'No le tengo miedo a la muerte': Horacio Serpa

'No le tengo miedo a la muerte': Horacio Serpa

El senador liberal cuenta lo que ha sentido al regresar al Congreso después de casi 24 años.

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01 de septiembre 2014 , 11:42 p.m.

 “Pasaron 24 años desde cuando, en octubre de 1990, me retiré del Senado para ir a la Constituyente. Volver de primíparo fue un gusto grande”. Con este mensaje en Twitter, el senador liberal Horacio Serpa describió lo que sintió el pasado 20 de julio al regresar al Congreso, más de dos décadas después de haberlo dejado como parlamentario, y 40 años después de la primera vez en que ingresó a esa corporación.

Con voz reposada y con una sonrisa en su rostro, Serpa dice que lo que más lo ha sorprendido en su regreso ha sido ver tanta gente nueva, y sobre todo joven, en el Capitolio. Sin embargo, señala que aprovechando su edad y su experiencia se toma la libertad de “hacerles observaciones sobre la vida”, casi como un consejero. También celebra que haya tantas mujeres en el Congreso, ya que dice que eso no se veía hace 30 o 40 años.
Se ha dado cuenta de que ahora los debates son más analíticos y objetivos, pues antes, dice él, eran más retóricos. Aunque confiesa que prefiere los debates intensos porque navega “mejor en aguas tempestuosas”.

Suelta la risa al recordar que en la convención de su partido, cuando decidió ser candidato al Senado, le dijeron que uno de sus objetivos era controlar a Álvaro Uribe. Cuenta que aunque hasta ahora los rifirrafes han sido muy cordiales con el expresidente, puede que cambie en el futuro porque él va a defender a ultranza la posibilidad de la paz.

Finalmente, explica que su vida ha estado marcada por la palabra ‘mamola’, y que incluso las personas no lo llaman por su nombre sino por ‘mamola’. También dice que la gente se muere de ganas todo el tiempo por escucharlo pronunciar esa palabra.

¿Cuándo fue la primera vez que llegó al Congreso?

Llegué a la Cámara en 1974. Fui elegido de nuevo en el 78 y en el 82, y ya en el 86 fui elegido senador. En el 90 volví a ser senador, pero ese fue el año en el que el país tomó la importante decisión de convocar una Asamblea Nacional Constituyente. Yo participé de las diligencias previas de la convocatoria de la Asamblea siendo ministro de Gobierno del presidente (Virgilio) Barco; en esa época se podía ser parlamentario y ministro, no había esa incompatibilidad de ahora. Cuando llegó el doctor (César) Gaviria con un compromiso muy grande de hacer la Constituyente, regresé al Senado con la idea de ir a la Asamblea, así que asumí un par de meses en el Senado, y en el mes de octubre renuncié para ser parte en diciembre de la Constituyente.

¿Por qué recuerda tanto esa fecha?

Pues imagínese, llevaba 17 años en el Congreso. Sin embargo me parecía todo un acontecimiento poder participar en la Asamblea Nacional Constituyente, por lo que le di mucha importancia pese a que en el mundo político no se la dieron, pues de más de 200 representantes a la Cámara que en esa época había, y de 114 senadores, solamente dos renunciamos para buscar una curul en la Constituyente; el otro fue Jaime Castro. En ese momento se pensaba como una locura, pero resulta que los que cometieron una locura fueron los que se quedaron en el Congreso y no participaron en ese evento tan extraordinario de construir la Constitución de los colombianos.

¿Por qué volvió al Congreso?

Después de que fui gobernador de Santander había continuado en cierta forma con la política, escribiendo y estando en la academia, pero cuando el presidente Juan Manuel Santos dijo que reconocía que en Colombia había un conflicto interno, a mí se me prendieron todas las campanas porque era entrar en choque con el gobierno del doctor Álvaro Uribe. Cuando se comenzó a hablar de paz y de acabar con la subversión, me dije que tenía que estar presente, que tenía que ser útil, por lo que se me pasó por la cabeza ir al Congreso, pues era el tema que me ha obsesionado en mi vida política siempre. Ya luego, cuando Uribe dijo que iba para el Congreso, en ese momento me dije: ‘Tanto más quiero estar allá’.

¿Qué sintió el pasado 20 de julio cuando volvió al Congreso?

Sentí una gran alegría el día de la posesión. Pasaron casi 24 años, y en ese tiempo creo que solo una vez entré al Capitolio siendo gobernador. Cuando vi las columnas del Capitolio que me habían sido tan familiares, me puse muy contento. Pero también me puse muy nervioso al ver entrar pura gente joven; miraba para un lado y para el otro, a ver si veía a algún compañero de aquella época. Nadie. Me saludaban algunos que sabían quién era yo. Luego vi unas caras conocidas, pero ya diferentes porque había pasado mucho tiempo; eran funcionarios de la época en que yo estaba que todavía se mantenían. Pero claro, una persona que tenía 30 años cuando yo estuve, pues ahora tenía cerca de 60; yo los miraba y decía para mis adentros que ellos también me estarían mirando a mí como un viejo. El salón elíptico era impresionante; lo vi como por primera vez. Recuerdo que empecé a preguntar dónde quedaba el baño porque ya no estaba donde lo recordaba. Comencé a trastabillar como los primíparos. Sin embargo al día siguiente, cuando hubo sesión, sí me sentí bien tonto, como buen primíparo, porque ya tenía unas instalaciones que no había antes.

