Pobres 'pero' felices

Pobres 'pero' felices

Bután, el país himalayo donde la felicidad es la política máxima del Estado.

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15 de septiembre 2014 , 07:22 p.m.

Estábamos engolosinados con el tema de Bután, ¿verdad? Entonces sigamos. Los seres humanos tenemos la nostalgia de un edén perdido, un lugar maravilloso donde todo es paz, inmortalidad, belleza, donde viven los maestros de la sabiduría.

Los pueblos orientales han ubicado este mágico lugar en inaccesibles montañas y hacia él dirigen sus anhelos y nostalgias y muchos se han internado en las soledades buscándolo. No han faltado viajeros y aventureros occidentales que “han caído” en el engaño del espejismo y han emprendido viajes por el Tíbet y las montañas y valles escondidos del Himalaya. La Blavatsky lo ubicó en el desierto de Gobi. Para los indios ese lugar se llama Kalapa; para los budistas tibetanos, Shambala; incluso los rusos creen en ese paraíso y lo llaman Bielovodye o “la tierra de las aguas blancas”. Los chinos dicen que se encuentra en las montañas de Kunlun.

En 1933, James Hilton escribió su novela Horizontes perdidos y llama Shangri-La a ese mágico lugar y Occidente creyó en el hermoso cuento. Son miles, dije miles y me quedo corto en el número, las alusiones a este lugar en Occidente y van desde películas, libros, novelas, ensayos, canciones, grupos musicales y lugares hasta cómics.

Unos pocos ejemplos muy ilustrativos corroboran la idea. Los nazis enviaron una expedición en 1938 al Tíbet a buscar el mítico lugar y la dirigió Ernst Schafer. El presidente Roosevelt era devoto de la novela y llamó Shangri-La a su lugar de descanso, que hoy se denomina Camp David. Led Zeppelin, en su canción Kashmir, habla del fabuloso lugar. La Marina de Estados Unidos, en 1942, bautizó a uno de sus barcos con ese nombre, y para no hacer más larga la lista digamos que hasta Los Simpson lo nombran en uno de sus episodios.

Pues bien, uno de los lugares más citados como sede mítica de Shangri-La es Bután, el país himalayo<TB>donde la felicidad es la política máxima del Estado. Y, para mayor vergüenza del Occidente consumista y ávido de progreso material, Bután no está propiamente preocupado por la industrialización y el desarrollo deshumanizante.

Nuestro Occidente más bien es infeliz y basta ver cómo siguen las guerras, las matanzas, la destrucción de la Tierra y de los recursos naturales y cómo las potencias subyugan a los países “subdesenvolvidos”. Bután tiene 70 por ciento de bosques, 60 de montañas, muchos picos nevados de 6.000 y 7.000 metros de altura en la frontera con China; el Chomolhari es el más conocido. Además, el 60 por ciento del país está protegido en 10 parques nacionales. Todo esto significa muchos declives, cascadas, agua y ríos, y el país los aprovecha inteligentemente para producir electricidad, que vende a la India, Bangladés, Pakistán y a los vecinos del este.

Bután es de una belleza impresionante, y los templos y palacios tienen la típica y preciosista arquitectura tibetana, porque los butaneses emigraron de esta región hacia el siglo VII y conservan las tradiciones. El rey y la reina son jóvenes, viven en un palacio sencillo y son muy queridos por la población. El 10 por ciento son monjes budistas. El país tiene 40.000 kilómetros cuadrados (menos de la mitad de nuestro departamento de Amazonas) y unos 700.000 habitantes. La inmensa mayoría son campesinos, que siembran sobre todo arroz, y los bancales de los cultivos son de especial belleza. La gente es pobre, “pero” feliz. ¿Qué más se puede pedir en la vida, si la felicidad es lo máximo? Sí, regresé enamorado del país y de su gente, como todos los que los visitan. No sería malo que nuestros gobernantes lo visitaran a ver si aprenden y “afinan”(!). Eso es todo.

Andrés Hurtado García

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