Industrias para el olvido

Industrias para el olvido

En Colombia no se publica para construir memoria del pasado sino para congelarnos en un presente.

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10 de septiembre 2014 , 07:14 p.m.

Si se recorren las librerías de Buenos Aires o Ciudad de México, no tendremos dificultad en encontrar, al lado de los vivos y “novedosos” escritores de Argentina y México, las obras de aquellos que les precedieron y siguen siendo reclamados y leídos por los contemporáneos.

La tradición –encuentro siempre revelador entre pasado y presente– alimenta políticas editoriales que no riñen con el negocio de producir y vender libros. El lector que busca un libro de Ricardo Piglia encontrará los de Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes, Roberto Arlt y Leopoldo Lugones.

Si las expulsaron de las “novedades” de los “puestos de venta”, las obras de los autores muertos seguirán visibles en librerías de libreros (no de simples vendedores) que les asignan un lugar distinto al sarcófago de los saldos. Las buscaremos y encontraremos en las fascinantes librerías “de viejos”, resistiéndose a la implacable conspiración de las modas.

En Colombia, la tradición es apenas el presente del mercado de novedades. Vaya y busque obras de Luis Carlos López, León de Greiff, Aurelio Arturo, Eduardo Zalamea Borda, Hernando Téllez o Charry Lara. De chiripa, saldrá del fondo de alguna estantería uno de esos nombres olvidados. Sin embargo, entre los 70 y 80 del siglo pasado, Colcultura emprendió lo que el nuevo Ministerio de Cultura no quiso continuar: una biblioteca de autores colombianos que hoy sería un fondo admirable y necesario.

Se dice que contamos con una de las tres o cuatro primeras industrias editoriales de América Latina. Tenemos un registro alucinante de universidades nacionales y regionales con centenares de docentes y decenas de miles de estudiantes de literatura y materias de las ciencias sociales en colegios e instituciones de enseñanza superior.

Se supone que docentes y estudiantes leen literatura de todos los géneros y contribuyen a que la historia cultural de Colombia no se limite al mercado de las novedades exitosas. Se podría suponer que las obras del inmediato pasado, aquellas que se enseñan y trazan la línea de una tradición nacional, se siguen publicando y leyendo.

En Colombia, estas suposiciones son falsas. Si se exceptúan algunas valiosas universidades, no se publica para construir memoria del pasado de la creatividad y el pensamiento, sino para congelarnos en un presente de obras novedosas o excluidas del mercado. Autores que fallecieron hace apenas una o dos décadas se volvieron invisibles en editoriales, librerías y lectores.

Una gran empresa editorial, el Fondo de Cultura Económica (FCE), tiene en sus catálogos a los escritores mexicanos vivos más representativos de todos los géneros y épocas. El FCE es un ejemplo casi irrepetible de lo que hizo el Estado para protegerse de las futuras perversiones del mercado.

Pero el FCE nació dentro de un vasto proyecto cultural de grandes figuras del exilio español en sociedad con intelectuales mexicanos. Entendieron la relación entre tradición y ruptura, pasado y presente. Los iluminaban las figuras de José Vasconcelos y Alfonso Reyes, entre otros. En Colombia, apagamos las luces que iluminaron épocas pasadas y prendemos velas para alumbrar mal la época presente.

La universidad pública, la Universidad Nacional, sin ir más lejos, debería asumir ese papel de memoria viva y concebir una biblioteca de autores y clásicos colombianos en ediciones rigurosas. Ese fondo llenaría el inmenso vacío dejado por las industrias editoriales y tendría posibilidades de constituirse también en un mercado de calidad.

Óscar Collazos

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