José Mari Manzanares: jugar al toro

José Mari Manzanares: jugar al toro

José Mari toreaba "hasta con los pliegues de la camisa", le oí decir una vez a Fernando Domecq.

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31 de octubre 2014 , 08:43 p.m.

Acaba de morir en su finca de Extremadura el gran torero José Mari Manzanares. Torero de toreros, se dijo de él muchas veces: es decir, torero admirado por sus pares. Y que tuvo el honor sin precedentes de que, cuando en el mes de mayo de hace ocho años se hizo cortar abruptamente la coleta por su hijo el también gran torero José María en la plaza de la Maestranza de Sevilla, ocho o diez matadores vestidos de civil que habían venido a verlo torear saltaron al ruedo desde los tendidos para sacarlo a hombros por la Puerta del Príncipe.

Torero irregular, por indolente. Pero esa indolencia misma era justamente el resorte de su milagrosa, de su aérea felicidad. Manzanares nunca parecía esforzarse por torear cuando estaba delante del toro. Su toreo fluía por sí mismo, líquido como el agua, sin esfuerzo aparente: la engañosa facilidad del arte. Y tras esa indolencia –al verlo torear aquello parecía lo más sencillo del mundo– estaba toreando con todo el cuerpo, desde los talones clavados en la arena hasta las yemas de los dedos que apenas acariciaban en el aire el estaquillador de la muleta. Y al verlo se entendía por qué se llaman “vuelos” los de la muleta: porque vuelan, soplan como el viento.

Decía que Manzanares toreaba con todo el cuerpo. “Hasta con los pliegues de la camisa”, le oí decir en un tentadero de vaquillas al ganadero de Zalduendo, Fernando Domecq.

Pero esa tensión absoluta iba acompañada del más completo relajamiento del cuerpo. Porque su toreo era un juego: jugaba al toro, como juegan los niños. Y ese juego, que es el más serio del mundo y tal vez el más peligroso, es también el más placentero. Manzanares encarnaba el placer del toreo: el suyo propio, y también el del toro: un placer visible en las muñecas firmes y líquidas del torero. Y también, naturalmente, el placer del espectador. Antes de criticar el juego, y el arte, y el placer del toreo, los antitaurinos deberían ir a ver torear a José Mari Manzanares. Así como la música de Orfeo conseguía amansar a las fieras, el toreo de Manzanares era capaz de convertir a las piedras.

¿Y cómo podrán verlo, si acaba de morir? Bueno: están los videos. Y, por añadidura, está su hijo.

ANTONIO CABALLERO
Especial para EL TIEMPO

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