Fabio Lozano Simonelli

Fabio Lozano Simonelli

Intentó aportar la heredad de inteligencia y espíritu de servicio recibida.

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08 de septiembre 2014 , 05:14 p.m.

Bajo la espesura de sus cejas tempranamente encaladas, la mirada de Fabio Lozano Simonelli sobre el confuso horizonte de la patria fue siempre la más limpia. La azul melancolía que irradiaban sus pupilas nacía de la percepción inequívoca de que Colombia se deshojaba en un otoño triste, sin esperanzas de una nueva primavera.

Cuando ya las nubes de invierno invadían el firmamento de su visión y presagiaban una tempestad sobre el país, esa mirada decidió apagarse en un ocaso prematuro. La más lenta y dramática forma de suicidio, la del desdén hacia la propia vida, inundó su decepcionado corazón.

A medida que la sensatez se va haciendo cada vez más un imperativo, la ausencia del inolvidable Fabito de las interminables tertulias de recomposición ideal del mundo, de versos y de vino, y de destellos de humor y de genialidad, se hace más sentida, porque es ahora cuando con mayor urgencia se requiere de su agudeza perceptiva, de su criterio lógico y de sus opiniones limpias y sin oblicuidades. De la contribución de sus propuestas, siempre desoídas, tan ajenas a todo afán de protagonismo personal, que hubieran sido en este momento un aporte sustancial al logro superior de la paz. Sin embargo, nos alcanzó a advertir acerca del peligro sobreviniente de una derecha mafiosa incubada en el liberalismo dispuesta a impedir, a sangre y fuego, el avance de las ideas progresistas. El aciago presagio se cumpliría en el 2002 con el ascenso de la ‘parapolítica’ como cabeza del bloque de poder.

Si la transparencia de alma y de conducta hubiera tenido en nuestro país un sitio justo, y la dirigencia nacional se hubiese apoyado en sus más lúcidas y honestas inteligencias, tal vez Fabio estaría consagrado como ninguno a trabajar creativamente por el país. En la misma forma apasionada en que, poseído de la más honda desilusión, se dio a la evasión etílica, convencido de que solo alrededor de un vino, acompañado de sus más afines amigos, la fantasía de una patria mejor podía tomar forma, si no en la realidad por lo menos en el castillo de sus sueños.

Heredero de una tradición familiar de lucha en el campo de las leyes, de las letras, de la política, de la diplomacia, el doctor Lozano Simonelli tenía el terreno abonado para situarse entre los elegidos. Solo bastaba transigir o ignorar la descomposición galopante en las cúpulas directivas. Sin embargo, optó por el más difícil camino: el de la disidencia mental; el riesgoso sendero del pensamiento crítico, cuyo fruto deviene en incomprensión y ostracismo. No obstante, fue audazmente constructivo, intuitivo y libre. Pensaba en grande. Fue un hombre de inmensa autoridad moral, dignidad y energía. A la vez, un espíritu calmado, imperturbable, seguro de sí mismo.

Intentó aportar la heredad de inteligencia y espíritu de servicio recibida, no para escalar y pagar favores, sino para trabajar por el país. Buscó la reestructuración de su Partido Liberal, para que pasara de la “corporación de gamonalatos” a una colectividad que impulsara la modernización del Estado. Treinta y dos batallas perdidas, incluida la de llevar a la Presidencia de la República a quien representaba la más seria y avanzada propuesta de transformación para el país, Hernando Agudelo Villa, otro estadista inteligente que el país no aprovechó.

Cinco años antes de su fallecimiento, Fabio escribió en la revista ‘Diners’ una crónica anticipada de su muerte. Además de la burla de los protocolos y de los rituales funerarios, y de la crítica a la dirigencia, previó la soledad que lo asistiría en su momento.

Murió seguramente en animada charla con su copa de licor, bebiéndose el desvaído reflejo de su imagen en el líquido, a manera de suicidio simbólico, solo, como los grandes, sin recibir ni dar un adiós al país que ojalá algún día llegue a merecerlo.

Recomendado: ‘Plan decenal de seguridad, comodidad y convivencia en el fútbol 2014-2024’. Un ambicioso programa preparado por el Ministerio del Interior de Colombia, sustentado en una seria investigación del Centro Nacional de Consultoría, que se propone hacer contribuciones sustanciales a la convivencia nacional desde la perspectiva del deporte, específicamente del fútbol, como la actividad que nos integra, cohesiona y transforma. “No hay otro deporte que nos identifique más como nación, que nos una sin distingos políticos, raza, condición sexual o religión”. (“Para el 94 por ciento de los colombianos, esta actividad deportiva es importante o muy importante”). Magnífica iniciativa. Este trabajo puede constituirse en modelo para otros instrumentos que orienten el proceso del posconflicto.

Alpher Rojas C.

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