El drama de la minoría yazidí ante el acecho de los yihadistas del EI

El drama de la minoría yazidí ante el acecho de los yihadistas del EI

Khairi al-Sinjari, de 33 años, narra las atrocidades a que son sometidos por no pertenecer al islam

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16 de septiembre 2014 , 11:09 a.m.

Khairi sonríe mucho. Es que mira a Wisam, de casi un año y medio, lo ve reir y jugar animado, y tiene claro que se ha salvado de la amenaza de muerte que pendía sobre él desde que nació con un serio problema cardíaco. Fue operado en el hospital israelí Wolfson en Holon en el marco del proyecto humanitario israelí 'Salvar el corazón de un niño' y ahora, comienza una nueva vida, por lo que su padre no cesa de agradecer.

Pero detrás de las sonrisas "siento fuego en el corazón", le dice a EL TIEMPO Khairi al-Sinjari, de 33 años, miembro de la comunidad yazidí , residente en Sinjar, en el distrito de Mosul, al norte de Irak.

Es una comunidad étnicamente cercana a los kurdos, cuya religión -de prácticas no totalmente conocidas- tiene raíces en el sufismo islámico, en el zoroastrismo y un sincretismo de varios otros elementos. Hoy en día, está siendo masacrada por los yihadistas del Estado Islámico, que Khairi llama Daash, por su sigla en árabe.

"Antes estaban por allí, pero al principio se escondían y cuando entraron a Mosul, yo ya había viajado a Israel con Wisam". Fue estando ya en Holon, en los preparativos para la operación de su pequeño, que se enteró de lo que estaba ocurriendo: vio por Internet las ejecuciones, las fosas comunes, los degollamientos, leyó sobre las mujeres y jovencitas vendidas como esclavas. Se le 'congeló' el corazón.

"Logré comunicarme desde Jerusalén a un teléfono que tenía mi hermano en Sinjar. Le dije que se vayan todos a las montañas, con lo puesto, que no pierdan tiempo. Así lo hicieron, sin llevarse siquiera sus documentos de identidad, sin comida, ni agua, durante días, pero al menos, se salvaron de la muerte", comenta.

Su esposa y sus otros cinco hijos -la mayor de 8 años, el varón de 6, otra niña de 4 y mellizos de tres meses-, todos subieron a las montañas, junto con algunos de sus hermanos, para huir de los yihadistas. "Pero mi sobrino, hijo de mi hermana, bajó días después para buscar algo de comida y agua, con algunas personas más y se toparon en el camino con Daash. Los degollaron a todos. Escapó de la muerte y se la volvió a encontrar".

Este hombre hace un gesto de incredulidad cuando preguntamos por qué está sucediendo todo esto, en su opinión. Abre los brazos como en señal de impotencia e intenta explicar. "Daash nos considera infieles", asegura. "Dicen que los yazidíes creemos en Satanás y que Satanás es nuestro Dios, lo cual no es cierto".

Se refiere al parecer al uso del pavo real como uno de los símbolos yazidíes, que en el Islam hay quienes lo toman como sinónimo del diablo. "Pero la situación es a la inversa", sostiene Khairi. "Ellos son los asesinos. ¿Acaso alguien vio alguna vez a un yazidi como terrorista suicida? ¿Alguien oyó alguna vez que un yazidi haya decapitado a alguien? ¿Alguien oyó que un yazidi haya matado a alguien así no más?".

La tragedia en Irak no comenzó ahora. "La vida era difícil ya antes. No hay agua, electricidad  ni comunicaciones, ningún servicio digno a la población", cuenta Khairi. "Mi sueldo como funcionario del gobierno irakí se iba todo en médicos, hospitales, buscando ayuda para Wisam, pero el mensaje era que es mi problema, no como en Israel, donde le han salvado la vida y donde nos tratan como seres humanos que merecen ser atendidos. ¿Por qué tuve que venir a Israel para que me ayuden? ¿Por qué no podían hacerlo en mi propio país?".

Khairi tiene 33 años y dice que se siente de 50. "Es por la guerra, las atrocidades, por toda nuestra situación. Mucha gente ha tenido que irse, hay numerosos muertos en la calle que nadie sepultó". Suspira profundo y agrega con rostro serio que "es una zona maldita, vacía, en la que lo que hay es olor a muerte".

Ya ha visto mucho, aunque lo peor, desde la entrada de los yihadistas, se lo contó su familia. "Sinjar fue vendida por los políticos, vendieron a los niños, a las mujeres, a las jovencitas, a todos… Niñas de entre 14 y 18 años están en los mercados y las cárceles de Daash, las venden. Cada tanto logran contactarse con sus familias y ¿sabes qué piden? Que lleguen aviones y bombardeen a Daash para que ellas también mueran. El ejército, con todos sus equipos y sus armas, huyó dejando a los civiles por detrás, totalmente expuestos. No podemos confiar en nadie, ni en el ejército irakí ni en el de Kurdistán".

El pesar es por su propia familia, que ahora está a salvo del peligro, por el momento, pero vive bajo puentes y árboles durmiendo sobre trozos de cartón, sin servicios ni seguridad de nada, y también por toda su comunidad. "No se puede creer en nadie. En Irak no estamos seguros”. 

La intención es tratar de reunirse con su familia en Turquía, cuando esta logre salir de Irak. Algunos de sus hermanos cruzaron a territorio sirio, pero Khairi no sabe nada de ellos. "Desde Turquía, con ayuda de alguna organización internacional, podríamos pasar a Estados Unidos o algún país de Europa", explica. "Tengo un hermano en Alemania y quizás eso pueda ayudar". Pero ahora, desde Israel, agrega otra posibilidad: "En Sinjar hay gente que quiere llegar a Israel. Cientos de familias esperan poder llegar a Tel Aviv. Queremos vivir en paz y con seguridad.

"Ojalá no hubiera nacido en Irak ni hubiera conocido a Sinjar, lamenta Khairi. Wisam, que afortunadamente no entiende de qué habla y que, además, no comprende el idioma árabe en el que conversamos con su padre ya que los yazidíes hablan kurdo, no cesa de juguetear.

Khairi lo abraza y besa a menudo. Luego nos vuelve a mirar serio y resume: "queremos vivir en paz, con quietud, sin miedo y sin terror. No queremos política ni escaños en ningún parlamento, sólo vivir en paz , como cualquier ser humano".

JANA BERIS
Corresponsal de EL TIEMPO
Jerusalén

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