Arte discutible, barbarie indudable

Arte discutible, barbarie indudable

¿Por qué no se somete la decisión de su continuidad a una consulta popular?

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05 de septiembre 2014 , 07:10 p.m.

El lamentable fallo de la Corte Constitucional que restablece las corridas de toros en Bogotá no solo produce una inmensa indignación, sino que causa una gran vergüenza, pues solo una corte medieval podría justificar la barbarie que se comete contra los animales, aduciendo que se trata de una “expresión artística”.

Es preocupante y vergonzoso que, en pleno siglo XXI, un tribunal esgrima unos argumentos tan débiles como la tradición o la defensa de la libertad de expresión para darle el visto bueno a un mal llamado espectáculo, en el cual un grupo de personas, en medio de música, licor y algarabía, se abandona al placer de ver torturar y matar con alevosía a un animal indefenso, pese a sus 500 kilos de peso.

Racionalmente, las corridas de toros son una actividad indefensable, tal y como me lo han reconocido algunos taurinos. Al contrario de lo que dice la mayoría de ellos, no se trata de un enfrentamiento justo ni equilibrado entre una bestia y un valiente. No obstante su gran tamaño y su fortaleza, un toro llega en desigualdad de condiciones al ruedo. En primer lugar, porque no llega por su propia voluntad, sino que es conducido a la fuerza a un sitio donde de entrada es aturdido por el público y encandilado por la intensa luz del recinto.

Por otra parte, al llegar al ruedo, el toro se encuentra con alguien que, espada en mano, lo obliga a sostener un combate que el animal ni espera ni imagina. Y en esta lucha dispareja, la razón y la malicia del hombre tienen todas las de ganar, tal y como lo reconoce Alejandro Ordóñez –aficionado consumado a la tauromaquia–. Según el Procurador General, se trata de un “acto civilizador, la confrontación entre la razón y la fuerza, en la cual sale triunfadora la razón”. Ahí está retratado de cuerpo entero.

Es tan desequilibrada una faena de toros que en casi todos los casos el astado termina muerto y el torero sale sin un rasguño. Con el agravante de que el matador –nombre por demás muy apropiado– no solo asiste por decisión propia sino que se ha preparado durante años en el dudoso arte del engaño y la malicia, que le permitirá lograr su cometido en la plaza. Además, resulta curiosa una fiesta donde matan al invitado especial para rendirle un homenaje.

El aspecto artístico de las corridas es bastante discutible. Con no poca suficiencia, sus defensores dicen que los animalistas no comprendemos que la tauromaquia es un arte. Como si un cuadro de Pollock, cuyo mensaje muchos no logramos descifrar, fuera comparable a un ritual en el que un animal es humillado, maltratado y eliminado, para el regocijo de unos cuantos.

Si se acaban las corridas se extinguen los toros de lidia, dicen alarmados sus promotores. ¿Y...? Al fin y al cabo, esta especie ha sido desarrollada con el único fin de divertir a unos pocos y lucrar a otros, que se benefician con un negocio infame alrededor de la muerte de una criatura irracional e inocente.

Otro argumento de los taurinos en defensa de las corridas es la generación de empleo. Sin embargo, ellos no hablan de las condiciones laborales de las personas que trabajan tras bambalinas para hacer posible ese oprobioso espectáculo, quienes viven muy lejos del glamur que rodea a los toreros con sus trajes de luces.

Por el lado de la tradición, el asunto tampoco resiste el menor análisis, puesto que una costumbre, por muy antigua que sea, no justifica hoy por hoy su ejercicio. Con esa premisa, prácticas milenarias como la esclavitud o la trata de personas, que hoy resultan inaceptables, deberían ser autorizadas y tuteladas por el Estado. Si de tradiciones se trata, más antigua que la de matar toros es la de matar personas, y no por eso resulta tolerable.

Finalmente, si los defensores del toreo creen que es una actividad tan popular, ¿por qué no se somete la decisión de su continuidad a una consulta popular?

Vladdo

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