¿Tiene buenos recuerdos?

Muy buenos recuerdos porque soy un hombre de provincia. Cuando llegué al Congreso fue de una forma inesperada porque fue a partir de una disidencia que hice en Santander con un grupo de amigos; fundamos un pequeño partido que se llamaba Frente de Izquierda Liberal Auténtico, y vine a la Cámara y ahí duré 16 años y participé en debates, presenté proyectos y encontré muy gratos amigos. Me preocupé desde entonces por la paz y los derechos humanos.

Serpa

Horacio Serpa en una sesión del Congreso en la década del 90. Foto: Archivo EL TIEMPO

¿Qué es lo que más lo ha sorprendido en su regreso al Congreso?

Ver tanta gente nueva y joven. Y que hay más mujeres que las que existían cuando yo estaba en el Congreso. En esa época había muy pocas mujeres, un par en el Senado, unas 3 o 4 en la Cámara. Además, que de la época en que renuncié los únicos dos senadores que quedan son Roberto Gerlein y Álvaro Uribe. Todos los demás son nuevos. Me ha sorprendido la juventud porque cuando fui senador esta era una corporación de gente muy mayor.

¿Se siente raro por eso?

No. Me siento contento porque la gente es muy respetuosa. Me tomo la libertad para hacerles observaciones sobre la vida; eso me tiene muy contento (risas). Me preguntan por debates de hace unos 30 o 35 años y yo les cuento detalles porque participé en ellos.

¿Le han ocurrido cosas curiosas en el Congreso?

El primer día, cuando estaba de primíparo –porque resulta que yo vine de Barrancabermeja a Bogotá–, no hice tránsito acá porque resulta que yo hice mis estudios en la Costa, por lo que fue toda una sensación venir a Bogotá. Sobre todo por llegar de un calor de 35 grados centígrados a un frío de menos 10 grados. Recuerdo que lo primero que hice fue comprar un vestido de paño negro, de la época, con camisa y corbata, vestido al que toda la vida llamé ‘el uniforme de parlamentario’. Me lo puse para ir a la primera sesión y no me dejaron entrar porque cuando aseguré que era representante a la Cámara, el portero me dijo: “Eso dicen todos los que se quieren colar” (risas). Eso fue muy chistoso porque no tenía ninguna credencial. Después por fin llamaron por allá a un personaje que me ayudó a entrar. También recuerdo que me perdí ese día. Resulta que me hospedaba en el hotel San Francisco, que queda en la Jiménez con séptima; entonces, cuando fui al Congreso, entré por supuesto por la plaza de Bolívar. Cuando se terminó la sesión no sabía dónde era la salida, por lo que cogí por donde iban todos, porque ‘para dónde va Raimundo… para donde va todo el mundo’. Cuando salimos había una cantidad de carros y me dije, caramba, acá en la noche utilizan la plaza de Bolívar para que estacionen los carros de los congresistas. Todos se subieron a sus carros, y yo cogí derecho hacia la séptima; lo malo fue que al cabo de un buen rato vi que no aparecía la séptima con Jiménez. Entonces, después de caminar mucho, me di cuenta de que había salido por la parte de atrás del Capitolio. Los carros no estaban en la plaza de Bolívar sino en el parqueadero.

¿Tiene recuerdos tristes en el Congreso?

Lo más triste de una época que fue muy violenta era acompañar a los compañeros asesinados a los que se les hacía lo que llamaban el velorio en el Congreso. Era muy triste. Hubo una época en que comenzaron a matar parlamentarios. Se suspendían las sesiones. En el salón elíptico se hicieron varios velorios, y eso nos lastimaba mucho a todos. Había una guerra que se reflejaba en los muertos de las personalidades de la política. Una guerra sucia; después comprendí que todas las guerras son sucias porque todas las guerras son con muertos. Las guerras las ganan los que más matan. Eso es una tristeza terrible. En esa época, todos teníamos que andar con mucha seguridad, y era una zozobra muy grande.

¿Es de frecuentar algún sitio en el Congreso?

Me gusta es ir solamente a las comisiones. En esa época no me parecía un edificio tan frío. No me he podido acomodar en la oficina que me dieron porque a los 15 minutos me siento como una paleta por el frío.

¿Han cambiado los debates?

Ahora son más analíticos y objetivos; antes eran muy retóricos, discursos largos en donde solo los más consagrados intervenían. En el Senado se daban los más importantes. Los representantes íbamos de la Cámara al Senado a escuchar a los senadores; eran muy solemnes, se usaba otro leguaje. Se decía honorable senador, su señoría; en cambio, ahora se usa la palabra compañero (risas). Es muy popular. Ahora todos somos iguales. Antes había un respeto reverencial por unas figuras muy importantes en el Senado. Acá ya no, todos somos iguales, y todos valemos lo mismo, todos valemos un voto.

