Ministro de economía argentino: ¿joven genio o culpable de la crisis?

Ministro de economía argentino: ¿joven genio o culpable de la crisis?

El país viene pagando las consecuencias de sus lecturas de Keynes desde un marxismo ortodoxo.

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01 de septiembre 2014 , 09:28 p.m.

Para quienes lo quieren o le creen ciegamente, Axel Kicillof es “brillante”. Quienes lo pretenden defenestrar aseguran que “no podría aprobar un examen final de Economía”.

Lo singular es que unos y otros, al juzgar por su obra, tienen razón. Quienes lo celebran provienen, como este economista de 41 años, del mundo académico y la militancia política. Quienes lo critican son economistas con vasta trayectoria.

Como profesor e investigador tuvo sus méritos. No todos se gradúan con diploma de honor, completan un doctorado y llegan al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conicet), y pocos ministros fueron capaces de equiparar el manejo de la economía con “chocar un carrusel”.

Kicillof y su joven pero vertiginosa historia navegan en dos aguas y el país viene pagando las consecuencias de sus macarrónicas lecturas de John Maynard Keynes desde un marxismo ortodoxo, como al que adhiere el ministro de Economía argentino y nuevo hombre fuerte del gobierno.

Activista estudiantil

Se crio en un hogar de clase media acomodada junto con dos hermanos.

Es hijo de Daniel Kicillof y Nora Barentein, una reconocida psicóloga, ambos de origen judío, pero no religiosos, donde los hijos absorbieron el ambiente progresista que emanaban sus padres, a prudente distancia del peronismo.

Era un hogar sin sobresaltos, típicos vecinos de la Recoleta porteña y con vacaciones religiosas en Uruguay, donde la familia posee una casa, cerca de Colonia del Sacramento. La misma a la que el ministro y su esposa, la profesora de literatura Soledad Quereilhac, de 38 años, y sus dos hijos, utilizan cada verano para el descanso anual.

Antes de llegar al ministerio, el 13 de noviembre del 2013, Kicillof protagonizó un vertiginoso ascenso dentro de la galaxia del kirchnerismo, al que llegó después de un extenso derrotero en agrupaciones estudiantiles de izquierda, lejos de las estructuras políticas tradicionales, de las que era sumamente crítico, según quienes lo conocieron en la Facultad de Ciencias Económicas.

“Durante la crisis del 2001, era común verlo en las asambleas despotricar contra el gobierno de Fernando de la Rúa, como contra el peronismo”, recuerda un excompañero de la universidad.

Poco después llegó a fundar una agrupación interna de profesores, TNT, cuyas siglas, según sus allegados, significaban ‘Tontos pero No Tanto’.

Carrera de kirchnerista

No se enroló en el kirchnerismo inmediatamente, allá por el 2003, sino unos años después, cuando toda la estructura política que lo seguía en sus aventuras en los claustros se unió a La Cámpora, la agrupación creada por Máximo Kirchner.

Si hoy, según testigos, no duda al afirmar en privado “a Cristina la tengo hipnotizada”, al primero que hipnotizó fue al hijo.

Fue bajo su ala bajo la que llegó primero a la subgerencia de Aerolíneas Argentinas, en el 2009, y después, a la Secretaría de Política Económica, en el 2011, desde donde planificó y ejecutó la toma de YPF, en manos de la española Repsol, a la que después terminó indemnizando sin decir esta boca es mía.

En cada una de las dependencias por donde pasó fue dejando un soldado de sus años juveniles, hasta ir aumentando su presencia en el Gobierno y su poder.

Convivió varios años con el excéntrico exsecretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, quien lo había bautizado el ‘Pibe’ o el ‘Soviético’, al que terminó reemplazando por un incondicional, Augusto Costa.

En los escasos nueve meses que lleva en el ministerio no dejó área por cubrir con uno de sus allegados, incluso, acabando con históricos del kirchnerismo, como el secretario de Energía, Daniel Cámeron.

Pero no solo de puestos y de nombres se ocupa Kicillof, sino también es el responsable de varias de las políticas que hasta aquí fueron llevando al Gobierno, económicamente, contra las cuerdas.

