Entrevista en BOCAS: Alfredo de la Fe, el violinista de la salsa

Entrevista en BOCAS: Alfredo de la Fe, el violinista de la salsa

Cómplice musical de Palmieri, Lavoe, Celia... su vida, no obstante, ha estado llena de excesos.

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01 de septiembre 2014 , 03:22 p.m.

Nació en La Habana y Celia Cruz fue su madrina de bautismo. Cuando era niño estudió violín en Varsovia. Cuando volvió a Cuba, sus padres lo subieron a un barco ilegal al que la Guardia costera baleó y un tiro lo impactó a él en la espalda. Coronó Estados Unidos, se recuperó y a los 12 años no solo se convirtió en músico profesional de charanga, sino en amigo íntimo de la rumba y las drogas. En la cima acompañó a Palmieri, Lavoe, Santana y Celia, entre muchos otros. Después de un lío de drogas –y huyendo de la ley–, en 1982 aterrizó en Colombia, el país que se convirtió en su segunda patria. Aquí rumbeó en exceso y sufrió la muerte de su mujer, hasta que un día, por cuenta de una extraña experiencia con el papa Juan Pablo II, paró el consumo. Desde entonces, 28 años, el mejor violinista de la salsa está limpio. Es Alfredo de la Fe, la leyenda.

Por Umberto Valverde Fotos Pilar Mejia

Conocí a Alfredo De La Fe en Nueva York, en el verano de 1982, en un ensayo de su nueva orquesta en la discoteca El Abuelo Pachanguero, de Humberto Corredor, en Queens.

Cuando supo que yo había publicado recientemente el libro Celia Cruz: Reina Rumba, me contó que cuando era niño la había visto con la Sonora Matancera en un concierto callejero que se hizo para recolectar fondos para la Liga de la Ceguera.

A los pocos meses, Alfredo vino a Cali con la Charanga Vallenata del cubano Roberto Torres, donde venían, entre otros, el gran trompetista Chocolate Armenteros y el cantante Henry Fiol, que también compartía la gira. En el concierto del Centro Internacional Las Vallas conoció a una joven caleña, amiga nuestra, apasionada por el rock, contertulia del Café Los Turcos, llamada Doris Salamanca. Se conectaron rápidamente y vivieron un romance. La sorpresa para ambos es que ese amor loco no iba a terminar ahí. En menos de seis meses, Alfredo estaba viviendo en Cali, dirigiendo la Charanga de Juan Pachanga, una discoteca exclusiva creada por Larry Landa, en Juanchito.

Desde entonces, somos más que amigos. Sin embargo, por mil razones, hace 10 años no venía a Cali. Por eso he querido repasar toda su vida, desde La Habana hasta hoy en día.

Recuérdeme el barrio donde usted nació en La Habana…

Lawton. Yo nací al lado de la casa de Celia Cruz. Celia y mi papá trabajaron juntos muchos años. Ella fue mi madrina de bautizo. Me acuerdo que mi papá me llevaba todos los días al programa de Radio Progreso. Y antes de eso se reunían en la Bodega, en la tienda de la esquina. Antes de irse para la emisora jugaban dominó. A Celio González, como tenía las manos deformes, se le caían las fichas. Siempre estaban peleando. Mi papá, Alfredo De La Fe, fue cantante de ópera. Fue el primer cantante de habla hispana que cantó en la Escala de Milán en 1919 y en el teatro Colón de Buenos Aires. Yo fui su único hijo, tenía más de 60 años cuando nací. Mi mamá fue una cocinera excelente, les cocinó a presidentes en Cuba. Los fines de semana to-dos los músicos iban para mi casa. Recuerdo haber conocido a Sindo Garay. Me acuerdo que él era indígena autóctono. No tenía ninguna mezcla de nada. Conocí a Cueto y a Ciro de los Matamoros, que iban a mi casa y cantaban con mi padre. Mi padre amaba la música clásica, pero mi madre se levantaba por la mañana, ponía la radio a toda, a escuchar a la orquesta Aragón, Benny Moré, Casino de la Playa.

