Ciudades esponja

Ciudades esponja

El Gobierno tiene que ayudar a las ciudades que están soportando el peso de la crisis humanitaria.

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21 de septiembre 2014 , 09:58 p.m.

Colombia tiene el dudoso título de ser el país con mayor número de desplazados internos. Según la Acnur, la agencia de refugiados de las Naciones Unidas, entre 1996 y el 2011 se generaron, prácticamente, cuatro millones de víctimas de desplazamiento forzado. Ese número oficial se queda corto, por lo menos, en dos millones de lo que se podría llamar “desplazados sin rostro”. A estas víctimas, que por varias razones no ingresan a las estadísticas, la violencia también las llevó a empacar sus corotos y marcharse.

Sin duda, e igualmente lo muestran las cifras, con la aprobación –en el primer gobierno Santos– de las normas de reparación, restitución y defensa de víctimas y de los desplazados, la situación ha mejorado significativamente. Pero las únicas víctimas no son solo las que han sufrido el horror del desarraigo.

Aunque desplazados hay en todo el país, las ciudades que han recibido a la mayoría de los seis millones de ellos son también víctimas. De un momento a otro se les vino encima un tsunami social para el que no estaban preparadas. Pasto, Popayán y Cali, por ejemplo, han sido las ‘ciudades esponja’ a las que les ha tocado absorber todas las consecuencias del desplazamiento resultado del desastre humanitario, social y de violencia que no hemos podido superar en la costa Pacífica.

Pero no son las únicas. En la costa Atlántica, la Cartagena que los turistas nunca ven es una marea de desplazados y de refugiados. Para no hablar de Medellín –que es la que ha administrado mejor el desafío– o de Neiva, en el sur, o de Villavicencio o de la propia Ciudad Bolívar. Estas ‘ciudades esponja’ se han convertido, en la práctica, en campamentos de refugiados.

La nación está en deuda con esos centros urbanos. Eso quiere decir que, si se quiere avanzar en la reparación y reinserción de las víctimas, hay que darles una mano mucho más generosa a las ciudades que han adoptado esas cargas. El modelo ‘idealista’ sobre los desplazados asume que, si se dan las condiciones de seguridad en las zonas de origen, de reparación y de restitución de tierras, se generará la voluntad del retorno. Eso es válido para una porción de las víctimas –ojalá la mayor posible–, pero no se puede esperar que esa dinámica solucione el problema y descargue a las ciudades del peso de esa tragedia humanitaria.

La realidad –y existen casos bien documentados que lo demuestran– es que, cuando ocurre desplazamiento forzado, la víctima intenta resocializarse en su nueva ubicación y echa algo de raíces, a pesar del dolor y de su situación. Incluso, en condiciones sociales extremas, el balance entre la incertidumbre de un regreso y la precariedad de las condiciones actuales lleva al desplazado, muchas veces, a inclinarse a favor de quedarse donde está. De allí que, además de promover el modelo del retorno, con entusiasmo y recursos, el Gobierno Nacional tenga que ayudar de manera organizada y contundente a las ‘ciudades esponja’, que están soportando el peso de la crisis humanitaria.

Y eso es urgente porque también se va a dar otra oleada –muy significativa– de desplazados del posconflicto. Ya sea porque cambiaron las condiciones políticas en sus regiones, o porque se les acabó el modus vivendi dentro del narcotráfico y la violencia, o porque se liberan de la servidumbre de los grupos armados, o por todas las anteriores, muchos de los que hoy viven en zonas de violencia van a terminar en las ciudades. La discusión sobre el modelo para el posconflicto no puede ser solo rural. También exige una ineludible dimensión urbana.

Díctum. Al estadista no solo lo hacen la inteligencia, la sagacidad y la habilidad. Ante todo, la serenidad.

Gabriel Silva Luján

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