Las diatribas del último gran poeta de México

Las diatribas del último gran poeta de México

Eduardo Lizalde, conocido por hacer del insulto poesía, habló sin tapujos de su oficio y la política

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03 de septiembre 2014 , 05:55 p.m.

El fetiche del poeta mexicano Eduardo Lizalde es el tigre. Desde niño, encontró con fascinación la figura de este animal en las novelas de Kipling y las historietas de Tarzán. También lo influyeron las bestias sobre las que narraban Jorge Luis Borges y William Blake, pero, sobre todo, sus versos, cuentos y ensayos no escaparon de esta presencia.

Por eso le dicen el ‘Tigre’ y porque él mismo parece encarnar al animal. Su poesía y su discurso son amargos, críticos, violentos y hasta ofensivos. Ese es su encanto.

De hecho, el también poeta mexicano José María Espinasa ha dicho que pocas veces el pesimismo ha estado tan lleno de vida como aparece en la literatura de Lizalde. Para él, este hombre da dignidad al insulto, y consigue, como pocos, la conjunción de lo bronco y lo refinado.

Sin embargo, a Lizalde, quien en la actualidad se desempeña como director de la Biblioteca de México, le da igual escribir del tigre o del más minúsculo animal. “Esa bestia carnicera, la más terrible, la que es la muerte y la máxima belleza, es mi pretexto para hacer literatura, pero también podría serlo la mosca, el piojo o la lombriz”, dice.

No tiene problema en adularse y en halagar a otros poetas, como Octavio Paz, con quien sostuvo una amistad de 30 años y a quien califica de “fenómeno, monstruo de la cultura y el escritor más importante del siglo veinte”, pero tampoco tiene pelos en la lengua para decir que Juan Rulfo, autor de ‘Pedro Páramo’, “no era un erudito descomunal ni nada por el estilo. Solo un hombre extraño con talento”.

Esta semana, a sus 85 años y con una lucidez prodigiosa, llegó por quinta vez a Bogotá para participar de la séptima versión del encuentro literario 'Las líneas de su mano', organizado por el Gimnasio Moderno.

Con su agudeza y diatribas características respondió esta entrevista en la que salva a los poetas de la muerte a la que muchos los condenan, y se refirió a temas como México, la política, el internet y la inmortalidad.

¿El poeta nace o se hace?

No lo sé. Solo tengo claro que se pueden dar lecciones de prosodia, poética o métrica, pero hay una sola cosa que nunca se enseña: el genio.

¿Entonces no requiere formación?

Primero es el genio, pero también creo que no hay poetas originales. Todos somos hijos de generaciones. La mía, por ejemplo, no existiría de no ser por la obra de Vallejo, Neruda y Octavio Paz. Sin digerir lo que están haciendo los mayores, el poeta no puede producir una obra personal.

O sea que el poeta siempre es un heredero…

El poeta no puede escribir si es un Robinson Crusoe, en una isla desierta, sin contactos. De esa forma, ¿a qué se va a referir? Los grandes poetas son hijos de generaciones, de países y de ciudades.

¿Y cuándo sabemos si un poeta será grande?

El poeta no sabe qué va a pasar con lo que escribe hasta que sus interlocutores no lo aplauden. Ese es un milagro incierto y poco frecuente. Pero a veces hay confusiones: parece que una obra es la máxima de la historia, y pasado un tiempo, lo decía muy bien Octavio Paz, ni siquiera el Premio Nobel es un pasaporte para la eternidad.

¿Cuáles son las obras eternas?

Las que se tejen en la mente universal. Las que se vuelven arte de nuestra mentalidad, de nuestra lengua. Ser un quijote es una expresión que no existiría sin Cervantes, o ser un Romeo, no significaría nada sin Shakespeare. Esos personajes se entretejen en nosotros de tal forma que se vuelven irrenunciables.

Volviendo a lo que dice sobre los interlocutores, ¿sin ellos no puede vivir el poeta?