¿En qué momento aparece el violín? ¿Cuántos años tenía?

El violín llegó a mis manos a mis seis años, un día que mi padre entró con un violín sin cuerdas, todo desbaratado, que se había encontrado en la basura. El violín me escogió a mí, yo no escogí ese instrumento. Entonces mi padre me arregló ese violín y, más adelante, me hicieron una prueba en el conservatorio Amadeo Roldán. Y me becaron. Años después gané el primer premio. Y por eso fue que me dieron una beca de seis meses para estudiar en Varsovia, Polonia.

¿Y se fue solo a Varsovia, siendo un niño aún?

Sí. Me mandaron. Hay cosas desagradables en la vida que uno tiende a bloquear, como a negarlas. De Varsovia tengo muy pocos recuerdos. Recuerdo mucho frío, un idioma que no era el mío, una gente que no era la mía y extrañar mucho mi casa. Tenía 10 años. Cuando regresé a Cuba, de vacaciones, mis padres habían decidido que nos íbamos de la isla. Nosotros salimos en un bote. Estuvimos 16 días perdidos en el mar, en 1965.

¿Se fueron para Miami?

Llegamos a Cayo Hueso. Primero nos cogió una tormenta que nos tiró al golfo de México y nos tuvo 16 días perdidos en la mar. Luego, en aguas americanas, un guardacostas cubano nos mandó a parar, nosotros no paramos y nos dispararon. A mí me dieron un balazo en la espalda, tengo una cicatriz todavía.

¿Cómo empieza su vida en Estados Unidos, que siempre fue una vida musical?

Llegamos a la Florida, me recuperé y nos fuimos a New Jersey, porque mi tío tenía un restaurante en Union City. Ahí, al lado, había una casa que vendía discos a la que iba el músico Roberto Torres. Roberto es como mi padre. La orquesta Broadway de Nueva York estaba buscando violinista y Roberto me llevó. En cuanto toqué el primer tema, los de la orquesta me bajaron. Me dijeron: “Hermano, métase a taxista o siga de músico clásico, pero usted para esta música nunca va a servir”. Yo no les dije nada, pero me dije: “¡Qué no voy a servir para esta música! Se van a tragar las palabras”. Fue el gran Pupi Legarreta el que me cogió y me enseñó las raíces de mi música. Luego me agarró José Fajardo.

¿En qué momento le dieron la beca del Conservatorio de Artes de la Juilliard?

Después de mi estadía en Varsovia empecé a estudiar en la escuelita del barrio. La señora que me enseñaba ahí, que era italiana, me consiguió que participara en el Carnegie Hall de Nueva York en dos conciertos: uno de Mendelssohn y otro de Tchaikovski. Un observador de la academia estaba buscando talento y fue el que me hizo dar la beca de Juilliard, que me duró muy poco porque a los doce años empecé a trabajar con Fajardo. Hice mi primera gira por Europa cuando tenía doce años. Me volví músico profesional y me volví rumbero también. A los doce años empecé a consumir droga. Yo tocaba y en los descansos todos los músicos desaparecían. Yo me decía: “Pero qué es lo que está pasando. Esta gente no me quiere. ¿Por qué no me aceptan?”. Me empezó un complejo tremendo. Era que en los descansos se iban a meter lo que hubiera. Entonces, al tercer día: “¿Quieres?”, me dijeron. Y yo dije: “Claro”, para que me aceptaran. Probé, me gustó y me quedé ahí. Metíamos de todo, coca, trago, lo que hubiera, y así la seguí por muchos años.

¿Siguió con Fajardo?

Me fui a Miami con Fajardo a tocar en el Hotel Sand’s. Trabajamos seis días a la semana y ganaba cien dólares. Yo era el que dirigía el show. En el show era un travesti, un mago, un malabarista…

Usted tocó con La Lupe por esa época, ¿cierto?

Sí. Ella les tiraba los zapatos a los músicos…, era loca y santera. Cuando me los tiró, me hice a un lado y no le gustó. Y me canceló.

