En San Vicente del Caguán

En San Vicente del Caguán

La fundación Praccso trajo el personal médico y las instituciones trabajaron por el bienestar común.

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22 de septiembre 2014 , 06:39 p.m.

Doña Gisela C. viajó siete horas hasta llegar a San Vicente del Caguán. Viajó a caballo, en lancha y en campero. Su comadre, que vive en El Doncello, le avisó con dos meses de anticipación que tenía que estar en San Vicente para estas fechas de septiembre, porque venía una legión de médicos de Bogotá. Le dijo, además, que aprovechara y trajera los papeles de la tierra porque también habría gente del Incoder, y que, de paso, le avisara al viejo Matías a ver si le quitaban esa ceguera.

A regañadientes se trajo al viejo Matías, y muy a primera hora del sábado estaban frente a la Institución Educativa Promoción Social esperando a que comenzaran a atender los médicos y todos los funcionarios del Estado que hacían presencia en esa jornada. No eran los únicos; las filas eran numerosas. Quien daba autorización para ingresar era personal del Ejército, y debo decir que todos pudimos entrar presentando una sonrisa como único carné de ingreso. Nada más. No había requisas ni pedían papeles. Y, claro, todos pensamos que así debería ser el mundo, pero, cuando se piensa en San Vicente del Caguán, la mayoría de las personas aprietan los puños y hacen fieros, como si la sola mención del pueblo fuera una bomba. No es así.

A la ‘seño’ Gisela le pusieron cuatro dientes. Llegó a San Vicente tímida, con pasitos cortos, amedrentada; y salió de San Vicente riéndose a cascadas y echando chistes verdes. Algo de dignidad recuperó, algo de buen humor, algo de dicha. Lo mismo pasó con Matías, viejo cismático, astigmático y miope. Lo revisaron los oftalmólogos y le dieron su fórmula de gafas. Y con su fórmula pasó al salón contiguo, donde Jaime Velásquez, dueño de La Bodega de las Gafas, en Florencia, le entregaría sus lentes en un marco nuevecito. Don Jaime llevó no sé cuántas monturas de regalo, y se llevó a sí mismo también de regalo. Era su primera jornada y estaba dichoso de poder participar. Como todos los médicos de la fundación Praccso. Como lo estaban los funcionarios del Incoder, de Bienestar Familiar, del Banco Agrario, del ICA, de la Policía Nacional y de la Gobernación.

No tengo mucho espacio para decir toda la gente que participó en esa jornada. Pero eran muchos y era conmovedor. No veo cómo una jornada social de esta envergadura pueda tener enemigos. Para mí fue emocionante. Niños y niñas, madres cabeza de familia, ancianos, señoras y señores –atendidos por especialistas–, que preguntaban a los funcionarios del Departamento de Protección Social a dónde ir con su caso. Camillas improvisadas, niños que recibían quizás su primera atención odontológica; señoras que visitaban por primera vez al ginecólogo, en fin, era una enorme brigada de soluciones. Y los colombianos, nosotros, los sanvicentunos, no podíamos creer que el Estado pudiera funcionar bien como por arte de magia, o que era la magia de unos colombianos que ponen su tiempo y su pericia al servicio de otros colombianos menos favorecidos. “En Bogotá se gradúan de médicos y otras profesiones; por estos lados se gradúan de colombianos”, me diría Diana Carolina.

Estas jornadas, para mi gusto, son un laboratorio de cómo debería funcionar el país. Todo fue posible en esos dos días. Las Fuerzas Armadas prestaron apoyo logístico, transporte aéreo desde Bogotá, escritorios y personal para controlar accesos a cada una de las dependencias; el vicariato de San Vicente del Caguán prestó el servicio de alojamiento y comida; la fundación Praccso trajo lo más importante: todo el personal médico, y las instituciones privadas y del Estado trabajaron unidas por el bienestar común.

Es una muestra de un Estado moderno, sin burocracia inútil.

cristianovalencia@gmail.com

Cristian Valencia

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