La silenciosa guerra de los Kurdos contra el Estado Islámico en Siria

La silenciosa guerra de los Kurdos contra el Estado Islámico en Siria

Esta minoría étnica ha luchado durante años por autonomía. Ahora temen perder la ciudad de Kobane.

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02 de noviembre 2014 , 08:15 p.m.

En una noche en la que el brillo de las estrellas se intensifica por la falta de electricidad, Samira cuenta que ni ella, de 32 años, ni su familia tienen vida en Derek. La luz solo llega dos horas al día y sobreviven con una planta eléctrica. El agua escasea, al igual que algunos productos. Muchos tienen precios astronómicos. La movilidad a otras regiones es imposible, pues esta parte de Siria, de mayoría kurda, está rodeada por el recién proclamado Estado Islámico. Solo tienen un vuelo diario a Damasco, la capital, e incluso hombres armados tienen que proteger la agencia local de Syrianair para evitar las peleas de quienes buscan un billete. (Claves para entender al Estado Islámico: ¿Qué es y cómo actúa en Oriente Próximo?)

Los pasos hacia Turquía, con la que comparten largos trayectos de frontera en el norte, están bloqueados en estas partes de mayoría kurda y solo se puede cruzar de manera ilegal, después de pagarles alrededor de 300 dólares a los contrabandistas. Y la única salida viable es por el paso a la región autónoma del Kurdistán iraquí. “Pero yo no quiero ser una refugiada más. Tampoco puedo dejar a mi familia”, dice Samira. Desde que Estado Islámico de Irak y el Levante (Eiil) empezó el avance contra tierras kurdas hace 15 meses, más de 300.000 buscaron refugio en el Kurdistán iraquí.


  Alrededor de 2.5 millones de kurdos habitan en Siria.  INFOGRAFÍA:  Estas son algunas de las cifras que ha dejado la guerra en Siria. Para ver el gráfico haga clic aquí.

La historia de esta mujer no es diferente a la de muchas kurdas solteras de su edad. Es la mayor de seis hermanos y, según la tradición, lleva la responsabilidad de su casa. Es el apoyo de su madre y de su abuela, de 90 años, que lleva dos meses en cama después de que la atropelló una moto.

Cuando empezó la guerra, su padre cerró el negocio que tenía en Alepo, la segunda ciudad de Siria. Su hermano, de 28 años, es quien trae el apoyo económico a la familia. Pero no es fácil. La guerra ha afectado a todos. “Vivimos en un zoológico”, asegura Mahmoud, un especialista en ortopedia.

“La gente sale a la calle y todo parece normal, pero no es así. Las drogas escasean, no hay rayos X, no hay escáner, no hay cómo reparar las máquinas y la gente solamente espera morir. No hay manera de vivir aquí”, asegura este doctor, que cuando empezó la guerra, en el 2011, tuvo que cerrar sus dos consultorios en Alepo y regresar a Qamishli, la ciudad más grande de la región de mayoría kurda en el noreste de Siria.

“Esta es mi tierra. Tenemos que defenderla –agrega el médico–. No tiene sentido irse, llevamos siglos peleando por ella”. Pero también reconoce las dificultades en las que han quedado atrapados aquellos que decidieron quedarse. Miles han tomado las armas para unirse a las agrupaciones de defensa, como YPG, YPJ o Assayis, y los otros, dice, viven con el único objetivo de encontrar algo para comer. “Igual que los animales”, concluye.

Pero como si la vida ya no fuera difícil, la batalla contra los extremistas de Estado Islámico, que se ha intensificado en los últimos meses, ha traído dolorosas consecuencias para todas estas regiones de mayoría kurda. Especialmente para la que se conoce como Kobane. Alrededor de 160.000 kurdos que habitaban esta región, aislada por completo de las otras zonas kurdas, han tenido que pasar a Turquía desde que los combatientes del Estado Islámico iniciaron una campaña sin precedentes. Los kurdos y los extremistas, que fueron avanzando desde diferentes frentes, terminaron peleando en las calles de la ciudad.

Ni la moral de los kurdos ni los ataques aéreos estadounidenses –que aunque llegaron tarde han ayudado a parar el avance extremista– han controlado el poder de los hombres del llamado califato. La pérdida de Kobane, dicen, sería una de los mayores golpes para los kurdos en las últimas décadas. Lo que pasa allí es seguido con dolor y pasión por cada kurdo en estas calles de Qamishli. “¿Cómo salir de esto? No tenemos respuesta”, concluye Mahmoud, que asegura que su testimonio es el “diario de un pesimista”.

