Junto a los aislados

Junto a los aislados

Legados de Roberto Franco García.

01 de noviembre 2014 , 12:16 a.m.

Politólogo, historiador, antropólogo y ambientalista de corazón, Roberto fue un gran conocedor y lector de historias del mundo y sus diferentes lugares, siempre atraído por la selva del Amazonas, como por dar a conocer la historia de las regiones de frontera. Como ambientalista sembró palmas de cera, robles, alisos y sauces y defendió los principios de los pueblos que han mantenido relaciones de equilibrio y reciprocidad con los demás seres de la naturaleza.

De esta forma dedicó esfuerzos para el reconocimiento de los derechos territoriales de los pueblos negros en el proceso de la ley 70 mostrando a los ambientalistas radicales y a los empresarios madereros los argumentos para que sus bosques se consideraran parte integral de los territorios colectivos; también inició uno de los primeros procesos de acuerdo para el manejo de los Parques Nacionales Naturales, en este caso en el de Utría con los embera; asimismo, apoyó el reconocimiento de los sistemas agrobiodiversos de los campesinos.

Toda su experiencia confluyó en su pasión, evidenciar la existencia de pueblos que se mantienen independientes del sistema, conocidos comúnmente como aislados, no sabemos a ciencia cierta si por su voluntad, o por los vejámenes y salvajismo con que la modernidad los ha tratado. De allí su derecho a mantenerse independientes y el interés por desarrollar una política y acciones prácticas para defender sus fronteras de mineros, madereros, grupos armados de todas las ideologías, del narcotráfico y políticas llamadas de desarrollo, esfuerzos que adelantaba con el equipo y apoyo de ACT y en acuerdos interinstitucionales y con las organizaciones indígenas.

De acuerdo con sus investigaciones hoy pueden pervivir entre 10 y 15 pueblos independientes y aislados en la Amazonia colombiana. Casi todos estos pueblos tomaron la decisión de aislarse, o refugiarse en el tiempo de las caucherías, dada la excesiva violencia de este frente colonizador y extractivista.

En su libro Cariba malo, explica cómo los yurimagua (yuris), ibanomas y aisuares, se organizaban en cacicazgos sobre el Amazonas sustentándose de la gran riqueza natural de la zona inundable. Tras las primeras arremetidas colonizadoras, en el siglo XVI, migraron paulatinamente del Amazonas a los ríos Caquetá y Putumayo. En el Putumayo establecieron relaciones con los franciscanos, quienes los caracterizaron como personas de muy claro entendimiento, agilidad y excesiva generosidad.

Al final del siglo XIX, caucheros colombianos, peruanos y brasileños pretendieron sujetarlos mediante un régimen de terror, lo que los llevó a tomar la decisión definitiva del aislamiento en las cuencas del Puré y del Cahuinarí, afluentes del Caquetá, junto con los passés y los uainumás, descendientes de ibanomas y aisuares.

Después de su huida de las caucherías, en los últimos 50 años los yuris y sus vecinos han tenido contactos no deseados con cazadores de tigres, traficantes de cocaína, misioneros evangélicos, guerrilleros y madereros, pero han evitado el contacto permanente con cualquiera de estos frentes colonizadores utilizando diferentes estrategias: la confrontación más reciente con los yuríes ocurrió en 1969 cuando un cauchero y cazador de animales con pieles finas penetró en su territorio, por esta razón se realizaron dos expediciones con la intención de rescatarlo que resultaron en la muerte de varios yuris y la retención o secuestro de una familia que fue llevada al pueblo de La Pedrera.

Dos meses después la familia fue devuelta a su maloca por un periodista francés, quien enfrentó a los misioneros capuchinos, quienes querían convertirlos en el vehículo para el contacto con el resto de la tribu. De estos eventos se escribieron dos libros: Perdido en el Amazonas, por Germán Castro, y La Lune est en Amazonie, del periodista francés Ives Guy Berges. Entonces se evidenció que en la región vive más de un pueblo y su extremada vulnerabilidad. El caso de los nukak maku es ilustrativo del drama que ha implicado la relación de los pueblos aislados con el sistema moderno.

Roberto hubiese cumplido el 4 de octubre 62 años, de no ser por el accidente de la avioneta que le quitó la vida junto con Daniel Matapi y 6 compañeros de viaje y 2 tripulantes, accidente que como las tantas historias que escribió sobre la Amazonia y los llanos deja ver la cara de otra Colombia, donde no hay aeropuertos sino pistas de aterrizaje, donde una avioneta puede salir con sobrepeso y fallando sin control, donde el rescate de los cuerpos de la Inspección de Policía se hizo parcialmente y a los familiares, después de semanas de expectativa, les tocó ir a buscar los restos para llevarlos con toda dificultad a Medicina Legal para que se completara el proceso de identificación.

Todo esto me acerca más al dolor de miles de familiares que pierden a sus seres queridos en actos violentos y que esperan días, meses y años a que les entreguen sus cuerpos y que se estrellan en cada paso con una normatividad de un país que parece considerar que la mayoría de sus gentes mueren de forma natural.

Esa otra Colombia es el último refugio de los pueblos aislados y paradójicamente gracias a que el llamado ‘desarrollo’ no ha llegado con toda su fuerza arrasadora han podido pervivir. Esta experiencia y tantas otras llaman a una mayor presencia del Estado, pero de uno que cambie su dinámica en estas zonas de frontera, que respete a sus habitantes ancestrales, sus ríos y sus bosques. Un Estado que implemente la propuesta de política, para proteger las fronteras de los territorios de los pueblos en aislamiento y respete su voluntad de autonomía.

POR PATRICIA VARGAS SARMIENTO

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