El Julio Cortázar que conocí

El Julio Cortázar que conocí

La escritora colombiana Flor Romero alternó con Julio Cortázar y su segunda mujer, en París.

05 de septiembre 2014 , 06:52 a.m.

Recordar al gran escritor argentino Julio Cortázar, en el centenario de su nacimiento es un privilegio y un momento de gran nostalgia, pues narradores de su talla, con la bondad, la sabiduría, el discernimiento y su talento es difícil conocer.
Lo encontré en Paris en 1975 a través de su segunda compañera la lituana Ugné Karvelis, en ese momento directora del departamento de español de la Editorial Gallimard. Ella le había publicado en francés su novela Rayuela y fue quien lo lanzó al mundo internacional.

Durante los años de mi cargo como Primera Consejera de la Embajada de Colombia en París (1974-l983) y en los siguientes como responsable de los asuntos de la Federación Nacional de Cafeteros en Francia fueron muy frecuentes los encuentros con Julio y su mujer, sobre todo en los coloquios literarios que se organizaban en el claustro de Cerisy-la Salle, con participación de los escritores latinoamericanos residentes en Francia por aquel tiempo entre los cuales estaban también el paraguayo Augusto Roa Bastos (Yo el Supremo), el cubano Alejo Carpentier, Agregado cultural de Cuba (El siglo de las luces, El harpa y la sombra), Gabriel García Márquez, nuestro Nóbel, Mario Vargas Llosa (Nóbel), Rubén Bareiro Sagier, Carlos Fuentes (Embajador de México), autor de numerosos libros, entre ellos, La Región más transparente, Aura , y otros.

Estos coloquios eran organizados por los profesores de la Universidad de La Sorbonne, traductores y catedráticos de literatura latinoamericana, y de otras universidades. Contaba con la asistencia permanente de mi traductor y americanista Claude Couffon, Jacques Gilard (De la Universidad Toulousse Le Miral), Laure Bataillon, traductora de Cortázar, Alice Raillard, traductora de Jorge Amado, Jacqueline Baldrin, Claude Fell, Arnaldo Calveira, Gilberto Olver de León. El tema era el análisis de la literatura latinoamericana, que despertaba enorme interés por aquella época en Francia.

Había gran familiaridad entre los escritores, profesores, traductores y críticos de la época, de manera que los coloquios eran un pozo de conocimiento y de amistad, con intercambio de ideas y de servicios. Como yo era la única mujer con la doble investidura de escritora y diplomática, siempre me invitaban por Colombia. A esas jornadas debo buena parte de mi desarrollo como narradora. Fue Laure Guille Bataillon, justamente, la traductora de Julio Cortázar, quien me llamó una noche hacia las 8 para avisarme que mi novela La Calle Ajena había sido aceptada por el comité de lectores de la Editorial Ramsay, del cual ella formaba parte y se publicaría pronto con el título de La Rue des Autres, traducida por Claude Couffon, y sería lanzada en la próxima Feria del Libro en el Grand Palais.

A Laure, le escribiría Cortázar una carta fechada el 9 de agosto de l.981 en la cual le dice: “Volveremos a París el 3 de septiembre y llegaremos a París el 3 de Octubre. Si has leído bien. Treinta y dos días de viaje. Es nuestro secreto, pero nos gusta que ustedes lo compartan. Hemos decidido recorrer la autopista Marsella-París, ateniéndonos a razón de 2 parkings por día y como hay 75…. La idea parece loca y estúpida pero a nosotros nos encanta pensar que durante un mes nadie sabrá donde estamos y entretanto leeremos y escribiremos (……) Estamos organizándonos con gran espíritu científico y eso deberá quedar reflejado en el libro. (…) bueno ahora si tienes permiso para reírte todo lo que quieras El libro en cuestión inicialmente se llamaría Paris-Marseille par petits parkings”.

En uno de esos coloquios que terminaban con sesiones de canto con guitarra, tangos, mariachis, boleros y blues, Julio admiró la maxirruana blanca en lana virgen de Nobsa que yo llevaba; era invierno y me protegía bien del frío en el claustro. Le prometí en mi próximo viaje a Colombia conseguirle una talla XXL pues el escritor alcanzaba 1,93 metros de altura. Le cumplí la promesa, y la lució no solo en los coloquios sino que según carta a su mamá en l981 le envía una foto con esa prenda, “Bueno mamita te mando una foto que me hizo Carol cuando volvíamos en el barco sueco. Verás que bien me queda mi poncho”.