La tercera vía

Los kurdos de Siria –que son 2,5 millones–, reconocen el laberinto en que se encuentran. Su situación no tiene nada que ver con la de ciudades como Alepo y Homs, que han sido bombardeadas por el régimen de Bashar al Asad hasta la destrucción. Sus ciudades están intactas –al menos hasta que empezó la batalla por Kobane– y la vida, aunque extremadamente difícil, transcurre sin los enfrentamientos constantes de otras urbes de Siria ni el temor a los ataques aéreos del régimen.

Desde los primeros meses de la revolución siria, los kurdos tomaron medidas, que han sido criticadas por muchos opositores sirios. Oficializaron las milicias del YPG, YPJ –la versión femenina– y la policía Assayis, para defenderse del régimen. Pero desde Damasco se dio un giro. Las fuerzas retrocedieron y autorizaron ciertos derechos que históricamente les habían negado, como tener carné de identidad o estudiar en kurdo. Desde entonces, el peligro inminente no proviene de las fuerzas del régimen.

Incluso en la calles de Qamishli todavía se ve irónicamente la presencia de algunos integrantes de la fuerzas de Bashar al Asad, que pueden estar en lugares como el aeropuerto y otros sitios estratégicos a cambio de que no procedan en contra de la población. Esto, a pesar de que al inicio de la guerra las cárceles sirias estaban llenas de prisioneros kurdos.

Lo hicimos (el compromiso) para que no destruyeran nuestras ciudades, entre otras cosas. Pero no significa que estemos de acuerdo con ellos”, había asegurado, en una entrevista de hace un año, Salih Muslim, uno de los codirectores del Partido de la Unión Democrática (PYD), el movimiento político más importante del país y considerado la rama siria de la organización de los trabajadores kurdos (PKK), que lleva más de 30 años enfrentado con el gobierno de Turquía.

Bajo esta justificación, los kurdos aseguran que han optado por la tercera vía. Crearon un gobierno autónomo. Aseguran que no están con los unos ni con los otros. “Este proceso de autonomía ha sido positivo en muchos aspectos, pero ahora el peligro de Dai’sh (Estado Islámico, por sus siglas en árabe), es mayor”, asegura Redul Khalil, el portavoz –para el cantón de Jazeera– de las unidades de protección popular conocidas como YPG.

El escenario de la guerra Siria tomó un giro dramático para los kurdos cuando el Estado Islámico de Iraq y de Levante apareció en el escenario de la ya complicada guerra que se vivía en ese país.

Desde que empezaron su expansión, los territorios kurdos se convirtieron en uno de sus principales objetivos, como consecuencia del petróleo que hay en estas tierras y su ubicación a lo largo de la frontera con Turquía –necesaria para la entrada de armas y municiones, entre otros–.

Los kurdos deben pagar 300 dólares a los contrabandistas para poder pasar a Turquía de forma ilegal. (Foto: AFP)

Heridas de guerra

Sentado a la entrada de la sede de los Assayyis de Derek, Orhan parece un hombre mucho mayor que el que dejamos el año pasado, cuando habíamos visitado esta región por última vez. Su rostro tiene varias arrugas y su barriga, un poco más pronunciada. “Llevo meses sin combatir”, dice para justificar por qué cuesta tanto identificarlo. En este último año –cuenta– ha sido herido en dos ocasiones. Primero una bomba. La pierna izquierda se quebró en varios pedazos.

De regreso al frente, meses después, dos amigos explotaron cuando iban pocos pasos más adelante. Orhan quedó con varias heridas, e incluso aún tiene una esquirla arriba de su ceja. “¿La siente?”, dice al poner el dedo en su rostro. Aquel combate fue tan duro, recuerda, que casi pierde la moral. “Lo peor que le puede pasar a un combatiente”.

Actualmente no lo dejan regresar al frente porque olvida las cosas. Su misión, ha pasado a la protección de los civiles en las áreas urbanas con la policía del Gobierno kurdo sirio, conocidas como Assayis. El control de los retenes y de la seguridad de las ciudades también la comparten con la división cristiana de los Assayis que protegen en compañía de los kurdos esta región que históricamente ha sido habitada por cristianos, arameos, asirios, siríacos, caldeos y armenios.

“Ahora la pelea es más intensa que hace un año”, dice Orhan. Lo mismo repiten en cada rincón de estas ciudades del cantón de Jazeera, como Qamishli o Derek, que recuerdan que desde que el entonces conocido como Eiil entró a Irak, el pasado 10 de junio, han pasado a ser una fuerza más poderosa.

El número de tanques, vehículos, armas de todo tipo y municiones que tomaron del Ejército Iraquí –la mayoría de ellas dadas por los norteamericanos durante la invasión–, que huyó en masa de aquellos lugares de mayoría sunita a los que entraban, cambió significativamente la realidad sobre el terreno. Y como consecuencia, el número de frentes de batalla en esta parte de Siria, cerca de la frontera con Irak, se han multiplicado.

