La aventura de escapar del este

La aventura de escapar del este

El anhelo de la libertad llevó a Joachim Rudolph a hacer hasta lo imposible.

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06 de noviembre 2014 , 09:52 p.m.

Joachim Rudolph no solo tiene pinta de aventurero, lo es. Va a cumplir 76 años en diciembre y lleva una larga historia a cuestas que, al parecer, no le pesa. Camina erguido, seguro, se viste de jean de arriba a abajo, usa tenis y lleva su pelo blanco desarreglado. No es muy expresivo, pero sonríe; parece uno de esos tipos cool que caminan por ahí en Berlín.

Joachim es también un sobreviviente. Su historia tiene varias aventuras aunque él no las ha escogido todas. Nació el 25 de diciembre de 1938 en Neumark, región que fue parte de Alemania y tras la guerra fue anexada a Polonia. Tenía solo 6 años cuando su familia fue detenida y expulsada por el ejército ruso. Se fueron a Berlín, a pie. Caminó 150 kilómetros con su mamá, que tiraba de una carreta donde iba su abuela herida en ambas piernas y su hermanita. Su padre había muerto en una prisión.

Se instalaron en la cocina y en lo que quedaba de un cuarto en un edificio sin pared exterior, sin comida ni ropa, y con una estufa de carbón. Así pasaron el invierno de 1945. Sobrevivieron como todos los recién llegados y los berlineses: viendo gente morir de hambre, entre escombros, con trabajos espontáneos y vendiendo lo que se pudiera en el mercado negro. Su madre trabajó ordeñando vacas, vendió cigarrillos y café, y luego entró a una fábrica de textiles, mientras Joachim iba a la escuela.

Creció en una ciudad dividida pero se movía sin problema de oriente a occidente. “Sabía que estaba viviendo en dos mundos. Uno era el oficial, el de la escuela, las autoridades y la calle; y el otro era el privado, donde se podía hablar solo con personas confiables”.

En junio de 1953 Joachim, de 14 años, vivió la euforia colectiva de la gran protesta obrera socialista y se unió a las marchas. Allí vio de cerca el peligro y entendió muchas cosas, pero no pensó en dejar el sector comunista. Perder todo por segunda vez no estaba en los planes de su familia.

La noticia del cierre de Berlín, el 13 de agosto de 1961, lo cogió en vacaciones de verano en Rügen, una isla al norte de Alemania. Joachim regresó de inmediato con sus amigos y encontró una ciudad cercada con alambres de púa, vigilancia y un muro en ciernes.

Su vida de estudiante también cambió. Desde ese momento todos serían reservistas del ejército y no habría espacio para ninguna discusión. Como varios de sus amigos, canceló la matrícula de la universidad en Dresde y regresó a Berlín. Esto fue suficiente para que su madre sospechara de sus planes, aunque del tema no se habló.

Coca-Cola al desayuno

Joachim escapó de Berlín Oriental el 29 de septiembre de 1961. Fue una acción bien calculada después de recorrer la frontera durante varios días junto con un amigo, buscando posibles puntos de fuga. Escogieron Schildow, un pueblo al norte de la ciudad cuyo límite con el área occidental de Berlín era el río Tegel.

Esperaron a que el clima empeorara para que la noche fuera más oscura. Joachim llevaba puesto su único equipaje: camisa, suéter, dos pantalones –uno sobre otro–, y una chaqueta de cuero. En una bolsa plástica metió su pasaporte e, ingenuamente, un libro de matemáticas. “Con las fronteras cerradas creí que sería imposible encontrar un libro tan bueno al otro lado”.

Unos 300 metros lo separaban del río y apenas susurraba algunas palabras con su amigo. Se empujaba apoyándose en los codos, lentamente, y el corazón retumbaba. Cuando llegaron a la orilla habían impuesto un récord de cuatro horas en una categoría inexistente: fuga arrastrándose.

Avanzó unos pasos clavando los pies en lodo, y cuando estaba en la mitad del río, un ruido ensordecedor lo dejó petrificado. Era una bandada de patos que dormía ahí. “Nos miramos nerviosos esperando la llegada de guardias, pero nadie sospechó del ruido”.

Salieron del agua y caminaron seguros después de ver algunos tractores que no eran rusos. Eran casi las cinco de la mañana y seguía oscuro. “No había un alma, vimos la estación de bomberos y había un hombre dormitando en una mesa. Nos preguntó de dónde veníamos pero no pudimos responder y nos dijo: ‘Puedo imaginarlo… Lo lograron, están en Berlín Occidental’. Mi amigo y yo nos abrazamos”.

Luego fueron a la estación de policía donde los felicitaron, les dieron de desayuno pan y una Coca-Cola que probaron por primera vez. Después descansaron en dos celdas con las puertas abiertas.
Joachim rápidamente reinició sus estudios en la Universidad Tecnológica de Berlín, donde se conectó con un grupo de jóvenes que ayudaban a escapar a alemanes del Este. Unas semanas después convenció a su mamá y a su hermana de huir con pasaportes austríacos falsos.

Aunque la normalidad estudiantil le duró poco. En el cuarto vecino del dormitorio universitario conoció a dos italianos y un alemán que le hablaron de un proyecto secreto: construir un túnel para traer a un amigo con su esposa e hija, y a otras personas desde el Este. Joachim aceptó.

Túnel al oriente

En el sótano de una bodega abandonada comenzaron las excavaciones a mediados de 1962 y poco a poco los colaboradores fueron unas 40 personas que trabajaban por turnos.

El riesgo era enorme, pues debían cavar por debajo de la zona militarizada del Este, llegar al sótano de otro edificio, evacuar personas, y regresar sin ser descubiertos.

La construcción duró meses con problemas de filtración de agua y de dinero. La salvación fue la cadena NBC, que compró los derechos de filmación. La tensión en el grupo aumentó, pues fue un negocio secreto de los italianos, y porque ninguno quería ser visto en televisión. Pero el plan no se detuvo.

En la mañana del 14 de septiembre, Joachim entró de nuevo a Berlín Oriental a través de un túnel de 135 metros. La operación duró hasta entrada la noche, cuando el agua volvió a filtrarse. Para entonces ya habían escapado 29 personas, número que le dio el nombre al túnel. “Cuando vi a los fugitivos salir, me di cuenta de que las dificultades, las bombas de agua o el trabajo duro habían valido la pena”, recuerda ahora.

Joachim no recibió un marco por su trabajo, pero sí una recompensa: una de las mujeres que escapó esa noche se convertiría en su esposa años después. Y claro, la experiencia le dejó además mucha adrenalina. Tanta que no dudó en ayudar en otros dos túneles de un colega del Túnel 29. Esta vez el esfuerzo fue en vano, pues los túneles fueron delatados.

Esos años quedaron atrás, y terminó de estudiar ingeniería mientras se acostumbraba a vivir en una ciudad dividida, que llego a tener 70 túneles planeados en los 28 años que estuvo el muro en pie.

Después de viajar por el Medio Oriente y trabajar en Nigeria a comienzos de los 80, regresó a Berlín. Dos años después caería el muro.

Esa noche Joachim se quedó en casa, y al otro día celebró con los amigos que reencontró en el Este. Quizás ese día terminó la gran aventura de su vida; pero Joachim mantuvo su esencia hasta hoy. “Muchos dicen que me gusta arriesgarme pero no lo creo. Me gustan los retos, yo sé dónde están mis límites y nunca los sobrepaso”, dice. Sólo sobrepasó el Muro de Berlín.

Guido Hoyos

Para EL TIEMPO

Berlín

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