Siguen sueltos

Siguen sueltos

Los asesinos de Colmenares andan libres y coleando.

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31 de octubre 2014 , 07:53 p.m.

Mientras el viento hace volar millones de hilachas de papel sobre un tapiz de botellas que testimonian la noche de brujas apenas concluida, en algún lugar de la ciudad, preguntándose todas las cosas del mundo, caminarán los padres de Luis Andrés Colmenares, asesinado hace cuatro años en circunstancias todavía encubiertas tras una máscara.

En el mismo instante quizá desborden risa los homicidas. Acaso no estén lejos y preparen otra celada. Y hasta reconstruyan en juerga de cómplices la larga noche del aquelarre; la embriaguez, los golpes, el último grito y la resistencia de Luis Andrés, como si esta persistiera todavía hoy y hasta el día en el que se sepa la verdad.

Los asesinos andan libres y coleando. Desde entonces saben que es posible verlo todo con los ojos de la muerte. Los distantes señores que trabajan en cuestiones de la justicia de cuando en cuando sacan de la tumba el cuerpo de Luis Andrés para repasar cómo fue que alguien llenó de tierra su alegría. Si lo planearon o solo se les fue la mano, como suele pasarles a los torturadores más avezados. Todos saben que hay un asesino, o varios, pero no es posible identificarlos. Dicen que hay lo que se denomina en laberintos técnicos una “duda razonable”. Pero acaso y sea una duda enmascarada, como corresponde a una noche de brujas.

Ahí están un par de padres y un hermano de Luis Andrés que sobreviven. Como a veces violan las cerraduras de su casa, ellos saben que los oyen y acechan. Los han humillado. Cuando tratan de hacer audible su protesta frente a este episodio, que empezó como una enciclopedia del encubrimiento, los señores encargados de las cosas de la justicia los acusan de irrespeto, y de injuria, y de otro chorizo caótico que solo ellos entienden. Y así, porque sí, tendrán que vivir más noches de brujas.

No obstante la espesa agonía, estos padres no se dejan intimidar. Por el contrario, mientras ven crecer a su otro hijo y comparten con él la mesa en la que se sentaban a hablar cosas de diario con Luis Andrés, se les ve la convicción de que pronto alguien, incluso la justicia, se quitará la venda y la mordaza para decir quién lo hizo. Saben que un secreto tiene fisuras y por eso son los farsantes quienes deben transpirar temor.

Gonzalo Castellanos V.

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