Teoría y práctica

Teoría y práctica

Los peores regímenes políticos se han inspirado en teorías que parecían ser infalibles.

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24 de septiembre 2014 , 06:42 p.m.

El ser humano es un animal teórico: una criatura cuya vida es también una ventana desde la que ve ocurrir, todo el tiempo, como un río que pasa y que suena, la vida de los demás. Eso en sus orígenes quería decir la palabra ‘teoría’: la contemplación y la observación del mundo y de sus cosas; la reflexión que ese mundo observado nos suscita, la idea que de él nos hacemos al tratar de entenderlo. La forma en que miramos y juzgamos la vida de los otros y la nuestra.

Claro: es una definición muy anticuada y callejera de lo que es una teoría, y un científico (un teórico) diría que es algo mucho más “complejo”. Yo qué sé: una explicación coherente de los fenómenos de la realidad, sea cual sea la realidad de la que hablemos, aun si es para negarla; una herramienta filosófica y lógica que sirve para abordar los problemas y para interpretarlos, o definirlos, o resolverlos. Un conjunto de fórmulas, un proyecto ideológico, un discurso académico. Yo qué sé.

Pero en el fondo, tanto en su denso significado científico como en el de la sabiduría popular y esquinera, las teorías siguen siendo más o menos lo mismo que Aristóteles decía que eran: palabras y conocimientos que se justifican y se relacionan entre sí en una especie de universo abstracto y paralelo, y que a veces distan tanto de la realidad a la que ‘en teoría’ deberían explicar o definir, que usarlas puede llegar a ser imposible, o ridículo, o aun peor: contraproducente.

Y no me refiero a la eterna disputa entre los “saberes teóricos” y los “saberes prácticos”, pues desde hace mucho estoy de acuerdo con quienes dicen que los unos son inconcebibles sin los otros, y viceversa. Me refiero a que hay casos, muchísimos, en los que la teoría formula todo de la manera más brillante, y en cambio la realidad se desboca y se impone sin que pueda encauzarla ningún planteamiento conceptual, por perfecto que sea. Es más: puede ocurrir que cuanto más perfecta sea la teoría que la explica, más violenta sea la realidad que la refuta.

De hecho los peores regímenes políticos de la historia, los más perversos y brutales, se han inspirado en teorías que parecían ser infalibles; teorías que además profesaban el orgullo y la promesa de su perfección y su bondad. De allí que sus dueños las mantuvieran en pie a sangre y fuego, para no permitir que la realidad las arrasara como al final las arrasó sin dejar piedra sobre piedra. De nada valieron, de nada valen, la rigidez y la soberbia, la persecución y la ausencia de la duda. Al final la vida siempre atraviesa las paredes.

Y para comprobar esta teoría (una teoría es una teoría es una teoría; limitada y parcial, como todas), no hay ni siquiera que hablar de la política y sus miserias. Basta con asomarnos a la biografía de cualquier teórico para descubrir lo difícil que es que la vida nos haga caso o coincida con nuestras explicaciones. Que nuestras palabras la lleven del cabestro, a su paso. Somos capaces de gobernarla en un papel, a duras penas, pero cuando menos pensamos se nos riega, como la leche a la lechera en el famoso cuento.

Como la historia que Apollinaire cuenta en sus Anecdóticas de Jean-Baptiste Ladvocat, quien era el autor de un diccionario geográfico que en 1774 publicó con el seudónimo del “abate Vosgien” y con un subtítulo pretencioso y dulce: ‘Nuevo diccionario geográfico con la descripción de todos los lugares de la Tierra’. Una noche lo encontraron deambulando por las calles de París, al pobre sabio, pues se había perdido y no sabía cómo regresar a su casa.

Ya lo decía Mefistófeles: “Gris es, querido amigo, toda teoría, y verde el árbol dorado de la vida”.

catuloelperro@hotmail.com

Juan Esteban Constaín

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