El Clamor de Ayotzinapa

El Clamor de Ayotzinapa

El clamor de las familias de los desaparecidos desató la indignación nacional e internacional.

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06 de noviembre 2014 , 05:43 p.m.

Un grupo de medio centenar de estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero (México), viajó el 26 de septiembre pasado a la ciudad de Iguala, en el mismo estado, para protestar contra la continua represión de que son objeto los normalistas por parte de las autoridades locales y federales. El conflicto venía desde el 12 de diciembre del 2011 cuando una manifestación de los estudiantes de Ayotzinapa fue abaleada por la policía, que mató a dos normalistas e hirió a otros.

A las nueve y media de la noche del 26 de septiembre pasado, un grupo de normalistas de Ayotzinapa que ingresaba en un bus a Iguala fue tiroteado por la policía. El ataque alevoso a los inermes alumnos suscitó la protesta de sus compañeros. En la alta madrugada una manifestación exigía sanciones para los policías agresores. De repente, los mismos policías locales, acompañados por desconocidos, dispararon ráfagas de metralleta contra la manifestación y contra un bus que transportaba a los integrantes del equipo de fútbol de la tercera división Avispones de Chilpacingo (Chilpacingo es la capital del estado de Guerrero).

El resultado de la agresión policiaca, apoyada, según testigos, por sicarios de la organización criminal Guerreros Unidos, fue de seis personas asesinadas: tres estudiantes normalistas, dos integrantes de Los avispones de Chilpacingo, y una señora que no alcanzó a cubrirse del fuego combinado de la policía y los sicarios. Se teme que hayan sido asesinados cuarenta y tres normalistas, secuestrados y luego desaparecidos, por la banda criminal Guerreros Unidos, a la que la policía le entregó los jóvenes detenidos mientras intentaban ponerse a salvo de las balas.

El clamor de las familias de los normalistas de Ayotzinapa desaparecidos hace un mes y once días, desató la indignación nacional e internacional. En los días siguientes al suceso monstruoso, airados manifestantes asaltaron la Gobernación de Guerrero y le prendieron fuego. Las protestas en México crecen día por día, y a ellas se ha unido una inmensa solidaridad mundial. Los padres de los normalistas secuestrados y desaparecidos no admiten explicaciones inútiles. “Los queremos de vuelta ya, y vivos, porque vivos estaban cuando los desaparecieron”.

El alcalde de Iguala, José Luis Abarca, a quien se acusa de haber dado la orden de fusilar la manifestación de normalistas, y de entregar los cuarenta y tres a la banda criminal Guerreros Unidos, que domina el estado de Guerrero, tuvo que huir junto con su esposa, María de los Ángeles Pineda, señalada de festejar la muerte y el secuestro de los estudiantes. Abarca y la Pineda fueron capturados el 4 de noviembre en Ciudad de México, donde se habían escondido. El gobernador de Guerrero tuvo que renunciar a su cargo. La ola de indignación y de rechazo en México ha puesto en serios aprietos al presidente Peña Nieto, cuyo gobierno en estos momentos tambalea por su notoria incapacidad para controlar las organizaciones criminales y la lenidad mostrada en la búsqueda de los normalistas desaparecidos.

La captura del exalcalde Abarca y de su esposa no ha atenuado la protesta. Los padres quieren a sus hijos de vuelta sanos y salvos. Hasta el momento el gobierno de Peña Nieto no tiene idea de en dónde están los normalistas ni de la suerte que hayan corrido. En distintas capitales del mundo los muros han sido cubiertos con retratos de los cuarenta y tres estudiantes desaparecidos. El rapto abrupto de esos muchachos, facilitado por las autoridades de Iguala, se ha convertido en un grito de angustia y de dolor universal que acompaña al clamor de las familias de Ayotzinapa.

Para el próximo 20 de noviembre se anuncia en México un paro nacional que se mantendrá hasta que aparezcan los normalistas. El presidente Peña Nieto, que simbolizó el regreso al poder de un PRI renovado y purificado de sus errores antiguos, está en la cuerda floja. Desde todos los rincones de la tierra le gritan “¡Ayotzinapa, nunca más!”. Nadie desea que se caiga el presidente Peña Nieto, pero si los normalistas no aparecen, y si no aparecen vivos como se los llevaron, el presidente Peña Nieto caerá. México se aburrió de estar sometido al imperio sangriento del crimen y del terror desatado por las bandas del narcotráfico.

Observémonos los colombianos en ese espejo. Aquí no es que estemos mucho mejor. Informes publicados en este diario (3 de noviembre, p. 6, debes saber) y en Publimetro (5 de noviembre, p. 4) indican que las bandas criminales (denominadas con el eufemístico acrónimo de Bacrim, quizá para maquillarlas como inocentes ONG) han crecido en Colombia más que el PIB. Ya ocupan veintisiete de los treinta y dos departamentos de nuestra atribulada nación, es decir, el 85 % del territorio nacional. No quepa duda de que dichas bandas criminales son financiadas por el narcotráfico y los políticos corruptos (como en México). Hay, por lo menos, doscientas cincuenta alcaldías en el país cuyos burgomaestres han sido elegidos con dineros dudosos, y en las que las bandas criminales y los narcos y lavadores de dinero ejercen un dominio absoluto.

¿En esas condiciones, qué futuro puede esperarle al proceso de paz? ¿Las autoridades seguirán sordas, ciegas y mudas ante el crecimiento incesante de las bandas criminales? ¿Se esperarán para actuar a que tengamos un Ayotzinapa, o algo peor?​

Enrique Santos Molano

 

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