Ana María González Angulo: brillo y ocaso de una promesa científica

Ana María González Angulo: brillo y ocaso de una promesa científica

Con un fallo, la carrera de la oncóloga acusada de envenenar a un médico en EE. UU. se viene abajo.

notitle
30 de septiembre 2014 , 07:14 a.m.

En la mañana del lunes, Aurelio Angulo, médico oncólogo y primo hermano de Ana María González, despertó con la sensación de que el mejor de los escenarios ─la libertad condicional─ sería el dictamen de una corte de Texas, Estados Unidos, contra la mujer más brillante que ha conocido. (Lea también: Condena 'es una injusticia', dice padre de oncóloga Ana María González).

Tenía un buen presentimiento, porque la primera semana de septiembre, cuando la visitó en su casa de Houston, la encontró esperanzada, aferrada a la certeza de que la justicia estaría a su favor. (Lea también: 'Obsesión no ha existido y se puede probar': tío de Ana María González).

Sin embargo, este 29 de septiembre, el tiempo transcurrió tenso y eterno. Mientras una cadena norteamericana transmitía cinco largas horas de argumentos finales y deliberación para fijar una pena a Ana María, las redes sociales se dividían entre quienes defendían o rechazaban un fallo que el viernes pasado la declaró culpable por envenenar a un colega y expareja con glicoletileno, un anticongelante mecánico. (Lea también: El hombre que acusó a la oncóloga colombiana de quererlo envenenar).

En los estrados de la Corte 248 Criminal del condado de Harris, estaba sentado Alfredo González, ganadero caucano, esposo de Eugenia Angulo y padre de Alejandro y Ana María. El día anterior había hablado por primera vez a medios de comunicación con el anhelo de que los doce jurados que discutían el caso de su hija lo escucharan. (Lea también: Defensa de médica colombiana en Texas cuestiona pruebas recolectadas).

En un intento por defender a 'Anita', este hombre de bigote blanco y parentesco con Tomás Cipriano de Mosquera, presidente de la Nueva Granada en 1845, fue incapaz de contener el llanto, y con dolor dijo ante cámaras: “No es justo. Pido clemencia. Que no la condenen. Ella no es mala. Es una excelente persona. No tiene por qué irse a morir en vida a un reclusorio. Por favor, mi familia ha sido creada dentro de un régimen de honestidad, de amor, de paz”. (Lea también: ¿Quién es la oncóloga colombiana juzgada por envenenar a su expareja?).

Al tiempo, desde su casa en Medellín, a Aurelio Angulo le sobraron plegarias a una docena de santos y, sobre todo, le sobraron recuerdos.

Recuerdos como cuando ambos estudiaban medicina y pasaban días aprendiendo anatomía con un esqueleto que su prima había pintado y lacado para no perder de vista ni un punto del aparato óseo; o cuando él y sus amigos se iban de “sinvergüenzas” y ella se quedaba inmersa en libros; o la casa de paredes blancas en Loma de Cartagena, en pleno centro de Popayán, donde aún cuelgan como trofeos sus méritos académicos: la mejor bachiller del colegio Las Josefinas, la medalla a la excelencia de la facultad de Medicina de la Universidad del Cauca, etcétera, etcétera. (Lea también: 'Médica colombiana envenenó a su amante por celos y obsesión': Fiscal).

Antes del dictamen, la hermana María Claudia Mosquera, directora por varios años de Las Josefinas, le decía a su alumna de calificaciones “perfectas” e izadas de bandera mensuales, que sabía de su integridad y que, por eso, tenía el corazón oprimido de pensarla y de contemplar la injusticia que, a su parecer, se cometía contra ella. “Mi mano temblorosa te expresa lo que quisiera decirte. En estos momentos, te acompaño y te abrazo con amor”, terminaba.

Olga Lucía Herrera, psicóloga radicada en el estado de Washington y compañera de colegio de Ana María la describe como “la sabionda”, “una niña buena, calmada, callada, poco fiestera y muy sonriente”. Solucionaba problemas de álgebra mejor que nadie, le daba sopa y seco con el inglés a las alumnas mayores y siempre se le veía con libros. Esas cualidades y actitudes, insiste Herrera, demuestran que su amiga no pudo volverse mala de un día para otro.

La realidad es que, a pulso y con solo un cartón de la Universidad del Cauca, González realizó su internado en el afamado hospital Mont Sinai de Miami; fue becada para especializarse en oncología en la Fundación Clínica Ochsner, en Nueva Orleans; siguió sus estudios en la escuela de medicina de la Universidad de Texas, en Houston; ha sido coautora de cerca de 120 publicaciones, y no tardó en convertirse en jefa de Investigación Clínica y Desarrollo de Fármacos del Departamento de Cáncer de Mama del Centro Oncológico MD Anderson de Texas, el más importante del mundo.

