El rumor sutil de la prosa

El rumor sutil de la prosa

La prosa es una construcción literaria tan artificial como el verso.

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03 de septiembre 2014 , 06:06 p.m.

Así, como esta columna mía de hoy, se llama un libro de Giorgio Manganelli, uno de los mejores escritores italianos de todos los tiempos: El rumor sutil de la prosa. Es una selección de sus ensayos y artículos y crónicas y reseñas y divertimentos, pero también es una profunda reflexión, explícita o implícita, según, sobre esa inasible y extraña y tan común y tan difícil y tan vieja, aunque parezca lo contrario, forma del arte de escribir que es la prosa: lo que se supone que nos sale a todos cuando no nos sale en verso.

O eso le decía el maestro de filosofía a Monsieur Jourdain en El burgués gentilhombre, la comedia de Molière sobre el arribismo y sus tristezas: “Todo lo que no es prosa es verso, y todo lo que no es verso es prosa”. Fue cuando el pobre e ingenuo Jourdain, siempre atormentado por la certeza de ser lo que no era, le respondió al maestro su célebre y citada frase, conjuro de todo poeta sin oído y sin ritmo: “¡A fe mía que llevo ya más de cuarenta años de hablar en prosa sin saberlo!”.

Fernando Vallejo, que es un gran escritor y un gran prosista, escribió hace años un libro deslumbrante, Logoi, en el que demuestra que también en eso estaba equivocado el pobre Monsieur Jourdain, y que lo que él hablaba sin darse cuenta no era prosa sino otra cosa, porque en realidad la prosa es una construcción literaria tan artificial como el verso –a veces más–, e incluso la que parece más cercana al habla de la calle está hecha con procedimientos estilísticos que nacen de un conocimiento difícil y heredado. De una gramática, en otras palabras.

Simon Goldhill dice que en Occidente la prosa nació en el siglo V antes de Cristo; en Grecia, por supuesto. Lo mismo decía, con más gracia, Alfonso Reyes, un prosista tan certero y magistral como ha habido muy pocos en nuestra lengua, cuatro o cinco a lo sumo. Y ya Aristóteles en su tiempo vivía obsesionado con el tema, y hasta escribió un tratado limítrofe entre la poesía y la prosa en el que además fija una de las reglas de oro del gremio: escribir siempre lo más claro que se pueda, desechar todo rebusque como si fuera veneno.

En español, como se sabe, es muy difícil lograr eso, porque nuestra lengua arrastra consigo una grandilocuencia que casi siempre la derrota. Un desbordamiento de balcón y un exceso que están presentes aun en nuestras mayores plumas, y quizás por eso no sea extraño que en nuestra tradición se admire más a los prosistas que lograron vencer, de alguna manera, en ese pulso imposible. A Borges, al propio Reyes, a García Márquez. Y a uno que aun cuando se salía de cauce era un prodigio, José Ortega y Gasset.

De Colombia se dijo siempre que era tierra de poetas, y es cierto. Pero sus prosistas también lo fueron: desde Jiménez de Quesada o Rodríguez Freyle o la Madre del Castillo hasta los grandes maestros del siglo XX, no siempre conocidos y celebrados y leídos como toca: Eduardo Mendoza Varela –enorme–, José Umaña Bernal, Jaime Paredes Pardo, Germán Arciniegas, Darío Achury Valenzuela, Hernando Valencia Goelkel, Daniel Arango, Eduardo Caballero Calderón, Alberto Lleras Camargo, Baldomero Sanín Cano.

Pero de todos, mi favorito es Hernando Téllez: el que mejor sabía qué hacer con las palabras; el de más oído y mejor ritmo. Y fue quizás el más comprometido con su destino de ensayista, y nadie que quiera entender a Colombia debería privarse del placer de sus libros y sus reflexiones. La Universidad de los Andes acaba de reeditar dos de ellos en uno solo: Bagatelas, y Literatura y sociedad. Una verdadera joya.

Porque en la obra de Hernando Téllez resuena y nos fascina el rumor sutil de la gran prosa. La poesía de los que la escriben sin saberlo.

catuloelperro@hotmail.com

Juan Esteban Constaín

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