¿Cuándo llegó a Palmieri?

Antes de irme a Miami, con los músicos de Ray Barre-to, OresteVilato, Johnny Rodríguez, David Pérez, René López, Adalberto Santiago y Sony Bravo empezamos a hacer un grupito de descargas. Hacíamos las “Tuesday Night Jam Sessions” en un sitio que quedaba en la 83 con Tercera Avenida, en el lado oriental de Manhattan. Yo me fui a Miami y cuando volví, ellos habían formado la orquesta de Nueva York que se llamó Típica 73. Les solicité que me permitieran reintegrarme, pero no lo aceptaron. Me dediqué a tocar con todas las charangas del momento, también con Ismael Miranda, Ismael Rivera e incluso Héctor Lavoe me sugirió quedarme en su banda. El caso es que nosotros nos reuníamos mucho en casa de Jerry González, en el Bronx. Esa casa la muestran en la película Calle 54. Pasábamos el día entero. La casa estaba, desde el piso hasta el techo y de pared a pared, llena de discos y de instrumentos. Yo dormía mucho en el piso, me quedaba mucho tiempo ahí. Y tú veías en una noche a Mongo Santamaría, Ray Barreto y una cantidad de gente. Hacíamos unas descargas tenaces. Ahí fue donde empecé a conocer a Héctor y a todos. Éramos todos jovencitos. Entonces, una de esas noches en Nueva York, Chocolate Armenteros, que trabajaba con Eddie Palmieri, se enfermó. Eddie les pidió a Andy González y a Jerry que le llevaran un suplente. Ellos le dijeron que conocían un violinista, “¿lo traemos?”, y Eddie, siempre de una mentalidad abierta, dijo que sí. Ese día me hizo un contrato verbal. Nos dimos la mano y fueron cinco años de trabajar con Palmieri.

Alfredo de la Fe reconoce que su llegada a la banda de Palmieri fue uno de los momentos más dulces de su vida porque tenía libertad en la imaginación. Es una de las mejores orquestas con la que ha tocado.

¿Con Palmieri ya había cambiado el violín de cuatro cuerdas al de cinco?

No. Cuando entro con Palmieri, en 1972, no había violines eléctricos. Lo primero que hice fue ir a la 42, a Times Square, que por ese entonces era un antro, y compré micrófonos de las grabadoras de cinta para adaptárselos al violín. Comencé a adaptarle todas las cosas de la guitarra de rock al violín y a buscar otra sonoridad. Entonces me dejé crecer un afro grande y me convertí en violinista solista. Fue una banda muy irreverente la de Palmieri. Pero diría que una de las mejores orquestas con las que he tocado, por la libertad que había. Con Eddie grabamos el The sun of Latin Music, que fue el primer disco latino que ganó un Grammy americano.

En 1979 lo nominaron a tres premios Grammy…

Era el disco Alfredo, que tiene una parte de jazz, una parte fusionada donde el colombiano Francisco Zumaque me hizo un arreglo espectacular, y una parte de charanga, pero charanga moderna.

¿Cómo llegó a Santana?

En una gira llegamos con Palmieri al mejor hotel de San Francisco. A la semana siguiente estábamos en el segundo mejor. Después, el tercer mejor, y terminamos en el peor hotel del Distrito de La Misión. Allá había semillas de girasol, porque en esa época estábamos en lo espiritual, vino y marihuana. Eso era todo lo que había. Entonces llegó Carlos Santana y me invitó a tocar con él. Palmieri se regresó a Nueva York y yo me quedé con Santana. Fue la época más aburridora que ha tenido Santana: estaba con el gurú y todo era espiritual. Pero fue una experiencia muy bonita. Ganaba mucha plata y, otra vez, me la gasté toda en rumba.

¿Y cómo arribó a la Nueva Típica?

