Ajuste de cuentas: ¿Quién le teme a Harold Alvarado?

Ajuste de cuentas: ¿Quién le teme a Harold Alvarado?

El poeta divide su trabajo antológico del siglo XX en siete momentos especiales.

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04 de septiembre 2014 , 09:42 p.m.

Cuando pienso en el lugar que ocupa Harold Alvarado Tenorio (1945) en la literatura colombiana hoy, pienso en dos cosas: la primera, en el culto que este escritor ha profesado por la figura y obra de Jorge Luis Borges. Me atrevería a decir que fue uno de los primeros en nuestro medio en advertir lo que ya es de conocimiento público: Borges significa el arribo de la escritura moderna al continente de Alfonso Reyes y Henríquez Ureña. No sorprende por eso que al publicar su primer libro de poesía en 1972, Pensamientos de un hombre llegado el invierno, Alvarado Tenorio haya usado a Borges prologuista por vía de la falsificación y la parodia y que ese descaro, al ser avalado por el propio Borges, se hubiera convertido en fino recurso literario.

La segunda, tiene que ver con la temida personalidad del poeta. No hay congreso o reunión de amigos o tertulia bohemia donde el nombre de Harold Alvarado no sea puesto sobre la mesa de disección, o bien para embestirlo con las más altas expresiones de la vulgaridad vallejiana, o bien para reconocer en el autor valluno su desparpajo creativo y su valentía moral, la misma que lo llevó a difundir, hace poco, un memorial desgarrador: “Contra El Pájaro”, sobre las formas que empleó el paramilitarismo para sembrar el terror en algunas zonas del país.

Tiene razón Antonio Caballero cuando en su prólogo al libro Ajuste de cuentas (2014), se refiere al “odiado y odioso Harold Alvarado Tenorio”. En el terreno de los afectos, desliza el prologuista, quizá él sea el único amigo que le queda en Colombia. Porque si tenía otros más, tal vez éstos se redujeron después de la encendida polémica que Alvarado Tenorio mantuvo con Héctor Abad, a propósito de un poema atribuido a Borges, uno de cuyos versos dio título al libro que Abad escribió sobre la muerte de su padre. Nunca, como en ese momento, conocimos de la virulencia y mordacidad ingeniosas con que Alvarado Tenorio atacaba algunas figuras intelectuales de su país. Nunca, como entonces, dividió las opiniones en torno a lo que Caballero designa como impronta de una personalidad exacerbada: la “persecutoria paranoia”.

Sin desprenderse del báculo borgesiano para trasegar con ideas y dardos envenenados por el laberinto de la poesía colombiana del siglo XX y sin abandonar esa postura desdeñosa cercana a la perversión, que lo hacen temido y aborrecido en la esfera pública, Alvarado Tenorio publicó hace unos meses Ajuste de cuentas, un libro de 660 páginas que pretende ser antología personal, pero a la vez dictamen a una tradición poética, cuyos inicios Alvarado cifra en dos pilastras retóricas: Julio Flórez y Guillermo Valencia, es decir, dos escuelas foráneas: el romanticismo y el modernismo. A partir de allí y con el gesto de quien se ha formado en los círculos académicos, Harold Alvarado propone una caprichosa y particular taxonomía, a la luz de unas convicciones que el lector descubrirá en las páginas de reflexión que el antólogo despliega para cada autor escogido: la poesía no sucede en el aire, la poesía debe su resonancia semántica a un contexto histórico; de tal suerte que el poeta se torna individuo, sujeto en crisis no ajeno a las crisis de una realidad que, para el caso colombiano, casi siempre resulta execrable.

En este sentido, Alvarado divide su trabajo antológico del siglo XX en siete momentos especiales. Con base en el reconocimiento de un ambiente cultural o de un fenómeno artístico, los primeros momentos los denomina “El Modernismo”, “Los Nuevos”, “Piedra y Cielo”. Tres tendencias y estilos que ocuparon la primera mitad del siglo objeto de estudio y desde los cuales es posible advertir de su mano un gran avance para el país, en términos poéticos y artísticos, en autores como Silva, Barba Jacob, De Greiff, Vidales, Aurelio Arturo, Camacho Ramírez y Carranza. Mito, la revista que dirigió Gaitán Durán entre 1955 y 1962, se convierte en un momento de transición en el que Alvarado reconocerá, a veces muy a su pesar, figuras como Álvaro Mutis, Fernando Arbeláez, Cote Lamus y Gaitán Durán.

