista. Es decir: se ha contado el milagro, pero no el santo.

Héroe a pedazos

Blas de Lezo Olavarrieta nació en una modesta localidad del país vasco español, llamada Pasajes, y estaba condenado a ser marino. La mayor parte de los hombres de su familia lo fueron. Cómo serían los sobresaltos de su vida, que a los 12 años de edad ya estaba enrolado en la armada francesa, que en esa época era aliada de España.

Se convirtió en héroe desde chiquito. Tenía apenas 15 años cuando participó en la batalla naval de Málaga. Allí sufrió su primera desgracia: una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda. Sus compañeros relatan, con admiración, que no emitió ni una queja y siguió combatiendo. Solo al final de la batalla aceptó que le amputaran la pierna, a palo seco, de la rodilla hacia abajo. Fue ascendido a alférez.

Tres años después ya lo habían recibido en la armada española. En la batalla de Barcelona, donde hizo quemar paja seca para que el enemigo inglés no pudiera verlo, obtuvo una célebre victoria, pero, como siempre estaba en primera fila de los combatientes, una esquirla de madera que saltó de su nave se le enterró en el ojo izquierdo, y lo perdió para siempre. Cero y van dos.

Como si fuera poco, ascendido ya a capitán de navío, en un acto temerario se tomó por asalto varios buques ingleses. Un balazo le dejó inmóvil el antebrazo derecho. Tenía apenas 25 años, pero ya era manco, cojo y tuerto. Aun así, capturó once navíos británicos.

Fue enviado por primera vez a América, con el encargo de limpiar de maleantes aquellos mares asolados por piratas. Su vida militar fue tan frenética que combatió en La Habana, en el Perú, cerca de Panamá, en las Antillas.

El señor de los problemas

Regresó a Europa y siguió peleando. Dio batalla en costas de África y en los horizontes del Mediterráneo, se tomó el puerto italiano de Génova, defendió Cádiz. Fueron tantos sus méritos, y tan celebradas sus hazañas, que el rey lo ascendió a teniente general de la Armada, grado que hoy corresponde al de vicealmirante.

A partir de entonces se convirtió en una especie de vocero sindical de los marinos. Exigía aumentos salariales, reclamaba cargos para sus compañeros y pidió para sí mismo un empleo público, amparándose en sus derechos como lisiado de guerra.

Para quitárselo de encima, los asesores del rey lo mandaron a la quinta porra, nombrándolo comandante naval en Cartagena de Indias, que quedaba en el rabo de la mula, el lugar de donde se devuelve el viento, como dicen en el Caribe.

Llegó aquí en 1737. Su pena fue terrible al descubrir que no había sino tres o cuatro barcos viejos y maltrechos para proteger la ciudad. Y, como siguió creando conflictos, se ganó la enemistad del virrey Sebastián Eslava, que vivía en Cartagena. Aun así, en esta ciudad de murallas y fantasmas lo esperaba su hora más gloriosa.

‘Mediohombre’

Fueron cuatro años de pesadumbre. Agobiado por la nostalgia, y sin nada que hacer, el heroico marinero se fue hundiendo en las brumas del alcohol. Bebía más de la cuenta. Los testimonios de la época relatan que a veces, por la tarde, se ponía sus uniformes de gala, tachonados de medallas, y salía a la calle con el sable en la mano.

Los muchachos, que han sido traviesos en todas las épocas, le gritaban ‘Mediohombre’, y él los perseguía para golpearlos. Hasta que, el 13 de marzo de 1741, la primera nave de aquella impresionante flota inglesa asomó su mascarón de proa al frente de Cartagena.

No fue, como creen ingenuamente algunos libros de historia, y como lo repite todavía algún guía turístico a los viajeros inocentes, un ataque más de los tantos que perpetraba la piratería. Ni era un simple intento de saqueo, como afirman otros. La prueba es que el jefe de semejante flota era el almirante sir Edward Vernon, para que vayan viendo: miembro de la realeza, primo del rey Jorge II, integrante del Parlamento y distinguido con el más alto grado de la marina inglesa.

Era, sin duda, un plan estratégico concebido por el gobierno de Londres para expulsar a España de América, ni más ni menos, imagínese usted. Acababan de lograrlo en Panamá, donde destrozaron en unos cuantos días toda la resistencia española, y destruyeron la ciudad de Portobelo. Luego pusieron proa a Cartagena de Indias, la ciudad invicta.

La victoria del inválido

A pesar de su odio, el virrey Eslava comprendió que don Blas era el marino más valiente y más veterano que tenía a la mano y lo nombró comandante de los defensores. Sin recursos, con las uñas, a punta de estrategia militar y de un coraje invencible, con chalupas de pescadores, sus 3.000 hombres derrotaron a los 27.000 de Vernon. Salían a nueve ingleses por cada defensor. Para qué hablamos de las diferencias en armamento y en navíos.

La historia minuciosa de semejante proeza ya fue contada en las páginas de este periódico hace tres días. Solo me resta agregar que Blas de Lezo logró integrar un grupo de 600 combatientes indígenas, de la tribu kalamarí, los cuales, armados de arcos y flechas, diezmaron a las tropas inglesas, que jamás habían enfrentado a un enemigo semejante.

