¿Somos capaces?

¿Somos capaces?

La pregunta es si somos capaces de encontrar un sentido superior de unidad nacional.

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28 de septiembre 2014 , 09:37 p.m.

La campaña que han promovido el sector privado y los medios de comunicación para que los ciudadanos se concienticen de que la paz empieza por la decisión individual de perdonar y buscar –en todos los espacios de la vida cotidiana– la reconciliación ha sido un verdadero éxito. Chapeau.

El lema ‘Soy capaz’ ha llevado a la sociedad colombiana a una especie de terapia colectiva en la que, prácticamente sin excepción, todos nos estamos preguntando qué estaríamos dispuestos a hacer para dejar atrás tantas décadas de dolor, violencia y sufrimiento. Hay ejemplos maravillosos donde víctimas y victimarios –de todas las vertientes– han mostrado con hechos su disposición de perdonar y de enmendar los errores. Hay un entusiasmo creciente que se palpa en la gente.

Desafortunadamente, al mismo tiempo que se lanzaba ese esfuerzo para aclimatar colectivamente las posibilidades de paz se observó –como en un circo romano– el enfrentamiento feroz entre los senadores Iván Cepeda y Álvaro Uribe. Independientemente de la conveniencia de ventilar –intuitu personae– asuntos tan espinosos como las responsabilidades de unos u otros en la violencia y en el surgimiento del paramilitarismo, el espectáculo que se presenció, sin duda, dejó en la opinión pública una inmensa desazón.

Mientras los enemigos históricos –el Estado y la guerrilla– se sientan a la mesa y demuestran que sí son capaces de llegar a acuerdos –como los que conoció el país gracias a la oportuna divulgación que hicieran el presidente Santos y Humberto de la Calle–, en el escenario del parlamento y la democracia las controversias se tramitan a dentelladas. Para el ciudadano de a pie debe de ser desconcertante, por decir lo menos, que ocurran estas cosas mientras se le pide que acepte el perdón y la reconciliación.

Por eso no basta hablar de reconciliación con la guerrilla. Es necesario empezar a mirar qué se requiere para que la democracia pueda operar en pluralismo y en libertad dentro de un marco de civilidad y convivencia, para que, como resultado del proceso de paz, no haya vencedores ni vencidos. De lo contrario, estaríamos sembrando las semillas de un nuevo ciclo en esa larga historia de conflictos que tanto le han costado al país. Silenciar los fusiles no es suficiente. Hay que hacer acuerdos de paz más allá de La Habana. Perdonar a los que usaron el terrorismo y la violencia no sería admisible sin acoger a los que políticamente confrontaron la subversión.

No menos desconcertante debe ser para nuestros hombres en armas intuir que nuevamente podrían quedar al margen de una política de reconciliación. Sin duda, en el corazón de quienes han tenido que combatir al enemigo debe residir la inquietud, muy válida, de si después de que llegue la paz les tocará pagar los platos rotos, como ha ocurrido en otras ocasiones.

En aras del actual empeño de reconciliación, le corresponde al propio gobierno constituirse en el primer defensor de la Fuerza Pública, como lo ha hecho el ministro Juan Carlos Pinzón. Los acuerdos no pueden dejar por fuera a quienes han sido el portaestandarte de la democracia y de la vigencia de la Ley.

La pregunta es, entonces, si somos capaces. Capaces de romper el ciclo perverso de las rivalidades políticas para encontrar un sentido superior de unidad nacional. Capaces de ofrecer el perdón a todos y no solo a unos cuantos. Capaces de reconocer a la justicia. Capaces de aceptar que, así perdamos o ganemos, lo que importa es que la democracia está por encima de nuestras derrotas y nuestras victorias.

Díctum. Hay que tener cuidado en no volver la guerra contra el Estado Islámico una guerra civil contra quienes profesan esa fe en Occidente.

Gabriel Silva Luján

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