El cementerio de los mártires de Qamishli, testifica el crecimiento de esta guerra. En menos de un año, más de 200 nuevas tumbas se han abierto solo en esta ciudad. El mismo fenómeno pasa en cada población de la región. “Lo único queremos es que el enemigo se vaya de nuestra región. Hasta aquí es suficiente. Estamos cansados y ni siquiera tenemos lágrimas para llorar más”, asegura Sheja, quien cuenta que su esposo hizo parte de un gran número de kurdos que se unió al YPG hace cuatro años cuando empezó la revolución en Siria. “Él siempre repetía –dice– que nuestra existencia estaba ligada a nuestra tierra”.

Esta milicia, que empezó como el ala militar del PYD, pasó rápidamente a convertirse en la fuerza oficial de los kurdos sirios. En la medida que los enfrentamientos que entre los rebeldes opositores sirios y el régimen de Damasco se incrementaba, la bandera amarilla del YPG empezó a ondear en las regiones kurdas de Siria, conocida como Rojava, que comprenden tres grandes sectores que ellos conocen como cantones: Afrin, Kobane y Jazeera, que tiene como capital a Qamishli. A estas se suma el barrio de mayoría kurda de Alepo, Sheik Masoud, donde luchan cerca de los rebeldes contra el avance del régimen. Todas han quedado aisladas entre sí.

Y aunque la situación de cada cantón es diferente, la realidad es que las habilidades militares del YPG – a pesar de la escasez de armas y vehículos pesados– y la motivación de su gente ha logrado controlar el avance de los extremistas en mayor medida que otras fuerzas opositoras en Siria.

“Nosotros no somos un brazo de la pelea entre el estado turco y el PKK. Nosotros compartimos más de mil kilómetros con Turquía y queremos ser buenos vecinos. El enemigo es Dai’sh (Estado Islámico)”, justifica Redul Khalil al referirse a la actitud de Turquía que desconfía inmensamente de los sirios turcos, como ha quedado demostrado en Kobane, donde por semanas impidió la entrada de combatientes y armas para apoyar a los kurdos. Al final accedió a que entraran, pero solo peshmergas, las fuerzas oficiales de los kurdos de Iraq.

Esta desconfianza también queda reflejada en la actitud de la alianza internacional que pelea contra el Estado Islámico. Y es que para algunos analistas el YPG sería la fuerza con mayor capacidad para convertirse en el aliado sobre el terreno.

“Explíqueme por qué la comunidad internacional nos ha abandonado y sí ha ayudado a los kurdos de Irak a defenderse de Dai’sh (Estado Islámico). Los dos tenemos el mismo enemigo y nosotros llevamos peleando contra ellos hace tiempos”, pregunta Orhan que repite el mismo cuestionamiento que oiríamos una y otra vez en nuestro viaje por estas zonas kurdas de Siria.

Una guerra abierta

La batalla contra los extremistas del Estado Islámico, que se ha intensificado en los últimos meses, ha traído dolorosas consecuencias para todas las regiones de mayoría kurda.

Las carreteras que van hacia al sur de la conocida autovía internacional –que une a Irak con el interior de Siria– son zona de guerra. Esta vía estuvo hasta hace diez meses en poder de Eiil y los rastros de las batallas que se libraron para recuperarla todavía quedan a lado y lado del camino.

Cada intercepción de la carretera está controlada por retenes protegidos por bloques de cemento en los que se lee YPG. Hombres con su kalashnikov colgados al hombre controlan con paciencia a los viajeros. Y desde lo alto de los Tappeh, como conocen las colinas polvorientas que sirven de frente de batalla, vigilan que no haya movimientos extraños a la distancia.

En una región donde árabes y kurdos han convivido por años, la desconfianza entre ambos se ha incrementado a límites inigualables desde la aparición del Eiil. Y es que en estas zonas kurdas, las consecuencias de la pelea del régimen de los Asad –que inició con el padre Hafez– y los kurdos queda en evidencia.

Aunque históricamente en estas zonas de Siria habitaban tribus árabes, el número se incrementó cuando el régimen dio tierras y promovió la movilización de varias familias árabes del interior del país hasta esta región. Muchos de estos árabes siguen siendo leales a Bashar al Asad y otros han dado la bienvenida al recién creado califato. “Muchos los han dejado entrar a sus casas y les han dado posada. Ahora pagan las consecuencias de su brutalidad”, explica Fadi, un cristiano que se ha unido a la fuerza cristiana de los Assayis.

La versión de Mohammad Ahmad, un árabe de una población cercana a Tal Hamis, muestra la otra cara del conflicto. Cuenta que cuando Eiil se tomó esta región, no les hicieron nada. Solo les advirtieron que las mujeres tenían que ir totalmente cubiertas, o de lo contrario serían castigadas con latigazos. “Entonces solo los veíamos una o dos veces a la semana”, dice. El resto estaba en control de los locales que habían aceptado el poder del califato.