La hora del impago

En las últimas semanas viene librando una lucha encarnizada con el presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, por las diferencias que mantienen en cuanto a la política cambiaria.

La presión de las huestes de Kicillof fueron tan fuertes que Fábrega pensó en renunciar varias veces, hasta que la Presidenta le advirtió: “Vos te vas cuando yo te lo ordene…”.

Ha habido el cepo cambiario, las restricciones a las importaciones, los férreos controles del Estado –ceñidos a los textos universitarios y a las discusiones en las asambleas de aquellos años–, la estatización de YPF y el posterior acuerdo con Chevron, el pago de la deuda al Club de París, que constituyó, según testigos de la negociación, una de las páginas más disparatadas de la larga historia del pasivo argentino, y el reciente impago en el que el mes pasado cayó el país.

“Aquel día que entró con la Policía en las oficinas de Repsol parecía que estaba en una asamblea. Exponía sus ideas con fuerza y hasta llegó a referirse con insultos a Antonio Brufau (el CEO español de Repsol)”, afirma un testigo de aquel encuentro.

Pero fue la negociación con el Club de París la que con el tiempo marcará la era Kicillof, quizá tanto o más que su conferencia de prensa, el pasado 29 de julio, cuando Argentina cayó en cesación de pagos.

Había costado abrir una negociación. Llegó con su equipo a París. Los delegados del Club estaban preparados para largas jornadas de negociación, incluso, para varias etapas.

El ministro llegó y directamente propuso 9.700 millones de dólares en seis cuotas. Mucho más de lo que esperaban sus interlocutores, que se manifestaron sorprendidos. El país, agradecido…

Con el juez neoyorquino Thomas Griesa y con los fondos tenedores de los bonos que en el 2003 no ingresaron en la negociación, tuvo una actitud bien distinta.

Lo torpedeó desde el inicio. Encontró allí la excusa para que la Presidenta llegue al final de su mandato con el discurso de la mística anticapitalista intacto. Pero, como asegura Guillermo Nielsen, exsecretario de Economía, con “las finanzas en harapos”.

Cuando se presentía que no habría acuerdo posible entre el Gobierno y los holdouts, el banquero Jorge Brito, presidente de la Asociación de Bancos de Argentina (Adeba), ofreció 160 millones de dólares de su banco, Macro, para armar “una vaca”, comprar la deuda y así evitar que el país vuelva a las andadas del impago.

Una decena de bancos comprometieron su ayuda, lo que llevó a iniciar negociaciones con los fondos y el Bank of New York, el designado para pagar los bonos argentinos en su momento.

“La orden de Brito fue redactar la carta y el comunicado de prensa. Estábamos en eso, anunciando el acuerdo, mientras mirábamos la conferencia de prensa de Kicillof, donde no paró de atacar al juez y a Estados Unidos, a los bancos y a los fondos. ¿Resultado? Abortamos la carta y el comunicado”, le narró a este diario uno de los banqueros que trabajaban en el acuerdo.

Lo que vino después de esos episodios es historia reciente y conocida: subida de la inflación, una nueva devaluación de la moneda y un panorama incierto, que llevó a la presidenta Cristina Kirchner a admitir en público, en días pasados: “Estoy nerviosa”.

Horizonte, a la baja

Esto se da en un contexto de crisis energética, de carencia de insumos para la industria, que registra una sensible caída de la producción y una economía que desde diciembre pasado no deja de frenarse cada vez más.

No obstante, desde su alumbramiento en los primeros planos políticos suele cosechar suspiros entre cierta platea femenina. Y desde que, como ministro, apareció en las páginas de The New York Times, quien le destacó sus patillas ‘rockandbilly’ antes que su accionar como ministro, no paró de aceitar su perfil más arrogante.

El que lleva a sus detractores a preguntarse “el porqué de tanta soberbia”, cuando la principal característica de un intelectual que publicó varios libros –como, en su caso, sobre su recuperado Keynes– es la duda.

Si de algo se jacta este amante de los trajes de marca sin corbatas es de no dudar. Aun cuando sus certezas permanentes vengan rompiendo, todos los días un poco más, la resentida estructura económica de la Argentina.

JOSÉ VALES
Para EL TIEMPO

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