Paz, verdad, polarización

Paz, verdad, polarización

La suerte de un posible acuerdo en La Habana está ligada a que la sociedad colombiana.

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23 de septiembre 2014 , 06:45 p.m.

Dije en intervención pública que preocupa el ambiente de crispación política que se vive en Colombia y que este puede afectar las conversaciones para poner fin al conflicto.

Hubo quienes estuvieron de acuerdo. Otros, como María Jimena Duzán, se manifestaron en contra. María Isabel Rueda propuso una reinterpretación de lo dicho.

El tema, por efectos de la polarización, está ligado a la cuestión de la Verdad, con mayúscula, como ingrediente indispensable para afianzar la paz después de la firma del Acuerdo. Mi experiencia con diversas víctimas es que muchas de ellas, más allá de reparación y de justicia, entendida como castigo a los responsables, afincan las mayores expectativas en la consecución de la verdad. El Marco Jurídico para la Paz prevé, además, el funcionamiento de una comisión de la verdad, la cual ha alcanzado ya unos ciertos estándares para garantizar su legitimidad. Autonomía, delimitación realista de los hechos que deben ser examinados, acceso de las víctimas a sus deliberaciones, veeduría de la sociedad civil.

De tal manera que cuando expresé temores por el clima de agresividad reinante, no pretendí insinuar que la paz depende del silencio. No se trata de echar tierra a cincuenta años de conflicto y doblar la página como si nada. Y hablo de ‘verdades’, porque hay que reconocer que las fuentes de violencia son muchas y variadas y que incluyen a algunos agentes del Estado. Hay que afrontar la verdad completa. El proceso será doloroso, pero necesario. Tenemos que salir del circuito vicioso que pretende justificar cada violación apelando a otra violación en un juego de espejos estéril.

Lo que sostengo es que la suerte de un posible acuerdo en La Habana está ligada a que la sociedad colombiana sea capaz de dirimir de manera razonable sus desacuerdos sobre el proceso de paz. No estoy hablando de unanimidad. Tampoco de pretermitir el disenso, que no solo es connatural a la democracia, sino que de cara a un proceso tan complejo, que encierra decisiones tan dramáticas, no solo es iluso sino inconveniente pretender que no exista discusión. Pero tenemos que ser capaces, desde este lado de la mesa, de encontrar el camino para discutir civilizadamente, mirar más allá de la coyuntura, examinar y sopesar racionalmente las diversas alternativas. Y, sobre todo, aplicar reglas para sustanciar el disenso, que, ¡esas sí!, sean producto del consenso para que la ausencia de unanimidad en las decisiones sea acompañada de la unanimidad y el consenso masivo sobre el respeto al resultado de la refrendación.

Esto implica canales abiertos para la expresión de todas las opiniones, respeto a las ideas ajenas y limpieza en la forma de contabilizar el resultado. El Gobierno es actor principal, pero no puede ser árbitro. Debe hacer parte de la discusión sin menoscabar las garantías para los opositores. Es difícil lograr un ambiente sensato si no hay un cese de hostilidades verbales entre nosotros.

A María Jimena le digo que soy consciente de la necesidad de enfrentar todas las verdades. Y harta razón tiene María Isabel cuando propone como regla de oro imperativa no descalificar a aquellos que tienen reparos a la forma como estamos acometiendo las conversaciones o, incluso, los que piensan que estos diálogos no deben tener lugar. Me he quejado de la mistificación, pero no de la crítica.

Verdades, todas. Asumir las víctimas, todas. Cautela en La Habana, sin duda. Discusión en Colombia, plena. Pero sin olvidar que al lado del rechazo de toda barbarie también está la necesidad de mirar nuestro futuro como nación.

Humberto de la Calle

Jefe del equipo negociador del Gobierno en los diálogos de paz en La Habana.

 

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