Periplo diplomático de Gabo

Periplo diplomático de Gabo

Los gobiernos solo se fijan en los grandes escritores cuando alcanzan la fama.

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24 de septiembre 2014 , 07:11 p.m.

Primero fue la ONU, en Nueva York; ahora el Parlamento Europeo, en Bruselas. Después, “en cualquier lugar del mundo” donde exista sede de alguna organización regional de países. El mundo ya no “se va a joder”, según la predicción del sabio catalán: millones de hombres siguen viajando en tercera clase y la literatura de Gabo, en valija diplomática.

Quienes leyeron Cien años de soledad en Bélgica dirán (habrán dicho ayer miércoles) que el homenaje de Bruselas revive la figura de Gastón, el marido belga de Amaranta Úrsula, que llega con su mujer a un Macondo que está a punto de desaparecer de la faz de la Tierra en medio de “un huracán bíblico”.

Los festejos diplomáticos en los que nuestra Cancillería, embajadores y tal vez el Ministerio de Cultura han puesto a viajar a Gabo tienen, aunque parezca paradójico, un sello provinciano: servirse de un muerto universal de “la tierrita” para recordarle al mundo que tuvimos un genio, que no somos tan violentos como parecemos ni tan intransigentes, como lo demostramos a diario.

En otras palabras: el muerto célebre está sirviendo post mórtem para la ofensiva diplomática de un gobierno, seguramente con el consentimiento de sus herederos, que no son solo de derechos de autor, sino del uso de su imagen. Y lo hacen con la obra de un escritor que no fue ajeno al poder ni a sus escenarios diplomáticos, pero que alguna vez tuvo la decencia de rechazar la oferta de un puesto en el servicio exterior que le hacía su amigo el expresidente López Michelsen.

En numerosos países latinoamericanos nacieron grandes figuras de las letras que adquirieron en el último siglo dimensión universal: en México, Alfonso Reyes, Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes. Exceptuando a Rulfo, todos fueron diplomáticos. Ninguno de ellos regresó en forma de delegación espiritual a ninguna sede diplomática. Sólo Fuentes, un hombre incapaz de apagar los reflectores que alumbraron su escenario público, habría quizá aceptado el “honor”.

En Argentina nació y vivió Jorge Luis Borges. Conoció en vida la eternidad. Lástima que el modelo colombiano de proyección cultural no haya llegado antes: Borges podría haberse paseado, con iguales honores que Gabo, por Nueva York, Bruselas y las sedes de organizaciones de naciones. Julio Cortázar, nacido en Bruselas, podría haber regresado como hijo pródigo al Parlamento Europeo. Pero no, un escritor muerto no es instrumento de políticas exteriores, buenas o malas, de los gobernantes.

Los argentinos, más inmodestos que los colombianos, tienen en cambio un gran sentido de las proporciones: un gran escritor, orgullo de la patria que lo vio nacer, no se pone a pasear en valija diplomática. Lo mismo pensarán, probablemente, los nicaragüenses de Rubén Darío; los chilenos, del uso póstumo del producto Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Gonzalo Rojas; los cubanos, de Alejo Carpentier; los guatemaltecos, de Miguel Ángel Asturias.

Una de las paradojas más patéticas de algunos países latinoamericanos es esta: los gobiernos solo se fijan en los grandes escritores cuando alcanzan la fama; entonces se adueñan de ellos. La celebridad que un individuo conquistó en años de esfuerzos y hasta de humillantes dependencias materiales, de repente es usada para políticas de gobierno.

Que el nombre y la obra de Gabo merecen estar en esos escenarios, qué duda cabe. En esos y en muchos otros, pero es un poco triste verlo expuesto al manoseo de los políticos, incluso de políticos con quienes el escritor no habría querido compartir mesa ni banca en un parque.

Óscar Collazos

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