Colombia y la coalición contra el Estado Islámico

Colombia y la coalición contra el Estado Islámico

A la coalición convocada por Obama para luchar contra esa nueva amenaza, Colombia no se sumó.

22 de septiembre 2014 , 11:05 p.m.

Las noticias sobre las cosas que no pasan son las que más fácilmente se cuelan por las grietas de los medios de comunicación y esta semana, justamente, se produjo una que brilló por su ausencia: el presidente Obama construyó una coalición internacional para luchar contra la nueva amenaza terrorista del Estado Islámico y, aunque nadie lo registró, Colombia decidió (por ahora) no sumarse a esa coalición.

Para empezar, vale la pena preguntarse qué tan consciente pudo haber sido esta decisión. Alguien puede argüir que si Washington no invitó oficialmente a Colombia, es posible que no haya sido necesario que el gobierno colombiano llevara a cabo un análisis explícito y simplemente optara por ni siquiera tocar el tema. Sin embargo, una mirada al pasado reciente muestra que a Colombia le gusta hacerse invitar a las fiestas organizadas por Estados Unidos. ¿Qué es distinto esta vez?

Esta situación contrasta abiertamente con la forma en la que el gobierno Bush (junior) invitó a los estados a ser parte de su guerra contra el régimen de Saddam Hussein. En ese entonces, la invitación estuvo acompañada de una mezcla de dádivas y presiones, situación bien distinta a la estrategia que uso Obama para formar su actual coalición. Pero con todo y la zanahoria y el garrote que empleó Bush, sería una gran inexactitud decir que Colombia aceptó reticente y casi obligada a ser parte de esa coalición.

Al contrario, bajo la premisa de que las relaciones bilaterales se basan en la reciprocidad, la administración Uribe argumentó con habilidad que si el gobierno estadounidense nos apoyaba en nuestra lucha contra el terrorismo, entonces nosotros deberíamos apoyarlos en la de ellos. No fue necesario que Washington nos pusiera contra la pared: la decisión de acompañar a la potencia en su guerra contra Irak fue casi una extensión natural de la política interna de la Seguridad Democrática.

Hoy en día, sin embargo, las cosas han cambiado del cielo a la tierra. Ni Washington parece tan interesado en obtener nuestro apoyo o el de cualquier país latinoamericano para luchar contra el Estado Islámico, ni Colombia parece tan presta a otorgarlo. Y, por el mismo camino, ni siquiera el asunto logra clasificar como noticia. ¿Qué puede explicar semejante giro en las relaciones bilaterales?

Empecemos con Estados Unidos. No solamente el interés de la potencia en la región ha sufrido un clarísimo proceso de declive, sino que además estratégicamente es poco lo que América Latina puede aportarle a la guerra anti-Estado Islámico de Obama. De un lado, la región ha permanecido casi inmune a los efectos de la gestación y el crecimiento del Estado Islámico y por tanto, no tiene agenda que justifique su participación en esta empresa militar. Y de otro, el modo actual es el de intentar consolidar el área latinoamericana como una zona de paz, libre de conflictos de carácter militar; luego meterse en una conflagración ajena no sería coherente con un proyecto que, como este, parece ir avanzando por el camino correcto.

Del lado colombiano, en medio de un proceso de paz con las FARC, es poco lo que se ganaría y mucho lo que se perdería intentando hacer parte de la susodicha coalición. Para empezar, la sombra de un eventual castigo que podríamos recibir por no acompañar a Obama en esta campaña parece estarse desvaneciendo. Hasta ahora, no ha habido intentos (al menos públicos) de torcerle el brazo a Colombia y en la medida en que ningún país latinoamericano se ha sumado (públicamente) a la coalición, la presión puede inclusive disminuir.

Adicionalmente y este es tal vez el punto más importante, no sería muy consistente y conducente adelantar conversaciones de paz con las FARC y adherirse a una guerra internacional. El objetivo de los actuales diálogos es dar por terminadas las décadas de conflicto armado por las que ha tenido que atravesar este país, así que sumarse al guerrerismo estadounidense en la actual coyuntura puede quitarle credibilidad al gobierno.

Pero hay una discusión más de fondo que dar alrededor de todo este episodio: nuestras decisiones en materia de política exterior han estado permanentemente sujetas y determinadas por la lógica del conflicto interno y sus problemas conexos (tráfico ilícito de drogas, violaciones a los derechos humanos, para citar solo algunos). Si el proceso de paz es exitoso, va a remover la necesidad del gobierno de usar su política exterior para ganar espacio militar frente a la insurgencia (lógica que se empleo en el diseño del Plan Colombia) o espacio político frente a este mismo actor.

También se va a ir removiendo paulatinamente la necesidad de usar nuestra política exterior para lavar nuestra imagen internacional, imagen que entre otras cosas, contribuimos en el pasado a construir cuando nuestros propios gobiernos le vendieron a la comunidad internacional la historia del "ojo del huracán" para despertar simpatía y con la simpatía, el flujo de recursos y cooperación internacional.

En medio de tantos cambios, la necesidad de definir un nuevo norte para nuestra política exterior es apremiante y esa definición es una tarea de la que no se puede encargar sólo el presidente con su canciller de turno. De hecho, es una tarea de carácter nacional y no de carácter puramente estatal. El riesgo de no emprender esta reflexión es que como hasta ahora, se tomen decisiones internacionales de forma ad hoc y sin plan de por medio y, peor aún, podemos renunciar a construir el libreto de nuestro propio papel en el mundo hacia el futuro. Un asunto, claramente, no de poca monta.

SANDRA BORDA G.
Directora del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Los Andes
@sandraborda
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