Editorial: El reconocimiento a Patricia Ariza

Editorial: El reconocimiento a Patricia Ariza

31 de octubre 2014 , 08:08 p.m.

Por qué la dramaturga santandereana Patricia Ariza merece tanto los dos premios que le acaban de entregar: el Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos, de la ONG sueca Diakonia, y el Premio Internacional de Teatro Gilder/Coigney, de The League of Professional Theatre Women. Porque, a pesar de todo, de la violencia que ha visto su generación, de las miradas de reojo que reciben los defensores de los derechos humanos en una sociedad cargada de tensiones, y, sobre todo, del público que solo llena los auditorios por épocas, Ariza le ha dado su vida entera al teatro hecho en Colombia. Desde los días de la conocida Casa de la Cultura hasta hoy, ha participado en la construcción de una serie de relatos que critican con valor, y con gracia, la historia oficial del país.

Ella empezó a recorrer el mundo del teatro al lado del maestro Santiago García, quien sigue siendo su primer referente, pero muy pronto se dedicó a la construcción de lo que le ha gustado llamar –con Virginia Woolf– su cuarto propio: como tantos hombres y mujeres de izquierda de su generación, se sintió responsable por un país lleno de desigualdades, y entonces siguió a los nadaístas en su empeño de fundar una nueva nación, participó en la creación de la perseguida Unión Patriótica y, como parte del grupo del Teatro La Candelaria, montó una serie de obras contestatarias con la ilusión de sentar una voz de protesta. Pasó por el cine. Estuvo en la televisión. Pero se ha mantenido fiel al teatro como pocos en los 50 años que está cumpliendo su carrera.

La mirada pacifista, feminista y creativa de Patricia Ariza, que sigue a la cabeza del grupo de La Candelaria, continúa siendo más que relevante en un país que ha luchado tanto para comprender los puntos de vista ajenos. La cultura es fundamental ahora que se está buscando el fin del conflicto armado –le dijo a EL TIEMPO–, pues “si no se aclimata la paz en el imaginario de los colombianos y las colombianas, es muy difícil que se dé”. Que su obra esté siendo reconocida dentro y fuera del país no es solo un reconocimiento a toda una generación que ha dado su vida al teatro, sino un síntoma más de que poco a poco esta sociedad considera la posibilidad de dejar la guerra atrás.

EDITORIAL

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