Estaba yo en San Francisco cuando me llamó Johnny Rodríguez y me dijo: “Mira, vamos a hacer la Nueva Típica, ¿quieres venir?”. Nueva York estaba en su apogeo con la música. Yo no lo pensé un segundo y me fui para Nueva York. La primera Nueva Típica fue con Tito Allen, José Grajales y Johnny Rodríguez en la conga. Rubén Blades estuvo y eso no lo sabe mucha gente. Uno de los momentos más lindos que yo recuerdo es haber visto a Mario Bauza y a Machito delante de la Típica 73, gozando y jalándose los pelos. Para mí eso fue un sueño porque Bauza era un tipo que no le daba un visto bueno a nadie. Era una big band, era una charanga… Hacíamos hasta catorce bailes en una semana. Con ellos empecé el violín de cinco cuerdas. Ahora ten-go uno de siete. La música cambia y uno no puede decir que todo lo anterior era mejor. Ahora he cumplido sesenta años y me siento vivo, queriendo hacer la mejor música, la más innovadora.

Alfredo ha tenido una vida llena de excesos, pero supo parar en el momento indicado. Fue hace 28 años cuando tomó la decisión de dejar las drogas y volver a nacer.

¿Cómo salió de la droga?

Paré de consumir hace 28 años. Aquí en Colombia me rehabilité. Una vez me llamó Fruko, a quien quiero muchísimo y quien es el padre de la salsa en Colombia, y me dijo: “Ven, quiero que vengas a mi casa”. Cuando llego me dice: “Ven acá, ¿tú no crees que estás bebiendo y rumbeando mucho?”. Yo le dije: “¿Usted me paga el trago y me paga la rumba? ¡Váyase al carajo, Fruko!”. Pero me dañó la rumba... Cada vez que yo me la pegaba, me acordaba de Fruko y yo decía: “Este desgraciado”. Entonces empezó la semillita. Cuando vino el papa a Colombia, que fue en 1986, el gobernador de Antioquia, que era William Jaramillo, me dijo: “Tú le vas a tocar al papa Juan Pablo II”. Y yo me dije: “Cuando me le arrodille al papa, y me ponga la mano en la cabeza, hasta ahí llegó mi rumba”. La noche anterior a la cita, que era a las 9:30 a. m., me dije: “Bueno me voy a tomar un trago para celebrar que voy a conocer al papa”. Cuando eran las 9:00 a. m. estaba en una rumba tenaz. Y así seguí cinco días. Cuando me desperté, ya él se había ido de Colombia. Me miré al espejo y era una cosa horrible. Llamé a una amiga y le imploré que me ayudara a rehabilitarme. Ella me respondió: “Todos se quieren rehabilitar los viernes”. Me puso una cita para el lunes. Me senté con 200 gramos de coca y le di con todo porque era el final. El lunes cumplí la cita y me paré en la reunión y dije: “Soy Alfredo De La Fe, soy alcohólico, adicto y necesito ayuda por favor”. Fui capaz de hacerlo.

Usted vino a Cali en 1982. Conoció la ciudad, se enamoró y se quedó tocando en Juan Pachanga (en Juanchito). Lo que nadie sabe es que usted estaba huyendo de la ley…

Todo debido a la misma rumba. Uno, cuando es adicto, se prostituye; uno hace lo que sea por ir detrás de una bolsa de droga. Una noche estaba rumbeando con dos músicos en una casa en Nueva York, cuando de pronto llegó la policía, pateó la puerta y empezó a romper paredes. Y la casa estaba llena de droga. Entonces yo terminé en la cárcel. Por cuenta de ese problema, todo el mundo me dio la espalda. Cuando estaba en la cárcel, prometí que nunca más iba a consumir droga si me sacaban de ahí. Una persona me ayudó con la fianza y lo primero que hice cuando salí fue pegarme una rumba tenaz. A los días me llamó mi abogado y me dijo: “El viernes empieza el juicio y a usted lo van a condenar, le van a dar quince años mínimo”. Entonces recordé que el empresario colombiano Larry Landa, que fue un gran amigo, me había dicho: “Hermano, si tienes un problema, llámame”. Y lo llamé y le dije: “Estoy llevado”. Él me dijo: “Vente para Cali”. Esta es la primera vez que cuento esto públicamente, porque nunca nadie supo eso, que vine a Colombia por un problema judicial. Y gracias a Dios, porque aquí me hice solista. Aquí hice el nombre que tengo en el mundo entero, que son 95 países recorridos. Lo hice en Colombia. Aquí encontré mi dolor, mi sabor, mi gente. Aquí encontré personas a las que todavía agradezco, como usted, Umberto, porque yo llegué a Cali y me encerré en el Hotel Aristi. Yo tenía miedo a salir, estaba aterrorizado y pensaba que el gobierno americano me iba a mandar a detener. Y usted fue la persona que me sacó, que me dio el apoyo moral que yo necesitaba.