A estas alturas ya le había encomendado comunicarse con un editor en Barcelona, quien me pidió que le escribiera el prólogo de Los papeles de Pickwick de Dickens, pues cuando me propusieron este encargo yo respondí que no era experta en literatura inglesa, pero si sabía quién podría hacer ese prólogo a las mil maravillas. Les di la coordenada de Julio Cortázar, después de llamarlo para preguntarle si le interesaba esta tarea por la cual pagaban 3.000 dólares. Aceptó encantado. Había mucha cordialidad y colaboración en el grupo, y por eso me atreví a pedirle a mi amigo Augusto Roa Bastos que me hiciera el prólogo de los cuentos míticos La Ruta de Eldorado, que publicaría el Círculo de Lectores (1.978) con el título de Casi un cuento para después de los cuentos.

Era el tiempo de los dictadores en el cono sur y mis amigos escritores y profesores Vivian nostálgicos de sus países. Por eso Julio escribió “silbar viejos tangos sembrados en melancólicos destinos de ida y de venida es una de mis muchas maneras de estar en Buenos Aires, sobre todo ahora que ya no puedo volver y que por razones nada tangueras pero igualmente tristes me siento amurado en una de las dos esquinas del ovillo en uno de los dos inmensos espejos donde siempre se jugó el vaivén de mi corazón”.

Cortázar, quien vivía afirmando que “París es una metáfora”, era el escritor bondadoso, fraternal, intuitivo, tierno, generoso. Nació en Bruselas (Bélgica) el 22 de agosto de 1940 y murió en París el 12 de febrero de 1984. Con su primera mujer Aurora Bernárdez vivió en Buenos Aires sus mocedades; fue maestro y en París compartió con mi amiga lituana Ugné Karvelis, 10 años. Fue un padre cariñoso con el hijo de ella, Alejandro. Compartieron una casita en Vocluse, y un apartamento que conocí en París, vecino al Sena, con una colección extensa de discos de jazz. Se había radicado en París en l951 y conocía la ciudad diurna y nocturna, como pocos.

En la séptima clase del curso que dictó en Berkeley en l980, sobre su obra y pensamiento en donde confiesa para empezar que es “el profesor menos pedante del mundo”, dice que: “Quisiera cerrar esta referencia a lo positivo de Rayuela antes de hablar de lo negativo, señalando que una de las cosas que más impresiono a los lectores fueron los textos de locos que incluí. En el libro se incluyeron textos de dos o tres alienados mentales, personas que clínicamente son clasificados de alienados mentales aunque hasta ahora nadie sabe lo que es un alienado mental y quién es realmente un loco (…) uno descubre que la diferencia entre estar loco y no estar loco es a veces una cuestión de opinión personal y no de diagnóstico médico”.

“En literatura estamos manejando ese maravilloso juego de cubos de colores que es el alfabeto y de ahí sale todo (…..) La literatura es una especie de arte combinatoria en la que entran la fantasía, la imaginación, la verdad la mentira, cualquier postulado, cualquier teoría, cualquier combinación posible y corremos muchas veces el peligro de estar cayendo por malos caminos, por falsos caminos (….) lo único que vale es el principio de incertidumbre” (Del libro Clases de literatura de Julio Cortázar)

“No hay temas buenos ni malos en ninguna parte de la literatura, todo depende de quién y cómo lo trata. Alguien decía que se puede escribir sobre una piedra y hacer una cosa fascinante, siempre que quien escriba se llame Kafka”.
“Tengo la impresión de que hasta este momento al menos yo no conozco ningún trabajo crítico que resuma de manera satisfactoria por qué en América Latina, el cuento es tan p opular y alcanza una calidad que lo coloca a nivel de los mejores que se puedan imaginar o escribir en el planeta”.

“La fantasía, lo fantástico, lo imaginable que yo amo y con lo cual he tratado de hacer mi propia obra, es todo lo que en el fondo sirve para proyectar con más claridad y con más fuerza la realidad que nos rodea”. “La música es una presencia incontenible y avasalladora en lo que escriben”.