Sobre el mediodía, mientras presta atención al radio por si acaso anuncian noticias desde Texas, Alonso Ruiz, maestro de quinto, séptimo y octavo semestre de Ana María en la U. Del Cauca, cuenta que, “sin ser cuchilla, porque a mí me dan regalo del Día del Profesor y del Día de la Madre”, ella mereció uno de los pocos cinco que ha dado en su vida de docente. No en vano, expresa con admiración, “triunfó en un país donde ser latinoamericano y conseguir logros no es nada fácil”.

Antes de las 2:00 p. m., minutos antes de la sentencia, Guillermo Alberto González, exgobernador del Cauca y tío de Ana María, se refería a ella como “dulce, buena y brillante”.

“Desde muy niña me contagiaba con sus virtudes y siempre tuve la sensación de que tenía unos deseos inmensos de salir adelante”, continúa el exmandatario, y agrega que en los últimos años su sobrina lo mantuvo al tanto de que su investigación sobre el cáncer de mama era “muy prometedora”.

Recuerda también que a Ana María le encanta coleccionar figuras precolombinas, y que además de buscar estas piezas en sus visitas a Colombia, suministraba medicamentos, atención, y hasta el hombro, a mujeres con cáncer de mama y sin recursos o asesoría para curarse.

Justo cuando comienza a describir “el infierno” que ha sido el último año para la familia, a la espera de justicia para su sobrina, la alarma de un noticiero nacional y la imagen de Ana María con el rostro amargo y la mirada perdida anuncian que ya hay un veredicto. Guillermo Alberto cuelga el teléfono sin el acostumbrado ‘hasta luego’.

González, de 43 años, había sido condenada a una década en prisión y a pagar diez mil dólares de multa. El jurado la consideró culpable de asalto agravado por haber envenenado, el 27 de enero de 2013 en su apartamento, al también doctor George Blumenschein, luego de que este terminó la relación amorosa con ella para tener un hijo con su pareja formal, la doctora Evette Toney.

El jurado que llevaba el caso de la oncóloga halló "suficientemente incriminatoria" la evidencia presentada por los fiscales, quienes argumentaron que la mujer le puso un anticongelante a dos tazas de tinto que le ofreció a Blumenschein, y que lo dejó con graves daños renales.

Aunque la Fiscalía no pudo evidenciar que González fue quien le suministró el anticongelante al hombre, sí logró sostener que el encuentro entre la doctora y su excompañero coincidía con los tiempos en que se presentaron los síntomas del envenenamiento.

Durante el juicio, de menos de dos semanas, los fiscales aseguraron que se trató de un crimen por un triángulo amoroso, debido a "una atracción fatal" que sentía la médica por su compañero de trabajo, y calificaron a Ana María como una mujer "diabólica y maliciosa".

Los abogados defensores siempre argumentaron que las pruebas no eran suficientes para una acusación, y que la Fiscalía no había tomado ni siquiera pruebas de ADN a la taza de café, mientras Olga Lucía Herrera, como psicóloga, alega que “un asesino no se forma de un día para otro”, y que por lo tanto se cometió una gran injusticia contra su compañera de colegio.

Según Angulo, en el mundillo de los oncólogos, la sorpresa y la amargura por el caso es la misma de la familia. “Ella le dio una dinámica diferente al estudio y tratamiento del cáncer en este país y en el mundo”, dice, y argumenta que su prima le abrió las puertas a médicos colombianos, incluido él, para que se formaran en el Anderson Center, y le quitó el miedo a científicos extranjeros para que también se educaran en Colombia.

En la tarde de ayer, cuando la condenaron, Ana María González no rompió en llanto. Su primo Aurelio Angulo dice que no fue por falta de dolor, ni por orgullo, sino por darse una última oportunidad de dar señas de fortaleza a la familia. “Ella tiene que tener este mismo sentimiento mío de frustración absoluta, de desesperanza, de miedo de enfrentarse a una cárcel”, dice convencido.

Mientras tanto, a la familia le queda una hilera de interrogantes: si el infierno que está viviendo Ana María fue producto de una envidia, si a las pruebas para juzgarla les faltó solidez, si en el proceso hubo xenofobia, si en el veredicto influyó la imagen “diabólica” que proyectaron los medios norteamericanos acerca de ella, y así otros más.

Por ahora, para ellos, lo único cierto y probable es la apelación que están próximos a emprender, y a la cual le han puesto la gota de aliento que les queda.

ELTIEMPO.COM

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.