Y conoció a Doris…

Sí. La que es la madre de mi hija. La conocí cuando vinimos con Roberto Torres. Cuando llegué aquí, la vine a buscar…, una persona dulcísima. Pero la rumba acabó con todo. Doris se enrumbaba y era tenaz. Hasta que un día se cayó sin querer de un edificio en Medellín y se mató. Por fortuna yo no estaba ahí.

Ya habían tenido a Valentina.

Sí, Valentina, mi hija, nació en Cali. Hoy día está superbién. Somos grandes amigos. Ella trabaja para la Universidad de Georgia. Viaja por todos lados y es una persona divina. No he podido vivir mucho con mis hijos, pero los quiero.

Larry Landa trajo por esa época a Héctor Lavoe a Cali. ¿Cómo llegó Héctor a su apartamento?

A ese apartamento yo le decía La Casa del Ritmo. Eso era en las torres del Aristi, de 15 pisos. Larry estaba endeudado con todo mundo, entonces cortaban el agua, me cortaban la luz, era un despelote. Entonces nosotros conectábamos el agua con una manguera. Ahí estuvo Joe Cuba, Pete El Conde, ahí me hice grandísimo amigo de Andy Montañez. Ahí pasaron muchos músicos. Y Héctor [Lavoe], por supuesto. Con Héctor fue la locura; me acuerdo que una noche, enrumbado, le dio porque alguien quería matarlo. Entonces desbarató todo el apartamento buscando no sé qué… Y me volvió nada el apartamento. Y otro día me dijo: “Estoy tan aburrido, me voy a matar”. Y le dije: “Yo me voy a amarrar con el cordelito de la persiana y me dejo caer por la ventana y me ahorco”. Entonces me respondió: “Si se rompe el cordelito, son 15 pisos, ¿no?”. En esa época Héctor grabó Juanito Alimaña y Triste y Vacía, porque fue en Cali donde él estudió esos temas, donde le sacó los pregones, donde le sacó todo…

Mientras tanto tocaron en Juan Pachanga, ¿no?

Él tocaba con nosotros en Juan Pachanga a las tres de la mañana. La gente llegaba en un gran embale y, para yo estar a la par de todo el mundo, tenía que empezar a enrumbarme desde las siete de la noche. Una vez llegó Héctor a Juan Pachanga y cantó tapándose la cara con el saco. Otra vez iba a quemar Juan Pachanga e incluso trató de quemar el carro deportivo de Larry…, ya le estaba metiendo una mecha para prenderle candela. Entonces llegó a mi casa y se vistió de negro porque, dijo, que él iba a matar a Larry cuando viniera. Decía que los hombres cuando iban a matar a alguien se vestían de negro, y se puso un trapo en la cabeza. Yo le rogué que se fuera, hasta que lo convencí. Apenas se fue, a los cinco minutos llegó Larry con unos tipos. Yo creo que Larry ese día le hubiera hecho algo a Héctor. Pero afortunadamente me hizo caso. Todo estaba muy desbordado.

Héctor, supuestamente, vino a Cali a desintoxicarse de la heroína. Fueron como cuatro meses en su apartamento, ¿no?

