Vampiros a La Habana

Vampiros a La Habana

Es posible creer que lo de La Habana esta vez va en serio.

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03 de septiembre 2014 , 06:30 p.m.

‘Popeye’, el parlanchín gatillero de Pablo Escobar, quiere que lo dejen ayudar a construir la paz porque tiene mucho que enseñar. Será para “matar el tiempo” ahora que está desocupado, diría un ángel que recuerde su barbarie.

También quiere hacerlo Mancuso desde La Habana, quien se autoproclama víctima del conflicto, ese episodio fermentado en décadas y que, según él, como fatalidad invencible, lo obligó a alimentarse de sangre hasta el estallido. Y, cual si de variados platos de banquete se tratara, también reclamarán un lugar ‘Fritanga’, el ‘Tuso’ o ‘Chupeta’ y hasta la misma bestia, si aún viviera, trataría de llegar allí.

Un convite de palabras vacías que produce náusea. No es fácil aspirar a que estos mercenarios de la degradación se comporten como seres corrientes, pero al menos cabría esperar algo de discreción a su alrededor. Si expulsan ventosidades que pretenden hacer pasar por inteligencia, no deberían los medios de comunicación servir de voceros. Que hablen solo ante tribunales, incluido el de la bochornosa conciencia, hasta el fin; que allí denuncien, que devuelvan tierras robadas, que digan dónde están las fosas que llenaron de cuerpos y pedazos de cuerpos; que se arrepientan si quieren hacerlo, pero que descarten dar ahora cátedra pública de reconstrucción.

No puede perderse de vista que la anécdota de documental de televisión para llenar tiempo publicitario con la maquillada imagen de personajes siniestros como estos es diferente del concepto de memoria histórica. Esta tiene una finalidad existencial, es valerosa y, cuando encuentra razones de vida, sirve para construir reconciliación. Proyectos como los del Centro Nacional de Memoria Histórica, en donde se les da espacio al rescate del relato, a la narrativa de vida de quienes han sido víctimas directas, sorprenden no solo por la crudeza de hechos que nadie debería haber padecido, sino por la dignidad de personas que declaran en la circunstancia de estar vivas un gran espacio de esperanza.

Aunque nadie puede esconder que la confrontación está activa y que un estado ideal de “posconflicto” tendrá que esperar varios años, despojados de mesianismo, es posible creer que lo de La Habana esta vez va en serio. Siendo así, este complicado proceso, al que desde muchas orillas le tiran bombas, no puede ser de manera alguna ridiculizado con propuestas o presencia de nefastos bufones.

Gonzalo Castellanos V.

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