Editorial: La amenaza de las llantas viejas

Editorial: La amenaza de las llantas viejas

07 de noviembre 2014 , 07:46 p.m.

La ciudad de Bogotá enfrentó esta semana una emergencia ambiental que, guardadas proporciones, hizo recordar la tragedia causada por el derrumbe de 800.000 toneladas de basura del relleno sanitario Doña Juana, en septiembre de 1997.

El martes pasado, un depósito de llantas ardió y puso en aprietos a los organismos de emergencia. Pero no se trató de uno cualquiera, sino del incendio –no se sabe si accidental– de 600.000 llantas usadas que se encontraban en el sitio.

Era como ver arder un gran tanque de petróleo, con todas las implicaciones que ello conlleva para el medioambiente y la salud de los ciudadanos.

Por fortuna no hubo víctimas, pero las consecuencias de lo sucedido bien pudieron ser mayores. El hecho se registró cerca del aeropuerto El Dorado –el más importante del país–, en un sector densamente poblado y bordeado por vías principales para el tráfico mixto y de carga. El caos en la movilidad fue total ese día.

Los efectos comenzaron a sentirse con el transcurrir de las horas, una vez los bomberos consiguieron extinguir las llamas. En el aire quedó suspendida una densa nube de partículas tóxicas, altamente peligrosas por provenir de hidrocarburos, lo que obligó a declarar la alerta naranja en las localidades de Fontibón, Puente Aranda, Teusaquillo y Barrios Unidos. Más de 12.000 personas y población de colegios, jardines infantiles, oficinas y demás fueron las más afectadas.

En el momento de escribir este comentario se ignoraban aún las causas de lo acontecido. Y eso ya es preocupante. Una ciudad del tamaño de Bogotá no puede darse el lujo de mantenerse en ascuas ante lo ocurrido, pues ello no solo pone en evidencia la poca capacidad de reacción de los organismos encargados de esclarecer este tipo de contingencias, sino que da pie a especulaciones que dejan mal parado al gobierno local.

Lastimosamente, por fuerza de las circunstancias, más que por la acción preventiva de la autoridad ambiental, la capital se ve abocada ahora a realizar debates sobre asuntos que ya, incluso, los medios venían denunciando. El primero es el tratamiento ligero que se le da al manejo de las llantas viejas en la ciudad. Cuando no se arrojan sobre andenes y separadores o se botan a los caños, se acumulan por miles en depósitos sin supervisión.

En países como Estados Unidos, Alemania o España su destino final está estrictamente reglado porque se trata de productos altamente contaminantes y nocivos para el ser humano y el medioambiente. Allí son claras las responsabilidades que atañen a sus productores, por ejemplo.

Aquí existen normas del propio Ministerio de Ambiente que involucran a empresarios, vendedores y distribuidores. Pero en alguna parte algo está fallando, como quedó demostrado esta semana, pues un bodeguero tenía las 600.000 llantas que terminaron ocasionando la emergencia y nadie sabe por qué no contaba con la vigilancia de los responsables de darles un uso final.

El problema es de alta sensibilidad y merece que sea el mismo Estado el que lo asuma. Con un parque automotor que libera anualmente, solo en Bogotá, cerca de 2 millones de estos elementos, corresponde al Ministerio del ramo revisar el capítulo de responsabilidades.

La propuesta de que sean las ciudades las que asuman el manejo de estas llantas puede ser una salida temporal, pero no soluciona el problema de fondo.

editorial@eltiempo.com

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