Sí, todo el tiempo ahí, conmigo, enfiestados. Una vez lo llevé a Juanchaco. Y bueno, pasamos superchévere. Existen unas fotos de ese paseo que tomó El Pana, un panameño. A los días, nos cansamos de comer pescado y fuimos donde una señora para que nos vendiera una gallina. Ella dijo: “Bueno, pero la cogen”. Héctor se puso a corretearla y casi no puede. Ahora lo recuerdo como una historia hermosa.

Después de Cali usted se fue para Bogotá…

Alfonso Lizarazo tenía un programa de televisión. que se llamaba Baila de Rumba, y su productor, Aurelio Valcárcel, fue a Cali a buscar una discoteca para hacer el programa desde ahí. Cuando entró, me vio tocando, se quedó impresionado y me dijo: “Mi programa no es de música, es de baile, pero te voy a dar los primeros cinco minutos”. Y él me presentó en su programa. El lunes me llamó y me dijo: “Mira, no te voy a hacer un especial de televisión, te voy hacer dos, pero en Bogotá”. Larry me pagaba $50.000 la noche, y me quedaba debiendo. Yo hice esos dos programas en esa época, en el año 1983, como por $3.000.000 cada uno, que era un billete para la época. Tuve que tocar en el carnaval de Juanchito gratis, a cambio de que Larry Landa me dejara ir. En Bogotá monté un apartamento con Doris y con Valentina. Inclusive Larry llegó a Bogotá unos meses después, antes de que él se fuera a Estados Unidos, donde cayó preso.

¿Y luego Medellín?

Yo me fui a Medellín a montar la emisora Latina Estéreo. Una vez, en una rumba, Fanny Mikey me cogió de la mano y me metió dentro del baño: “Mira, te voy a presentar a tu media naranja”. Dentro del baño había una mujer hermosa. Yo la miré y me fui para Medellín detrás de ella. Yo fui a Medellín por un fin de semana y estuve 10 años…

Y se hizo colombiano…

En total estuve 14 años en Colombia. Terminé con ciudadanía, que me la dieron Gabriel García Márquez y César Gaviria… Eso fue una rumba en Palacio.

¿Y hubo más fiestas en Palacio?

Sí, eran divinas. Eran tertulias. Se hablaba de todo. Primero con Belisario Betancur y después con César Gaviria. Hacíamos unas tertulias de arte y luego yo tocaba. Y me metía a los baños del Palacio de Nariño a darme los pases sin que nadie se diera cuenta. Una vez estaba tocando en Palacio y en ese piso brillante se me cayó un frasco de perico. Me agaché, lo cogí, lo metí al bolsillo y seguí tocando. Locura total. Y en Medellín la locura creció más todavía. Conocí a otra mujer con la que estuve mucho tiempo. Pero que era una relación de rumba, bien intensa. Se llamaba Betty.

También trabajó en televisión con Carlos Mayolo…

Me vine a Bogotá, otra vez. Trabajé en varias novelas. Trabajé con Mayolo en Azúcar, la serie que me dio la oportunidad de conocer todo el Valle y enamorarme de la caña. Tengo varias canciones escritas de esa época que nunca las he sacado, pero las quiero sacar. Mayolo fue un genio. Un loco, pero loco de atar. Azúcar fue una locura. Toda esa rumba que se veía en la serie era rumba de verdad. Estuve casi dos años haciendo Azúcar. Me conocí todo el Valle. También trabajé en Mambo y en Dejémonos de vainas.

¿Hacia dónde marchó cuando decidió dejar Colombia?

Antanas Mockus empezó con la llamada ley zanahoria. Yo estaba viviendo en Bogotá, superbién, pero esa ley le dañó la rumba a todo mundo. Acabó con todos los negocios. Entonces pasaban la cuenta a las 11 de la noche y eso arruinó la vida nocturna. Por ese entonces, Celia Cruz estaba yendo mucho a Europa. Ella me llevó a Europa a tocar. Y ahí conocí al que todavía hoy es mí representante para Europa. Le dije: “Me quiero venir para acá”, y me convertí en el director de Celia. Monté una orquesta que se llama Mercado Negro. Para mí es la mejor orquesta de salsa que existe. Viajamos mucho. El primer año hicimos más de 150 shows.

