Cortázar, el Cronopio centenario

Cortázar, el Cronopio centenario

Este Cronopio Mayor, con sus Famas y Esperanzas irrepetibles, vivirá en el corazón de los hombres.

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04 de septiembre 2014 , 08:13 p.m.

Bordeando mis 20 años, cuando residía en el barrio Saint-Germain-des-Prés, en París, a comienzos de los años sesenta, nada para mí fue más excitante que aquel constante merodeo que me impuse alrededor de un cafecito ubicado sobre el bulevar Saint-Germain, en el corazón del Barrio Latino y muy cerca de dos de los más emblemáticos cafés de la intelectualidad francesa, epicentro ambos del auge del existencialismo en aquel tiempo, el Flore y Les Deux Magots. Se trataba del Old Navy. Sabía entonces que este pequeño local era la trinchera en la que se parapetaba por horas ese gigante de descomunal armadura literaria a quien los escritores noveles leíamos con irrefrenable fascinación.

Contrario a lo que me ocurrió con Sartre, razón de ser de mi desplazamiento a París en donde adelantaría estudios de Filosofía y Letras en la Sorbona como calculado ardid para conocer personalmente al más grande de los filósofos vivos de la época, y a quien vi y abordé en varias oportunidades, con Cortázar me fue mal. En cierta ocasión, no obstante, luego de mirar por enésima vez hacia adentro del cafecito, me pareció ver en una mesa del fondo, muy próximo a la barra de licores, una figura que podría haber sido la suya pero que por la duda jamás pude declarar con certeza que había atrapado mi objetivo. Y vea pues, semanas más tarde, la amiga que me acompañaba ese día en mi rutinario fisgoneo me dijo: “Sí que era Cortázar, te lo puedo asegurar”.

Esta evocación del Julio Cortázar que no pude conocer me deja un consuelo. Las dificultades semejantes que sufriera García Márquez cuando se propusiera igual empresa, aunque probablemente su perseverancia fue mayor a la mía, y su suerte más complaciente. Contó Gabo al respecto: “Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo”.

En fin, ahora que se cumplen los primeros cien años del nacimiento de quien con seguridad será recordado para esta fecha de siglo en siglo, a manera de homenaje a alguien de quien ya casi todo se ha dicho, me he propuesto repasar en brevedad y sin pretensiones ensayísticas, sucesos de su vida, aspectos curiosos que el común de las personas desconoce, como por ejemplo que ya cumplidos sus 69 años, una noche le dio por irse a dormir al cementerio de Montparnasse al pie de la tumba de su reverenciado Baudelaire.

Cuando se menciona a Julio Cortázar a menudo se piensa que se trata de un escritor argentino a secas. Pero pocos saben de su nombre completo o de su lugar de origen, por lo que de entrada señalemos que Julio Florencio Cortázar Descotte era belga, nacido en la embajada gaucha en Ixelles, suburbio de su capital Bruselas, el 26 de agosto de 1914, a un mes escaso del comienzo de la primera guerra mundial, y que por lo tanto fue un escritor belga de origen argentino, y que solo a sus cuatro años el pequeño “Cocó”, como se le apodaba, vino a conocer Buenos Aires. Sus padres argentinos fueron Julio José Cortázar, diplomático, y María Herminia Descotte, quienes se desplazaron a Suiza y Barcelona y finalmente a la que sería su Patria Grande, junto con su hermana Ofelia un año menor que él.

Este hombre de presencia monumental alcanzaba una altura mayor al metro noventa. Al decir de Gabo, “parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que había nacido”, y Lezama Lima complementaba: “posee una envidiable enfermedad llamada efebicia que lo mantiene joven al precio de que sus huesos crecen desmesuradamente”. Su semblante dejaba traslucir la curiosa mirada de un niño inofensivo que parecía existir en función de las paradojas y las bromas “serias”. Fue químicamente un gocetas incurable que entre salto y salto sobre su rayuela memorable, terminó por formular un nuevo estilo en el frenético domino de la literatura.

Aunque buena parte de su vida vivió en Argentina, desde 1951 se radicó en París, teniendo también residencias esporádicas en Suiza, Italia y España. Luego de sus estudios primarios en Banfield, en 1932 se hizo maestro Normal, profesor de Letras y más tarde traductor público de inglés y francés, título que requiriendo tres años él alcanzó en nueve meses, lo que aparentemente le provocó una neurosis caracterizada entre otros síntomas por la obsesión de encontrar cucarachas en las comidas. No hay que olvidar que al origen de tales obsesiones recurrentes en él, están sus legendarios Cronopios que explicara así: “Yo estaba una noche en el teatro des Champs Elysées… Hubo un entreacto y toda la gente salió a fumar y demás. Yo no tuve ganas de salir y me quedé sentado en mi butaca… y de golpe vi en el aire de la sala del teatro, vi flotar unos objetos cuyo color era verde, como si fueran globitos, globos verdes que se desplazaban en torno mío. Pero, insisto, eso no era una cosa tangible, no era que yo los estuviera ‘viendo’ tal cual. Aunque de alguna manera sí los estaba viendo. Y junto con la aparición de esos objetos verdes, que parecían inflados como globitos o como sapos o algo así, vino la noción de que esos eran los cronopios. La palabra vino simultáneamente con la visión.”

