Las censuras

Las censuras

Censurar es demostrar miedo a todo aquello que no se tenga como propio.

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03 de septiembre 2014 , 06:22 p.m.

¿A qué extremos de debilidad puede haber llegado la fe religiosa de un individuo cuando se siente obligado a protegerla en todo momento contra la amenaza de “ofensas” y herejías? Cada vez que encuentro en el expediente moral de nuestras sociedades actos de censura (impedir por acomodo de la ley o por la fuerza del poder que otros se expresen en sentido diferente o contrario a la corriente dominante), me hago la misma pregunta y llego a las mismas conclusiones.

Censurar no es solamente prohibir e impedir que sean visibles y tengan un lugar en la sociedad las ideas, los hechos, las creencias y las costumbres; en general, las expresiones de la creatividad humana. Lo que se censura no se destruye, simplemente, se oculta. Tiene su propia fuerza y un día brota de nuevo con más ímpetu. Censurar es demostrar miedo a todo aquello que no se tenga como propio: ideas, costumbres, creencias religiosas, relaciones sociales, modalidades del amor, libertad de unirse y buscar la felicidad, de elegir una entre las infinitas modalidades del arte. Quien tiene seguridad en sus propias ideas convive con las de los demás.

Por eso, el censor se acoge siempre a cualquier forma de poder: al poder coercitivo y dominante de las dictaduras o a la no siempre justa y casi siempre equívoca interpretación de las leyes. En una de sus expresiones colectivas, el censor se sirve del fanatismo de las masas y las conduce al delirio destructivo de la idea enemiga.

Al censor no le basta no estar de acuerdo con lo diferente, ni poner una razonable línea divisoria entre lo suyo y lo ajeno; concibe la vida y el mundo amarrados al uniforme del pensamiento único, las costumbres únicas, la sensibilidad única. Cuando las sociedades empiezan a conquistar formas de libertad y diversidad, los censores (de las ideas políticas, de las costumbres, de las expresiones artísticas) arman sus ejércitos y sueltan a la guerra sus divisiones acorazadas, casi siempre amparados en la moralidad.

La vida del censor debe ser extremadamente miserable. Como la del avaro: todo el tiempo cuidando una fe, toda la vida cuidando sus dineros. No solo no les queda tiempo para vivir en paz y a plenitud la espiritualidad o la fortuna. Son prisioneros del miedo a perderlas. Hay que destruir o silenciar todo aquello que las amenace. El censor se arroga el derecho de creer que quienes profesan sus ideas o su fe son menores de edad a los que debe proteger sin tomarse la molestia de preguntar si se sienten amenazados.

Lo peor no es que existan estos focos de intolerancia. Lo terrible es que existan funcionarios públicos que interpreten las leyes a favor de los censores, iglesias o individuos. Lo verdaderamente despreciable es que en sociedades abrumadas por la intolerancia y la violencia, donde asoman formas excepcionales de tolerancia, los Savonarola sigan despiertos a la caza de herejías, ostentando altos cargos públicos.

Lo absurdo es que en sociedades laicas, constitucionalmente abiertas a todos los credos, se crea que una vagina (lugar del placer y la vida, pero también del éxtasis femenino) es la encarnación de la ofensa. Hay que tener muy poca fe en la religión que se profesa y practica para rebajarla a una mediocre lectura moral de los genitales. O hay que ser muy obtuso para no ver que el cuerpo femenino no es solamente objeto de infamias y violencias, sino la metáfora con que se reconstruye la dignidad afrentada. ¿En qué choca esta búsqueda artística con el propósito más profundo de las religiones: la dignificación de la vida humana?

Óscar Collazos

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