Todo sobre el chikunguña: 'No soy tan malo como el ébola o el VIH'

Todo sobre el chikunguña: 'No soy tan malo como el ébola o el VIH'

El médico Carlos F. Fernández 'habla' con el virus de su origen, rápido avance y sus efectos.

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16 de septiembre 2014 , 05:11 p.m.

El jueves eran cuatro casos; el viernes temprano, 400, y unas horas más tarde las autoridades de salud hablaban de miles de infectados con un virus de reciente aparición en Colombia: el chikunguña.

No le preocupa la dificultad de la gente para pronunciar su nombre, “al fin y al cabo –dice–, muchos ya saben qué clase de síntomas causo, y eso es lo importante”.

Todavía celebra la declaración del viceministro de Salud, Fernando Ruiz, sobre su arribo oficial al país: “Que haya dicho que llegué para quedarme es un auténtico parte de victoria. ¿No le parece?”.

Está muy contento para ser un recién llegado...

Más respetico, que no nací ayer. Aquí donde me ve, soy un sesentón. Nací en 1952 en la meseta de Makonde, en la frontera entre Mozambique y Tanganika. ¿Sabe dónde queda eso? Pues en el África...

¿Y cómo llegó hasta aquí?

Despacito y con paciencia, y gracias a una familia de mosquitos que me transmite: los aedes. Su supervivencia ha ido mejorando gracias al cambio climático y a la urbanización; eso ha facilitado su migración en todo el mundo. Y yo viajo con ellos.

Explíqueme mejor eso...

Yo tenía un ciclo selvático en África. Esencialmente vivía en primates. Al picarlos, los mosquitos chupan la sangre y me conservo en su tubo digestivo. Cuando estos vuelven a picar, paso a la sangre del afectado. En algún momento, un aedes, conmigo dentro, picó a una persona y poco a poco empecé a adaptarme a los humanos. Eso facilita mi paso de uno a otro.

¿Cómo actúa en el cuerpo?

Después de que entro en la sangre me voy ubicando en las células que más me gustan, y que están en las cápsulas de las articulaciones, en otros tejidos conjuntivos y eventualmente en las células que en la sangre se ocupan de evitar hemorragias: las plaquetas.

¿Y luego?

Más o menos a la semana empiezo a producir fiebre alta, dolor de cabeza y articular, enrojecimiento de los ojos y molestia a la luz. Y si cojo a alguien mal parqueado, le puedo causar erupciones y hemorragias, que a veces complican la vida. Y no me mire así, que al final no soy tan malo...

¿Y le parecen pocos el dolor y la incapacidad que causa?

A ver, antes agradezca que no soy tan agresivo como mi pariente el ébola, o el mismo VIH sida. Yo sí doy una ‘moridera’ horrible, pero la gran mayoría de la gente está bien a la semana, ¿y sabe que inmunizada? La verdad es que paciente que visito, para mí está chuleado. No vuelvo, y ya.

¿Cuál es el secreto para deshacerse de usted?

(Se ríe a carcajadas). No tengo vacuna y tampoco hay tratamiento, así que ni modo. Les toca aguantarme.

¿Si ataco al mosquito lo ataco a usted?

Ah, eso sí. Sin los aedes no puedo entrar a la sangre. Sé que recomiendan fumigar casas y vecindarios; controlar los criaderos, eliminando aguas estancadas; usar mosquiteros, repelentes y ropa de manga larga, y cerrar las puertas a las 5 p. m.

¿Le preocupa eso?

No, nada. Estoy a mis anchas. La mitad del país está repleto del mosquito. Lo que sea que hayan hecho para controlarlo, no es suficiente.

¿Cómo se enfrenta esta enfermedad?

En el 98 por ciento de los casos, el tratamiento de la fiebre del chikunguña es ambulatorio.

Reposo: como hay dolor articular y decaimiento, se recomienda guardar cama para que el cuerpo pueda destinar toda la energía a defenderse del virus.

Fiebre y dolor: deben controlarse con antipiréticos y analgésicos, en lo posible formulados. Las medidas para eliminar calor del cuerpo, como los ventiladores, las compresas de agua tibia en axilas y en la frente, sobre todo en niños y personas mayores, pueden ser de gran utilidad.

Agua: como la fiebre eleva la sudoración, es importante mantener hidratados a los enfermos. Lo recomendable es suministrar dos litros de líquido al día, incluyendo agua, sopas y otras bebidas.

Alerta: si la fiebre no baja y hay postración y hemorragia, consulte ya.

CARLOS F. FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO

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