Siempre 'online' / Limonada de coco

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Todos nos excusamos de nuestro apego excesivo al teléfono celular.

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01 de septiembre 2014 , 02:50 p.m.

¿Apagar el teléfono celular? Por nada del mundo.

Lo dicen el médico, la abogada y el periodista que me acompañan. Todos se justifican con el argumento de que están trabajando. El médico espera un 'mail' urgente, la abogada necesita revisar un alegato, el periodista tiene que responder una consulta en Twitter.

Quisiera saber por qué, si nos sentimos obligados a fisgonear el teléfono, nos citamos para tomar café. ¿No hubiera sido mejor que nos quedáramos trabajando en nuestras oficinas?

— La oficina del profesional del siglo XXI es su celular –responde la abogada.

Seguimos entonces en la misma tónica: conversamos entre nosotros mientras espiamos el teléfono móvil. Total: es el síndrome de hoy. Una amiga me contó que cuando quiere que su hija adolescente salga del cuarto a almorzar, le envía mensajes de texto.

Y ni hablar de los enamorados de aquella mesa: llevan rato escribiendo como posesos en sus teléfonos móviles.

— Hoy hasta los taxistas se mueven a través del celular –dice el periodista.

A continuación insiste en que él revisa constantemente el teléfono para mantenerse informado. Mientras permanezca concentrado en lo suyo, añade, no le afectará ninguna alarma sobre la temperatura de su ciudad o sobre el cumpleaños de algún contacto en Facebook.

Así que si inspecciona el teléfono con demasiada frecuencia es porque debe seguirles los pasos a sus fuentes.

Para justificar nuestro apego enfermizo a los teléfonos celulares nunca faltan excusas. En cierta ocasión – les cuento a mis contertulios– un reportero me dijo que se la pasa en Twitter y Facebook porque necesita promover sus causas contra el maltrato animal. Después un escritor me advirtió que si Hemingway viviera estaría montando en Instagram las fotos de sus cacerías.

— Ese tipo solía escribir en los bares porque necesitaba sentirse contemplado. Él posó para las redes sociales antes de que estas existieran.

— Pero hizo la obra.

— Hoy también la haría, y además la difundiría mejor.

El humorista Sofocleto decía que escribir es la forma de hablar sin que a uno lo interrumpan. Pero con estos teléfonos es imposible. Primero aparece la antigua compañera de estudios; luego, cualquier desconocido. La aplicación WhatsApp nos trae hasta el cuarto a gente a la que ni siquiera dejaríamos pasar de la terraza.

— Ah, pero el problema eres tú. Ponlo en silencio. O desinstala el programa.

Y ¿cómo lo desinstalo? Tengo hijos que podrían necesitarme, tengo informantes que a veces me envían por ahí información clave para mis columnas. De modo que yo también lo utilizo para trabajar.

— Lo usamos para trabajar –dice el periodista.

— Es que hoy es una necesidad –tercia la abogada.

Allá los que no sepan usarlo, me consuelo. Allá los que no sepan usarlo, nos consolamos. Algunos dicen que el celular aleja al que está cerca: tonterías. Nosotros llevamos dos cafés y seguimos juntos. A nadie ponemos en riesgo porque no escribimos los mensajes de texto mientras descendemos en una escalera eléctrica. Tampoco dejaremos nuestras tareas a medias. Hemingway es nuestro padrino, y si buscan algún culpable, diremos que es Mandrake.

Eso, eso.

Sigamos trabajando.

ALBERTO SALCEDO RAMOS

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