Enfermizo de niño, hizo de su cama un templo para la lectura. A los nueve años, bajo el cuidado de su madre y de su tía, se sumergió en la lectura de Edgar Allan Poe, Julio Verne, Victor Hugo y, quien lo creyera, del mismísimo diccionario Pequeño Larousse. Y como escritor prematuro baste saber que a los diez años ya había escrito algunos cuentos y poemas y una novela breve que según él fue una suerte saberla perdida en alguno de los trasteos familiares.

Muy temprano se hizo fanático del boxeo, como lo fuera más tarde del jazz. ¡Y de qué manera! Incluso no fueron pocos sus intentos por desarrollar teorías o, por qué no, alguna especie de filosofía relativa a estas dos devociones.

Pero su remoto comienzo de escritor formal se da con su relato “Bruja”, incluido en “La otra orilla” su primer libro de cuentos. Y por ahí sigue con “Casa tomada”, “La urna griega en la poesía de John Keats”, y vaya usted a saber cuántos cuentos, novelas, poemas y ensayos más escribió este coloso de las letras y baluarte del boom literario latinoamericano. Acotemos únicamente esto: el autor de Rayuela, forcejeó exitosamente con poemas en prosa e incluso en verso y brillantes libros híbridos como “Pameos y meopas”, “Un tal Lucas”, “Historias de cronopios y de famas”, “Último round” y “Salvo el crepúsculo”. También, en una intentona de guión cinematográfico, textos a libros de fotografías e historietas y hasta se atrevió a incursionar en letras para tangos.

La primera vez que abandonó su seudónimo de Julio Denis que acostumbró por algún tiempo fue en 1948 a raíz de la publicación del poema dramático “Los reyes”, y ya con su Julio Cortázar a cuestas, arranca con su primera novela, “Divertimento”, un anuncio en profundidad de su famosísima “Rayuela”, y con su primer fracaso, “El examen”, descalificada por Guillermo de Torre de la editorial Losada. Más tarde, en 1951, publica “Bestiario”, de escaso reconocimiento por entonces. Ya desencantado con esto y aquello y con Perón, decide jugarse su vida y someterse a la manera de César Vallejo a morir en París...

Allí, pronto conoce a Aurora Bernárdez, escritora y traductora y finalmente su albacea, con quien se casa y conserva una unión marital entre 1953 y 1967. Con ella, y viviendo por un año en Italia, tradujo la obra completa de Poe para la Universidad de Puerto Rico. Entre el 67 y el 70 vive con la lituana Ugné Karvelis quien lo anima para la política, y entre 1970 y 1982, vive en matrimonio con la escritora estadounidense Carol Dunlop. Con Carol se zambulle en un mundo de sensaciones tan intensas como poéticas. Testimonio de ello es ese hermoso libro de amor que denominó “Los autonautas de la cosmopista”, narración de un viaje en pareja y soledad que hicieron entre París y Marsella. Pero ninguna felicidad puede sobreponerse a la muerte. Ésta logró arrebatarles aquella comunión de pasiones y sueños cuando en 1981 Carol, a la edad de 36 años, muere víctima de un cáncer. Finalmente, ausente de su universo cotidiano esta maravillosa compañera, vuelve Aurora Bernárdez a cuidar al ahora enfermo Cortázar, ocupándose de él hasta en el más mínimo detalle, convirtiéndose más tarde en su representante legal y heredera universal.

Constante en su existencia fue su posición política de izquierda. Un trasgresor que blande con fundamentos políticos sentimientos de solidaridad y consignas de amor ejemplarizantes. Militó con la revolución cubana y celebró sus victorias; fue un admirador profundo del Che Guevara llegando a afirmar: “El amor de Cuba por el Che me hizo sentir extrañamente argentino”; se solidarizó vehementemente con Allende; donó premios y regalías a los presos políticos argentinos; en 1974; cedió el dinero del Premio Médicis étranger al Frente Unificado de la resistencia chilena; se indignó con la represión en Uruguay; participó con membrecía en el Tribunal Russell II reunido en Roma en defensa de los derechos humanos en América Latina y, por último, con en el libro “Nicaragua, tan violentamente dulce”, plasma todo el ardor solidario que sintió por Nicaragua y su revolución sandinista.

En 1981 padeció una hemorragia gástrica superándola milagrosamente. Dos años después visita por última vez Argentina cuando ésta ya estaba de regreso a la democracia, De vuelta en París, recibe del presidente François Mitterrand la nacionalidad francesa.

Siempre acompañado por su gata Flanelle, durante sus postreros años habitó tanto en la rue de L´Éperon, como en la rue Martel. Aunque podría decirse que quien murió de leucemia en el renombrado hospital Saint- Lazare la tarde del domingo 12 de febrero de 1984, asistido devotamente por Aurora Bernárdez, no fue otro que un afamado escritor de nacionalidad francesa, la verdad es que aquel infarto letal que lo condujo a la inmortalidad se llevaba a uno de los más grandes escritores argentinos de todos los tiempos.

En la mañana del martes 14 el coche funerario que transportaba los restos mortales de Julio Cortázar salió desde su residencia en la rue Martel en dirección al cementerio de Montparnasse. Sus más cercanos amigos y una muchedumbre de jóvenes inconsolables se volcaron para depositar el cajón y sobre él, un millón de flores y lágrimas al lado de la tumba de su eterna amada Carol Dunlop. Días después, en su sepulcro fueron colocadas una lápida y una escultura elaboradas por sus amigos artistas Julio Silva y Luis Tomasello.

Este Cronopio Mayor, con sus Famas y Esperanzas irrepetibles, vivirá en el corazón de los hombres por el mismo tiempo que dure la literatura en la memoria humana.

Por Germán Uribe

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