¿Cuál es su famosa anécdota con Celia?

Con Celia estuvimos en Imatra, Finlandia, donde en invierno no hay luz en todo el día. Estábamos en la suite, que era como un castillo del zar. Y de golpe se va la luz. Entonces yo salgo al pasillo y Celia sale también. A oscuras, me dice: “Ahijado, averigua qué pasó”. Y en eso llegó el ascensor que tenía planta, y cuando abre la puerta, le da la luz a Celia que estaba sin peluca. Yo no quería mirar, pero la vista se me iba. Entonces me monté en el ascensor y, antes de que se cerrara la puerta, me dijo: “Oye, tú no has visto nada”. Y yo: “Tranquila Celia”. Pero claro que, después, le conté a todo el mundo.

¿Cuándo viste a Celia Cruz por última vez?

A Celia la visité mientras estaba enferma. Lo último grande que hicimos fue el especial de Telemundo. Recuerdo que estábamos en Pamplona, España, tocando un día y se quedó así, mirando, y dijo: “¡Ay, querido público, se me olvidó la letra!”. Yo pensé: “Esta señora tiene algo”. Efectivamente tenía el tumor en el cerebro. Dicen que lo tuvo diez años, que nadie se enteró. La última vez que la vi fue en su casa, era un día en el cumpleaños de ella, estaba en la cama y le dije: “Negra, yo te quiero mucho”, y le apreté la mano, pero ya estaba ida. El entierro que le hicimos fue una cosa muy grande, con aguacero incluido. Pero cuando entraron a la catedral, salió el sol. Es que Celia paraba la lluvia. Ella cogía un vaso de agua, lo ponía al revés, hacía una oración y no sé qué. Yo la vi parar la lluvia mil veces...

En 1996, con la Fania, paró la lluvia en el Pascual Guerrero.

Sí, yo estuve en ese concierto. Estaba cayendo un aguacero y salió Celia y salió la luna. Y apenas terminó de cantar, volvió el agua otra vez.

Usted está viajando ahora con la Fania. ¿Cómo ve ese mito de Fania?

Lo más rico de la Fania es que cuando nos reunimos es como una familia. Los ensayos son una sola gozadera, una recocha, todo el mundo haciéndose maldades. Todavía estamos viviendo de “quítate tú”. Yo pienso que tuvo que haber habido un cambio en la Fania, aunque lo que suena es lo que la gente quiere oír. Es imposible no tocar El ratón, no tocar Anacaona en un concierto de Fania. Me parece muy lindo que estemos todavía haciendo eso. El año pasado tocamos en Perú y, en otro escenario, a muy corta distancia, estaba Lady Gaga. A ella le fueron 20.000 personas y a la Fania le fueron 50.000. Entonces eso es muy rico.

Entiendo que ha regresado a Cuba. ¿Cómo siente a Cuba?

Fui mucho cuando Jerry Masucci estaba vivo, a hacerle producciones. Desde 1998 no voy. Regresar a la tierra de uno es muy rico, pero después, cuando la gente me dice: “Óyeme, Cuba está cambiando. Ahora permiten celular”, yo digo: “No joda, ¿cuántos años tiene el celular?”. Entonces eso también me molesta mucho. Uno está acostumbrado a decir lo que uno piensa. Incluso, se tiene la idea de que Estados Unidos es el país de la libertad, pero yo le digo “Esclavos Unidos”, porque allí la libertad es que tú trabajas como un animal. Por eso prefiero a Colombia mil veces. Yo vengo aquí y vibro.

¿Qué sintió al volver a Cali, después de tantos años?

Me gustó tocar con la Cali Charanga, dirigida ahora por el hijo de Rodrigo Gil, que fue mi amigo. Encontrar amigos como Cucaracho, Manolo Solarte, Humberto Corredor y, por supuesto, usted, Umberto Valverde. Cali me estremece. Volver a caminar las calles por donde caminaba me pone muy sensible. Quisiera venir más seguido para estar con todos ustedes.

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