Al poeta no le basta con que lo aplaudan sus tías y su madre. Necesita que el público lo alabe, aunque eso no quiere decir que a una figura conocidísima, venerada en los museos y en las bibliotecas, lo lean. ¿Alguien recuerda a algún taxista francés que sepa de memoria los poemas de Paul Verlaine o a alguien que declame versos de Octavio Paz en un restaurante de México? ¡No! El gran público no entiende las dificultades de un texto literario. En el fondo, se requiere una élite de gente formada y culta, como pasa en la física nuclear o en la astronomía.

Pero internet le ha facilitado a ese gran público llegar a la poesía y comprenderla, ¿no le parece?

Hoy la literatura puede circular más fácilmente de un país a otro que antes. Cervantes, por ejemplo, nunca leyó a Shakespeare. Sin embargo, aunque dispongamos de medios electrónicos, eso tampoco garantiza que el público lea y entienda.

¿Por qué lo dice?, ¿qué piensa del internet?

Que es como el océano Atlántico: hay basura, obras geniales y todo tipo de cosas, pero para moverse en ese inmenso mar se requiere una brújula, un instrumento de orientación. A veces, el internet también se parece al desierto: es tan grande que todo se pierde por ahí.

¿Entonces las obras geniales se encuentran en los libros?, ¿y si estos desaparecen como algunos prevén?

No desaparecerá el libro, pero siempre será igualmente difícil encontrar, o en las páginas de papel o en las virtuales, la obra genial.

¿Y usted escribe a mano, a máquina o en computador?

No importa si con lápiz, con pluma, con tinta o con cerebros electrónicos. Lo esencial es quién está detrás de los equipos.

¿Qué tanto de político tiene el poeta?

Nada. El político no tiene nada que ver con el poeta.

Pero en 1955 usted hizo militancia en el Partido Comunista Mexicano y luego fundó la Liga Leninista Espartaco…

He militado en todas las corrientes y soy un desencantado de todos los movimientos políticos del mundo, pero eso no me formó como escritor. A veces, los poetas que no se ocupan de la política son los que resultan más agresivos para su tiempo. Por ejemplo, Garcilaso de la Vega, en pleno siglo 16, nunca escribió sobre un poema religioso, y eso en la época era una actitud política, una crítica a la mochonería, a los conservadores y a la devoción eclesiástica de su tiempo. Tanto así que se empezó a escribir versiones católicas de sus poemas.

¿Entonces el poeta es un disidente?

Sí. Es un crítico del mundo que lo rodea. Mientras el político siempre dice sí a lo que le conviene, el poeta dice no. Yo siempre he dicho que la gran literatura es una bomba de tiempo: termina transformando la mentalidad, las ideas, las costumbres y aun la política.

¿Y el poeta tiene una obligación de transformar el mundo?

El poeta es parte del mundo y, por lo tanto, no puede renunciar al mundo ni escribir de otra cosa que no sea el mundo.

¿Cómo es el México de su obra?

No es un México optimista. Mis visiones son más bien oscuras. Creo que vivo en un mundo terriblemente violento, y aunque eso no me haya tocado como persona, sí me afecta mental y emotivamente. A un marciano le importaría muy poco que se mueran dos millones de etíopes, pero a mí sí, y eso se refleja en mi obra.

¿Hacia dónde va la poesía?

No lo puedo imaginar, pero la poesía está viva y no ha sido bien leída.

¿Está muriendo el oficio de poeta?

Rotundamente no. Los grandes poetas están activos, vivos y trabajando, y los muy grandes, mis amigos, acaban de morir.

¿Y se imagina que están todos reunidos en alguna especie de cielo o infierno?

Soy completamente ateo, no creo que haya Dios y para mí está vacío el cielo. No hay manera de encontrarnos con los desaparecidos. Quedan sus obras, que son las únicas inmortales.

Los críticos dicen que su obra ya es inmortal…

No, les agradezco mucho sus buenos deseos, pero ni mi obra ni yo seremos inmortales.

MARIANA ESCOBAR ROLDÁN
EL TIEMPO
marrol@eltiempo.com

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