Para que no quede duda de que el trabajo de un antólogo es personal y veleidoso (viene a mi memoria el de Rogelio Echavarría), Alvarado ubica en el capítulo “Mito” la obra narrativa de García Márquez, recordando de soslayo lo que el propio fabulador de Aracataca recordó en sus memorias: sus inicios como poeta afín a la poesía sonora del Siglo de Oro español. Más adelante ubicará los poemas de Ignacio Escobar, el poeta personaje de la novela Sin remedio (1984) de Antonio Caballero, como parte de la expresión artística de una generación víctima del Bloqueo y del Estado de sitio. Por este sendero de lo subjetivo, se comprende la honda significación que representa, para Alvarado, la escogencia como portada de la imagen joven del poeta nadaísta Jaime Jaramillo Escobar, cuyo seudónimo, X-504, se hizo famoso tras la publicación del libro Los poemas de la ofensa (1968).

Pero sigamos en orden y lleguemos a la página 355 del Ajuste de cuentas. Los tres momentos últimos, clasificados por Alvarado Tenorio, van en consonancia con circunstancias políticas y sociales reconocibles en la historia más reciente del país: la dictadura de Rojas Pinilla, el pacto del Frente Nacional, el alzamiento de las guerrillas rurales y urbanas, los coletazos culturales de Mayo del 68 y del movimiento Beat americano. Se cierra con la llegada del narcotráfico como uno de los fenómenos que más han modernizado al país, sobre la base de un modo de ser nacional: el arribismo. En el fondo de estos fenómenos, Alvarado Tenorio se detiene en una variada gama de poetas agrupados en tres coyunturas, en torno de las cuales veo venir la polémica entre lectores, tanto por el tipo de análisis y presentación que hace de cada autor, como por aquellos que el poeta, deliberadamente, deja por fuera. Son ellas “El Nadaísmo”, “Una generación desencantada” y “La república del narcotráfico”.

A pesar de que en esta parte de Ajuste de cuentas es donde más aflora el verbo enconado del antólogo para zaherir al poeta escogido y para referirse a él en términos no aceptados por la crítica especializada, resulta paradójico que es aquí donde más poetas selecciona. A esta altura de su libro no es difícil comprobar lo dicho por Caballero: “A todos los poetas colombianos que escoge para esta antología, vivos o muertos, Alvarado Tenorio los detesta”. Pero tampoco es difícil comprobar la intención de Alvarado por rescatar voces casi desconocidas, marginales, por hacer visible el trabajo poético de autores que, a su parecer, merecen un lugar en su amplia labor de estudioso y censor: Antonio Llanos, Vidal Echavarría, Alberto Rodríguez, Armando Orozco, John Better, Antonio Silvera, Toto Trejos, entre muchos otros.
Considero una virtud de Ajuste de cuentas que sea una antología que va más allá del sentido artístico o expresivo con que se aplica la selección de una cantidad considerable de poemas, propuesta desde unas concepciones estéticas, a la sombra de voces caras al gusto personal de Alvarado.

Digo que va más allá porque aquí se atreve a tocar la parte humana de los poetas. En un país santurrón, donde la doble moral suele ser parte de la corrección política, eso no cae bien. Y sí, hay maledicencia en muchas cosas que Alvarado le endilga a uno y otro poeta. Y sí, pareciera que el antólogo se ensaña con el origen popular de algunos de ellos. Y sí, a menudo asevera cosas de los poetas que no deberían estar por encima del alcance artístico de sus propuestas. A quienes eso les molesta y sé que son multitud, no podré refutarlos.

Los comprendo y más si son víctimas del verbo envenenado de una “lengua viperina” (Arcadia). Pero en eso que molesta y que se acerca a la arenga o al denuesto, encuentro una forma particular de la mofa y el divertimento, aquello que Moreno-Durán transformó en arte en sus novelas. Por eso Antonio Caballero reconoce que Ajuste de cuentas es un libro “muy divertido, a su malévola manera”. Ese divertimento lo aplaudo y me parece sano. Sano para un país donde lectores de diversa formación siguen considerando al poeta un enviado de los dioses, cómodo en su torre de marfil, más una suerte de rector y gurú de las buenas costumbres para una sociedad incorregible. Prefiero el divertimento al engaño.


Me gusta la poesía colombiana y muchos de los poemas de esta antología me son reveladores, por lo cual suelo compartirlos con mis estudiantes. Admito también que me gusta conocer algo de la frágil vida de los poetas. Porque uno puede odiar a Alvarado Tenorio y tenerle miedo y aplazar con él cualquier encuentro. Pero nadie puede desconocer que es un hombre bien informado, como lo corrobora la bibliografía que consigna al final de sus ensayos. Y eso lo hace aún más peligroso y, por extensión, más abominado.

Por Rigoberto Gil

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