En esta misma clase habla del ritmo, la melodía, el humor, lo lúdico, el juego, en sus textos. “Las obras literarias cumplen a veces destinos muy extraños, azares muy extraños que escapan completamente a su autor. Es obvio que para alguien que está enfrentando procesos políticos, e históricos dramáticos y en general trágicos, en América Latina, estas historias de cronopios, no tienen ningún sentido, no le pueden interesar. Pero ahí entran el azar y lo único porque la gente que lucha y enfrenta muchas veces la muerte en los momentos de descanso, de reposo, busca lo lúdico porque lo necesita y con mucha frecuencia lee textos y escucha músicas que nada tienen que ver con su trabajo inmediato. El Che Guevara llevaba en el bolsillo de su chaqueta los cuentos de Jack London que no son precisamente cuentos militantes; son aventuras de Alaska en la selva, historias de gentes que luchan contra la muerte contra los animales y contra las fieras. Los llevaba como también podría llevar un libro de poemas como compensación en el momento en que su trabajo personal aflojaba”.

Confesó que “Si yo fuera marino me dedicaría a cazar crepúsculos”. Su novela Rayuela es el trasegar de Cronopios y de Famas. Son varias novelas dentro de una sola Dijo que es el compendio de papelitos que fue escribiendo, y un día decidió organizarlos así.

“Leí maravillado Cien Años de Soledad”

Sobre Gabo, Cortázar escribió en carta al editor Paco Porrúa el 4 de agosto de l.967 “En esos 5 días de calma y trabajo, leí maravillado Cien años de Soledad cuyo envío te agradezco inmensamente. Desde luego le voy a escribir a Gabriel (cuya doble guiñada de ojo a Fuentes y a mi, en sendos pasajes del libro me conmovió mucho); te enviaré a vos la carta para que se la hagas llegar, porque no tengo su dirección. Qué libro increíble, Paco. En estos últimos años, no veo nada comparable a esa novela y a Paradiso de Lezama Lima en nuestras tierras. Desde Venecia, Fuentes me escribo igualmente entusiasmado, en fin, los más viejos ya nos podemos morir, y hay capitán para rato”.

Final de su relación con la crítica literaria Ugné Karvelis

En carta a Ariel Dorfman le diría: “Ya sabrás por diversos teléfonos árabes, que Ugné y yo nos separamos; esto, que entra en cuatro palabras, no entra tan fácilmente en la realidad; hay el antes, el durante y el después. Desde el después te escribo, afortunadamente, supongo que ella también podrá hablarte algún día. Las medallas tienen cara y cruz y es justo que los amigos conozcan los dos lados. No soy hombre confidencial, lo sabes, y te evito detalles, digamos que lo de siempre, incompatibilidades cada vez más manifiestas de las que se desprende la infelicidad, la agresión, lo inútil de prolongar algo que fue bello y ha dejado de serlo. ¿Culpas? De los dos y de ninguna - ¿versiones? Escucharás toda una suite. Te repito, no tiene sentido ir más allá de los hechos; mi esperanza es salvar la amistad y el respeto, poder seguir encontrándome con Ugné y sentirme bien cerca de ella.”

La editora Ugné Karvelis, quien hablaba 7 idiomas y era muy culta y bella, fue luego embajadora de Lituania en UNESCO. Fumaba con mucha ansiedad y quizá eso la llevo a la tumba, cuando yo ya estaba en Colombia. Me dijo que escribiría dos libros sobre pasajes de su vida con Julio Cortázar y creo que lo hizo. En la colección de discos debe estar uno de Gato Barbieri que me buscó prestado y que nunca recuperé. Había dirigido varias series sobre el barroco en América Latina y fue justamente a raíz de una entrevista suya para proponer la colaboración de Colombia en un documental sobre este tema en este país, que tuve el placer de conocerla y de departir en coloquios, restaurantes, tertulias caseras y presentaciones de libros, conciertos, piezas de teatro, junto con el gran escritor argentino Julio Cortázar

En el otoño de su vida, Julio se casó con Carol Dunlop, quien murió antes que él.
Santa Marta, 26 de Agosto de 2014

POR FLOR ROMERO

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