El profesor Bustillo me llama para recordarme que, además, entre los comandantes de la fallida invasión estaba Lawrence Washington, hermano de aquel mismo que 35 años después –ironías de la vida– encabezó la independencia de los Estados Unidos contra Inglaterra.

En mayo, los asaltantes voltearon popas y se fueron derrotados. Don Blas estaba al frente de la nave capitana, en primera fila, como siempre, poniendo el pecho. ¿A que no se imaginan ustedes a quién le pegó el último cañonazo inglés en la pierna buena que le quedaba?

El teso, Obregón y tiro

Desde ese día los mismos que antes se burlaban de él y le gritaban ‘Mediohombre’ se volvieron sus adoradores más fervientes. Ahora lo llamaban ‘Don Blas de Lezo, el teso’. Yo recuerdo que cuando llegué por primera vez a Cartagena, siendo un jovencito estudiante, los sábados por la noche íbamos a bailar al barrio negro de Chambacú, en unas fiestas inolvidables que se llamaban ‘tamboritos’.

Mientras danzábamos alrededor de un grupo de tamboreros, la gente iba coreando estos versos:

Don Blas de Lezo, el teso:
tres corazones,
siete cojones.
Don Blas de Lezo, el teso…
Años después, el gran artista de la luz y los colores del Caribe, Alejandro Obregón, usó su propia cara como modelo a la hora de pintar un retrato de don Blas. Para hacer más dramático su homenaje, una noche le pegó un balazo al cuadro en el ojo izquierdo y entonces sí quedó tuerto de verdad.

Además, en el propio lienzo, Obregón escribió con el pincel un poema suyo que incluye los versos que acabo de reproducir. Ese cuadro está hoy colgado en una pared de la casa de Gabriel García Márquez en México. Obregón hizo más retratos de Blas de Lezo, pero ya el modelo no era él mismo, sino su propio padre, que se llamaba Pedro Obregón.

Epílogo

Don Blas no pudo disfrutar de su victoria: cuatro meses después, en septiembre, murió a causa de la gangrena que le produjo aquel último cañonazo. Tenía apenas 52 años. Sigue siendo en la muerte tan estremecedor como fue en vida: jamás se han podido encontrar sus restos y ni siquiera se sabe en qué parte lo enterraron.

Hace como cuarenta años vino a Cartagena, en una amable visita, el embajador de Gran Bretaña en Bogotá. Quería conocer la ciudad en que un lisiado incomparable destrozó la orgullosa flota del imperio inglés. El gran historiador y poeta Donaldo Bosa Herazo le sirvió de guía. Contaba Donaldo que cuando llegaron al frente del castillo de San Felipe de Barajas, que fue donde remataron a los invasores, el embajador, señalando la estatua de don Blas, le dijo:

—Por culpa de ese hombre, América Latina no habla inglés.

En buena hora acaban de retirar la placa que homenajeaba a los asaltantes. A mí me parece que el pájaro no le hace monumentos a la escopeta. Pero todavía me queda una pregunta por hacer: en 1741, convencido de la fácil victoria que sus hombres iban a obtener en Cartagena, el rey Jorge II hizo fabricar en Londres unos medallones de celebración en los que aparece Blas de Lezo, arrodillado, entregando el estandarte de Cartagena al almirante Vernon. Se quedaron con las ganas, naturalmente, pero mi pregunta es esta: ¿cómo diablos hicieron para que don Blas se arrodillara, si tenía una pata de palo?

La batalla, según Obregón

(A Vernon) Le dijeron: Vete por El Dorado, y traénoslo pa' arreglar esta vaina. Vernon pensaba: antes de ganar tienes que estar convencido completamente de que vas a ganar, o, si no, nada funciona. Por eso Vernon se manda acuñar unas monedas, en que Blas está arrodillado. Ahí comenzó la fatalidad. Él no sabía que a Blas le faltaba una pierna Ahí están las tales monedas para la historia y para vergüenza de los ingleses.

(...) No fue la fuerza combativa de Blas, que tenía seis barcos no más, pues había hundido dos en Bocachica para frenar la entrada; Vernon se vino en cambio con 170 barcos, ¡Imagínate! Armó flota en Jamaica. Cuanta barcaza le servía, ¡vamos!
Blas con seis barcos apenas y todo el oro del mundo tras las murallas. Pero a los ingleses los agarra la disentería, porque tenían que beberse el agua de los pantanos, cuando se les agota la provisión del barco. ¡Y eso los acaba! Fue la única vez en que el agua fue un tesoro más importante que el oro. (...)

Y Blas trepado en la Popa, oteándolos. Lo subían en parihuela, al pobre lo tenían que cargar pa' cuanto lado iba. Y desde ahí, veía la flota de Vernon que iba en serio desmoronándose. ¡Carajo! ¡Me gusta el coraje! (...) Tiendo a exagerar un poco con esta historia, pero eso no es más que echarle salsita inglesa al patacón pisao...

Extractado del libro ‘Obregón... ¡al color de mis recuerdos!’, de Fausto Panesso.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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