El cáncer de TransMilenio

El cáncer de TransMilenio

Las estaciones sucias, los buses sucios y todos resignados a usar un sistema.

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29 de septiembre 2014 , 07:12 p.m.

Lo que hace diez años fue un orgullo, hoy es el reflejo del abandono. TransMilenio, el sistema de transporte que durante un tiempo fue la carta de presentación de una ciudad que se proyectaba al siglo 21 como moderna y cívica, es la prueba de que de aquellas épocas no queda nada.

Basta con echar un vistazo a las troncales de la avenida Caracas o la autopista Norte para darse cuenta de que el cáncer que padece la ciudad hace metástasis en esas estaciones de vidrio, acero y aluminio, así como en los buses rojos, hoy convertidos en un espejo de las enfermedades que padece Bogotá.

Primero detengámonos en las estaciones, cuyo estado físico es el primer síntoma de ese mal que acabó con el sueño de TransMilenio. Puertas que no cierran, mecanismos averiados expuestos a la vista de los usuarios, letreros de señalización llenos de grafitis, vidrios sostenidos con zunchos plásticos, pisos desvencijados. Uno se pregunta si es que no hay presupuesto para mantenimiento o si la decisión de la gerencia del sistema es dejar que las cosas se dañen y queden así para siempre.

Sin montarnos todavía en el bus, hay que señalar otro de los síntomas del mal que acaba con TransMilenio: la muy trillada realidad de los colados. No es difícil ver cómo, en tan solo un cambio de semáforo, tres o cuatro personas saltan al interior de las estaciones evitando el pago y poniendo en riesgo su vida. ¿La disculpa es el precio de los pasajes? Yo diría más bien que es la famosa malicia indígena, que saca sus garras para dar tan lamentable espectáculo.

Y ahora sí subámonos a los buses. ¿Recuerda a los músicos ambulantes que animaban a los pasajeros de los buses urbanos? ¿Recuerda que, según el reglamento, estaban prohibidos dentro del sistema TransMilenio? Bueno, pues eso ya es letra muerta. Los articulados hoy son espacio tanto para músicos como para vendedores de maní y golosinas sin que pase nada. No hay autoridad que los baje de los buses o saque de las estaciones. Ahí están, a la buena de Dios, haciendo su negocio porque esta es una Bogotá más humana.

¿Y qué decir de la seguridad? Basta con echar un vistazo a las redes sociales para darse cuenta de la multiplicación de las historias sobre robos dentro de los buses rojos. Pero ya no es el llamado ‘cosquilleo’, a través del cual el ladrón delicadamente saca billeteras y teléfonos de carteras y bolsillos. La sofisticación de TransMilenio ha alcanzado tal nivel que los ladrones amenazan impunemente a los pasajeros con cuchillos u otras armas cortopunzantes para obligarlos a entregar sus pertenencias. Nada pasa. Lo mismo que con los atracos en las calles de Bogotá. Todo es parte de un triste paisaje, donde la ciudadanía está abandonada a su suerte.

No vale la pena hablar de las estaciones que no dan abasto, ni de los buses repletos donde los abusadores hacen de las suyas. Pero sí es importante preguntarse si las nuevas troncales que anuncia la Administración van a reproducir los síntomas que hacen de TransMilenio una pesadilla antes que una solución.

¡Qué lejos está aquella Bogotá en la que TransMilenio empezó a rodar! Las estaciones sucias, los buses sucios y todos resignados a usar un sistema que tal vez sea más rápido, pero que reproduce en su interior todos los problemas de una ciudad donde lo malo parece superar lo bueno.

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#PreguntaSuelta: ¿Es lógico que la Fiscalía General de la Nación monte su propia universidad? ¿A eso debe dedicarse el organismo de investigación?

@colombiascopio

Juan Pablo Calvás

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