Arte al servicio de la medicina

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La U.Nacional busca que la colección de Ceroplástica Dermatológica sea Bien de Interés Cultural.

03 de octubre 2014 , 05:21 p.m.

La colección de Ceroplástica Dermatológica, un conjunto de reproducciones en cera de enfermedades de la piel, es uno de los principales componentes patrimoniales de la Universidad Nacional, tanto por su valor histórico como por su valor artístico. Porque pese a lo sobrecogedora que resultan estas esculturas, en ellas se puede encontrar cierta belleza.
La historia de esta colección se remonta a 1930, cuando por iniciativa del doctor Manuel José Silva, director de la clínica dermatológica de la universidad, se ordenó la elaboración de las piezas como material de enseñanza de esta especialidad médica. De su formación en Francia, Silva sabía que eran un recurso pedagógico fundamental, pues permitía a los jóvenes afinar sus habilidades.

Esto tiene que ver, según la doctora Carolina Alba, con que “la dermatología es una disciplina visual (…) Un ojo entrenado es suficiente para llegar al diagnóstico, por lo cual sería prácticamente imposible intentar aprender dermatología sin la ayuda de imágenes”. En esos años el mejor entrenamiento era estudiar dichas reproducciones, por ventajas técnicas como la fácil manipulación y cualidades como el realismo de la obra.

Así se explica la proliferación de colecciones de este tipo alrededor del mundo entre 1880 y 1950. Destacan por su número de piezas la del Hospital de Saint Louis en Paris y por su antigüedad la de la Universidad de Breslavia, así como la de Joseph Towne en el Hospital de Guy en Londres, la de la Universidad de Kiel y la del Museo de Olavide en Madrid.

La colección de la Nacional llegó a tener un millar de piezas, que estuvieron exhibidas en vitrinas de madera cerca de la clínica dermatológica, que funcionaba en uno de los pabellones del Hospital San Juan de Dios, hasta que el desarrollo de nuevos métodos de ilustración hizo que entraran en desuso, por lo que fueron archivadas y olvidadas en cajas de cartón.
En 1995, a raíz del cierre del hospital, la colección fue trasladada al Museo de Historia de la Medicina, dentro del campus universitario. Allí permaneció hasta que en 2007 se trasladaron los fondos de esa institución –incluidas las ceras– al Claustro de San Agustín, sede la Dirección de Museos y Patrimonio Cultural (DMPC), donde actualmente se pueden apreciar como parte de la reserva visitable.

Porque si bien ya no se usan en enseñanza de la dermatología, estas figuras tienen una importancia patrimonial, por lo cual la universidad está trabajando para que el Ministerio de Cultura las declare Bien de Interés Cultural. “No son una reminiscencia histórica, hacen parte trascendental de la evolución de la dermatología. Representan un tesoro médico e histórico que refleja la ansiedad del conocimiento humano y la creatividad del mismo para lograr su objetivos”, asegura la doctora Alba.

Según Edmon Castell, director de Museos y Patrimonio Cultural, la colección de Ceroplástica Dermatológica resguarda un valor excepcional: es la única que existe en América del Sur y sus piezas “están hechas a escala 1-1, es decir a escala natural, mientras que en el resto del mundo se hacían al 75%”

Esta característica está relacionada con la técnica utilizada para su elaboración, que viene del Renacimiento italiano pero varía dependiendo del artista. Elsa Bedregal, conservadora de la DMPC, explica que el proceso comenzaba tomando directamente de la piel del paciente un molde en yeso, sobre el cual se vertía un mezcla secreta de cera y otros aditamentos. Una vez seca la figura, se realizaban acabados finales y se retocaba con pigmentos.

“La técnica es un patrimonio artístico, en Europa no era así de artesanal. Como resultaba muy costoso importar las reproducciones, el doctor Manuel José Silva contrató a artistas bogotanos, quienes asumieron el reto de ir a trabajar a la cabecera del paciente y desarrollaron su propio procedimiento y material de trabajo. Es una innovación”, resalta Mario Hernández, director del Museo de Historia de la Medicina.

La gran mayoría de las piezas fueron modeladas por el escultor Lisandro Moreno Parra, pionero y máximo exponente de la ceroplástica en Colombia. Su padre, un tallador de madera, lo introdujo en la carpintería y su habilidad para el dibujo le permitió entrar a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Entre sus obras maestras se cuentan La Cámara Mortuoria del Libertador y el rostro de Jorge Eliécer Gaitán.

El maestro Moreno Parra fue contratado como artista encargado del museo de reproducciones por la Facultad de Medicina en 1933. Comenzó con un sueldo mensual de 40 pesos y 3 pesos adicionales por cada molde presentado con el visto bueno del profesor respectivo. Esa cantidad aumentó a 5 pesos en 1934 y luego a 6 pesos en 1935.

Actualmente se conservan 325 piezas. Ellas son un documento de las principales enfermedades de la época, realista y, podría decirse, con cierta fuerza espiritual. Es tal la maestría de Moreno Parra que estas esculturas tienen la capacidad de evocar sentimientos, a veces causando dolor en quien las aprecia. Sin duda es arte, solo que alejado del tradicional canon de belleza.

POR ALBERTO FERNÁNDEZ R.

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