Escribir desde otra orilla

Escribir desde otra orilla

Lo que ha cambiado es que ya logramos decir y expresar nuestra manera de habitar ese mundo.

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04 de noviembre 2014 , 08:02 p.m.

Hace unos días, el grupo Mujer y Sociedad lanzó el número 20/21 de su revista En otras palabras... con un título provocador: ‘Mujeres, lenguajes y escrituras transgresoras’. Concentra su interés principalmente en aquellas que se atrevieron a incursionar en un espacio que fue durante siglos reservado a los varones ilustrados y presuntos dueños del saber y se pregunta qué significó para mujeres del pasado irse a un posible rincón, tomar la pluma y escribir para poder por fin existir en un mundo tan poco hecho para ellas. Mujeres que ya habían entendido que su liberación pasaba por el lenguaje y por la escritura y que por esto fueron tildadas de peligrosas al escapar de las normas y roles prescritos para una feminidad aceptada y reconocida.

Es interesante a este propósito recordar que pocas de ellas tenían derecho a una educación semejante a la de los hombres y que la mayoría de ellas eran reducidas al ámbito asfixiante del hogar y de la maternidad, como nos lo recuerda Esther Tusquets en el prólogo de ese bello libro titulado Las mujeres que escriben son peligrosas. La cito: “No debe ser casual que ninguna de las grandes novelistas inglesas del siglo XIX que marcan el ingreso de la mujer en la literatura –George Eliot, Jane Austen y las hermanas Bronte– tuviera hijos”. O que, añadiría yo, Sor Juana Inés de la Cruz fuera una religiosa, Olimpia de Gouges fuera guillotinada y algunas otras tomaran la decisión de suicidarse.

De hecho, Virginia Woolf tampoco tuvo hijos y George Sand se vio obligada a vestirse como hombre, fumar pipa y adoptar un nombre de varón para poder ser publicada. En fin, sin una habitación propia y alguna independencia económica, como nos lo mostró magistralmente la gran Virginia, bien complejo era para una mujer volverse escritora.

Por cierto, hoy y gracias a una revolución aún en marcha, los hombres ya no están solos para expresar el mundo, para interpretarlo y para nombrarlo. Los hombres, huérfanos desde hace siglos –y convencidos de que ese hecho no los afectaba–, hoy están acompañados y tendrán que darse cuenta de que hay otros conocimientos que adquirir y otras preguntas que hacerse partiendo de lo que han ignorado y de lo que fue callado, es decir, de lo que no se ha dicho sobre esta manera particular y específica de las mujeres para habitar el mundo y nombrarlo. Sobre todo, nombrarlo. Tal vez por esto el gran historiador Georges Duby, cuando trataba de conocer e interpretar a las damas del siglo XII, nos decía que era necesario buscar lo que ellas callaban y no tanto lo que ellas lograban decir. Hoy, lo que ha cambiado es que ya, transgrediendo el lenguaje, las buenas costumbres y muy a menudo lo recomendado por la Academia de la Lengua, logramos decir y expresar nuestra particular manera de habitar ese mundo.

Y sí, teníamos que situarnos sexualmente ante el lenguaje, pues construirnos como mujer no podía seguir en la indiferencia. Teníamos que tratar de interpretar y expresar el mundo desde otra orilla, desde esta irreducible diferencia sexual, sin que eso sea interpretado como capricho de mujeres feministas. Era afirmar que una lengua es viva y darse el lujo de dejar a la imaginación tomar el poder como lo hace la poesía cuando en un verso nos dice “la Tierra es azul como una naranja”.

Y es eso lo que trata de mostrar en sus contenidos esta nueva edición de la revista En otras palabras... ilustrada con viejas cartas a mano, caligrafías, tintas, papeles arrugados de nuestras antepasadas cuando les invadía este ineludible deseo de escribir para poder por fin morir en paz.

Florence Thomas

Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

 

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