Adiós, Anamer

Adiós, Anamer

Anamer peleó por la belleza, por expresar lo que quería con la forma y los colores correctos.

notitle
05 de septiembre 2014 , 07:38 p.m.

La noticia me llegó como un puñetazo; Fernando Quiroz me mandó un mensaje de texto a las siete de la mañana con una sentencia terrible: “Murió Anamer”. Tuve que leerlo varias veces. Sus amigos, las personas cercanas, las personas que la queríamos de manera incondicional, nunca le dijimos “maestra”. Ana Mercedes o Anamer. El círculo con el que fui su amigo por años, Carlos Salas, Carlos Jacanamijoy y Nadín Ospina, todos estaban tan asombrados como yo. En los últimos tiempos, ella había tenido varios quebrantos de salud, pero su humor y sus apuntes ácidos se mantenían intactos. Y todos creíamos que la tendríamos muchos años más.

Todavía no he conocido a nadie tan apasionado por su propia obra, nadie que crea con tanta convicción en cada uno de sus trazos y tan enterado de lo que pasa en el circuito del arte. La última vez que hablamos largo y tendido fue a propósito de una columna que escribí sobre Doris Salcedo. La obra de Salcedo le parecía floja, llamó a regañarme y le envió una carta a este diario expresando su asombro. En el mundo del arte, ella era la única persona que se atrevía a hablar de esa manera. Sin miedo y sin pelos en la lengua. Doris Salcedo es tal vez la artista colombiana mejor cotizada en galerías, museos y bienales de todo el mundo. Pero Anamer estaba por encima del bien y del mal.

En más de quince años de amistad, creo que solo escribí uno o dos textos sobre ella, pero tuve la fortuna de seguir su obra de primera mano. En su taller y en la sala de su casa. En los últimos años había logrado decir todo lo que quería decir con su obra, que no es poco. En los años 70, Anamer fue considerada una de las mejores artistas abstractas de Colombia al lado de Negret, Rayo y Ramírez Villamizar. Más tarde –cuando descubrió la riqueza cultural de San Basilio de Palenque– decidió dejar la abstracción y pintó el color y la vida de las palenqueras; en su casa hay unos dibujos preciosos de los boxeadores adolescentes de San Basilio, pero finalmente viajó en el tiempo al origen de esa riqueza cultural. Y su última obra son las figuras doradas de los esclavos africanos que llegaron a América.

Más allá de todo el trasfondo intelectual e histórico de su obra, Ana Mercedes siempre batalló por algo que hace que el arte sea arte: Anamer peleó por la belleza, por expresar lo que quería con la forma y los colores correctos. En su obra no hay nadie más orgulloso que sus palenqueros. Adiós, Anamer, todos te vamos a extrañar.

@LaFeriaDelArte

Fernando Gómez Echeverri

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.