¿Ponerse en cuáles zapatos?

¿Ponerse en cuáles zapatos?

Traigo a cuento la expresión a propósito de la campaña publicitaria #soycapaz.

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28 de septiembre 2014 , 09:37 p.m.

Cada época trae sus palabras, su publicidad y también sus eufemismos. Por ejemplo, en mis tiempos escolares no se usaba la expresión “ponerse en los zapatos del otro”, que hoy cualquier estudiante asocia con la empatía, y en su lugar se predicaba la com-pasión, referida a la capacidad de compartir una pasión. Sin embargo, ese vocablo, más inclinado al sufrimiento, fue reemplazado por la moda de los zapatos para ilustrar esa difícil capacidad de sentir lo que otro siente.

Traigo a cuento la expresión a propósito de la campaña publicitaria #soycapaz, basada en esa idea de asumir otras perspectivas. Mientras veía por televisión, el día del lanzamiento, a los empresarios colombianos reunidos en un teatro elegantísimo quitándose sus zapatos recién embetunados para cambiárselos por las botas embarradas de una víctima o de un combatiente, pensaba por qué no se usaba la imagen para ambos lados, es decir, ¿por qué Bruce Mc Master, el presidente de la Andi, no intercambiaba sus zapatos brillantes y sus medias finas con el que le había prestado las botas?

Y, una vez entrados en gastos, ¿por qué no le prestaba también sus carros con escoltas, sus casas, sus trabajos?... ¿Por qué los intercambios, incluso los que parecen altruistas, se siguen presentando de un solo lado y las relaciones se siguen proponiendo en términos de desigualdad?

Si bien no le podemos pedir a la publicidad que recoja la complejidad inherente al desafío de relacionarnos de otras formas, conviene tener cuidado con esos mensajes monolíticos que se traducen en acontecimientos esporádicos, a la manera de los happenings, y que siguen siendo pensados desde una sola perspectiva. Como si la medida de todas las cosas fueran los mismos de siempre, se presentan sus formas de actuar y “ser capaces” a su imagen y semejanza, lo cual mantiene la hegemonía de los que enuncian el discurso, de los que seleccionan lo que merece ser contado; en suma, de los empresarios iluminados por las cámaras.

En ese contexto, les recomiendo leer la crónica de Lucas Ospina en su blog de La Silla Vacía, sobre el día de puertas abiertas con el que la Universidad de los Andes se unió a la campaña el pasado 16 de septiembre. Bajo el lema ‘Yo #soy capaz de confiar. ¿Y tú? ¿De qué eres capaz?’, el Consejo Estudiantil propuso levantar los torniquetes que impedían la entrada a la universidad de gente ajena a “su comunidad”.

Sin embargo, lo más ilustrativo no fue que a las 5 de la tarde, y concluido el espectáculo, se volvieran a cerrar las porterías y hubiera algún “extraño” que se quedó encerrado por no tener la ficha exigida para salir, sino que la mayor oposición a la apertura hubiera surgido desde adentro de la universidad, pues no todos los estudiantes quisieron apostarle a la confianza, a costa de su sensación de seguridad.

No hay que olvidar que esta generación es la de los niños criados entre guetos –conjuntos cerrados, colegios privados, clubes y porterías con talanqueras–, que se alfabetizaron en la paranoia colectiva de la “Seguridad Democrática” y que son nietos de aquella antigua expresión que afirma que “Seguro mató a confianza”, que hace parte de su ADN, aunque nunca la hayan oído ni entiendan su significado.

¿Vamos a dejar entrar a todo el mundo?, relata Ospina que preguntaban los porteros de los Andes, y su pregunta ilustra esas talanqueras mentales que nos han convertido a todos en sospechosos de todos y que no son tan sencillas de franquear, y mucho menos a través de eventuales días cívicos. Quizás el primer desafío para estos tiempos es la autocrítica para confrontar esa mezcla de conmiseración y superioridad que sigue regulando las relaciones con quienes consideramos “los distintos”: esos que no son como “nosotros”.

Yolanda Reyes

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