¿Le gustan más los debates fuertes, candentes, o prefiere la calma?

Yo soy un hombre que navega mejor en aguas tempestuosas. A mí me gustan los debates intensos. Claro que ahora soy más analítico; antes me le prendía a cualquier cosa. Como en los cuentos de los muchachos que lo buscaban a uno para pelear y tenía que decir que al día siguiente porque ya estaba peleando otra cosa.

¿Le cogieron la medida al uribismo?

El uribismo es una bancada integrada por personas muy capaces, pero tienen hasta el momento muy poca experiencia parlamentaria. Hasta ahora se mueven mucho con constancias y se mantienen un poco alejados del resto. Seguramente, en el futuro habrá más diálogo a pesar de las diferencias. El Centro Democrático es una expresión política de derecha; tiene un pleito enorme con el presidente Santos, son totalmente antigobiernistas, diría furiosamente antigobiernistas.

¿Usted está llamado a controlar a Uribe?

Hasta ahora no ha habido debates notables. El doctor Uribe y yo nos respetamos, y tenemos unos antecedentes que nos generan un grado de cordialidad. Me dijeron en la Convención Liberal que uno de mis objetivos debe ser controlar a Uribe (risas); yo me he reído mucho con eso. Hemos tenido unos pequeños rifirrafes hasta el momento muy cordiales; vamos a ver qué pasa más adelante. Pero yo sí voy a defender a ultranza la paz, y me la voy a jugar, y si tengo que enfrentarme por eso lo haré con el que sea. Será con responsabilidad, seriedad pero también con mucha fuerza.

¿Tiene un genio volado?

Con los años uno se apacigua, se tranquiliza más. Soy es muy delicado, trato de cumplir mis deberes muy bien. No me dejo manosear. A todo el mundo respeto. Ahora me pongo menos bravo que antes. Pero tengo la misma pasión.

¿Lo veremos volviendo a decir mamola? ¿Por qué volvería a usar esa expresión?

(Risas). Por la paz, por ejemplo. Esperemos a ver. Esa es una palabra que me signó mucho. Me da risa que, a veces, voy por la calle –me gusta andar por la calle– y la gente me dice adiós mamola (risas). Una vez en Santa Marta no se me olvida un señor que me saludó diciendo: “Doctor mamola, buenos días”. Esa palabra me marcó. Ahora, cuando estaba en la campaña electoral, que había de nuevo concentraciones en las que hablaba y explicaba lo de la paz, la gente cuando veía que iba a terminar me decía: “Diga mamola, diga mamola” (risas). Me exigía que dijera mamola.

A la gente le gusta escucharlo diciendo esa palabra…

Sí, eso se ponen felices. Esa palabra nace espontáneamente. Cuando dije la primera vez mamola, no lo tenía pensado.

¿Hoy ha cambiado mucho la política de lo que era hace 30, 40 años?

Sí. Primero, la comunidad apreciaba más la política y a los políticos, ahora los rechaza bastante. Tenemos poca credibilidad porque se ha abusado mucho de las promesas y de los comportamientos demagógicos, y la corrupción ha lesionado el accionar político. El tema de la ‘parapolítica’ hizo mucho daño. Pero además los políticos hemos venido siendo desplazados porque antes nos reuníamos con la gente para contarles lo que estaba pasando en el mundo de la política; ahora muchas veces ellos saben más que nosotros pues la gente ve los debates, escucha la radio, ve los noticieros, mira internet. Lo bueno de eso es que hay que prepararse más, pero lo malo es que poco a poco somos menos necesarios. Los políticos éramos los intermediarios entre la sociedad, que nos elegía, y el Estado; ahora han surgido una cantidad de círculos, de personas, de organizaciones. La gente ya quiere hablar directamente con el Gobierno y no con el intermediario.

¿Le angustia el paso del tiempo?

No. Soy consciente de mi edad, de que mis achaques son naturales, de que tengo que aprovechar mis últimos años, porque todavía tengo mi disco duro, como le dicen, en muy buenas condiciones. Sé que cada día que llega es un día que me acerca a la muerte. Ya viví mucho más de las cuatro quintas partes de mi vida, y lo que intentaré es usar estos años de la mejor manera. Y como dije, soy feliz y no le tengo miedo a la muerte. Le hablo a mi familia para que esté preparada para cuando no esté. Estoy preparado para cuando llegue; si se demora otro rato, mejor. Por ahora digo que ojalá pueda tener la oportunidad de vivir estos 4 años.

¿Qué le queda por hacer?

Yo soy un privilegiado de la vida. Soy un hombre feliz. Logré prácticamente todos los objetivos que me tracé en la vida, tanto en la política como en mi familia. Soy un abuelito feliz.

DAVID FERNANDO MONTES A.
POLÍTICA

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