Pero la situación cambió a finales de julio cuando Eiil atacó la división 17 del Ejército sirio en la ciudad de Raqqa, que rompía la extraña alianza de uno y otro bando en esta región siria en poder de los extremistas. “Nos dijeron que teníamos dos opciones: abandonar todo lo que teníamos o pelear con ellos. La mayoría del pueblo ha huido, como nosotros. No compartimos sus ideales”, dice Mohammed que habla de las historias que cuentan las familias de aquellos que han decidido combatir con el Eiil. “Traen niñas de otras poblaciones que han capturado en batalla y las violan –dice–. Estas cosas no están permitidas por el islam”. También comenta que entre los extremistas hay chechenos y otras nacionalidades que ni hablan árabe ni conocen el dinero local.

Por todas estas razones, Mohammed huyó con sus tres hermanos y sus familias. “No queríamos pelear con ellos”, repiten. Traen lo poco que pudieron meter en dos maletines y tratan de pasar a Turquía a buscar refugio. Él dice que en aquellos pueblos solo quedan combatientes.

Tropas kurdas reciben refuerzo

Desde el viernes en la noche, según AFP, la tropas kurdosirias se reforzaron en la ciudad de Kobane, con 150 peshmergas iraquíes, para combatir a los yihadistas, que tienen unos 4.000 hombres, mientras el YPG, principal milicia kurdosiria, tiene 2.000.

Las mujeres mandan en el frente abierto

Raken lleva una pañoleta turquesa alrededor de su cabeza y va vestida de traje militar. Lo único que la diferencia de los otros milicianos es que carga un radio en su bolsillo, que la identifica como uno de los comandantes de este frente de batalla ubicado a pocos kilómetros de Tal Hamis, de donde huyó Mohammad Ahmad.

“Están en ese caserío del frente. Si mira bien, podrá ver sus doshkas detrás del edificio color crema. Pero solo atacan de noche”, explica Raken, una mujer de 30 años, que se ríe al contar que a pesar de llegar cerca, los bandidos no se atreven a entrar a esta posición que hasta hace días estaba en su poder. “Los llamamos así porque no tienen principios”, afirma Raken, quien dice que el enemigo sabe que todas estas áreas están minadas y que conoce de la determinación de los kurdos al pelear.

Raken hace parte de YPJ, la unidad femenina de las tropas kurdas de Siria y que pelean de igual a igual con los hombres en el frente de batalla. “Si nos capturan –por Eiil– es la muerte. Ellos nos ven como infieles y mucho más si somos mujeres”, cuenta Raken, quien asegura que en esta zona ellos van ganando la batalla en las últimas semanas. Y es que los kurdos estaban convencidos de que después de que Eiil se había tomado Mosul, la segunda ciudad de Irak, tenían como objetivo tomarse Qamishli, la capital kurda del cantón de Jazeera.

Por eso iniciaron una ofensiva que los ha llevado a recuperar más de 25 poblaciones en esta zona. El objetivo, dicen, es presionar a Eiil en las regiones fronterizas con Irak. Y alejarlos de las ciudades kurdas. Pero esta campaña ha tenido sus repercusiones. “Hemos recuperado mucho territorio en esta zona de Jazeera y como venganza ellos han decidido atacar el cantón de Kobane, que es más débil porque lleva bloqueado por más de dos años”, confirma Khalil. Incluso, el apoyo militar que les pudieron dar fue limitado.

“No hay vías abiertas a Kobane. Algunas veces los mandamos de manera clandestina por vías secretas. Y otros entran ilegales cruzando la frontera con Turquía, pero sin armas”, dice. Pero esto se hizo aún más difícil cuando Turquía militarizó toda la región y así evitó el paso de cualquier refuerzo. Por eso los kurdos se temían lo peor.

Como respuesta, las calles de Qamishli, Derek, Amuda, las ciudades kurdas del cantón de Jazeera, se llenaron diariamente de personas para pedir ayuda y solidaridad con la región de Kobane. Sabían bien que si dejan tomar Kobane no solo sucedería una masacre, sino que perderían parte de sus tierras, que llevan tratando de defender por siempre. “A mí lo que no me cabe en la cabeza es que Dai’sh (Estado Islámico) ha logrado crear un Estado en pocos meses y nosotros los kurdos llevemos 2.500 años creando uno y no hayamos podido”, concluye Mahmoud, el doctor pesimista que señala que los kurdos se están jugando una gran partida de ajedrez en el escenario regional del que dependerá su futuro.

CATALINA GÓMEZ ÁNGEL
Para EL TIEMPO
Derek (Siria).

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