Entrevista en BOCAS: Lucho fue el primero

Entrevista en BOCAS: Lucho fue el primero

Luis Herrera habla sobre sus triunfos en Francia y España, su vida actual y el ciclismo de hoy.

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20 de agosto 2014 , 12:18 a.m.

Hace 30 años, Luis Alberto Herrera conquistó para Colombia la primera etapa en un Tour de France. Aquella épica escalada en el Alpe d’Huez fue también el primer triunfo de un amateur en la más importante competencia ciclística del mundo. Así empezó en Europa la leyenda de ‘el jardinerito’ quien, en 1987, alcanzó la cima de su carrera cuando ganó la Vuelta a España. Hoy, el menudo ciclista que fuera considerado el mejor escalador del planeta, reparte su tiempo entre fincas, ganado y construcciones. Pero tantos años de carreras y entrenamientos le pasaron una delicada y peligrosa factura: en su piel han aparecido lunares cancerígenos. Sin embargo, Lucho asume todo como siempre lo hizo: silencioso, sigiloso y con muchas ganas de ganar.

Por Mauricio Silva Guzmán / Fotos Camilo Rozo

Colombia entera tenía las orejas pegadas a una transmisión radial que, muy emotiva –y un poco mentirosa–, se originaba desde una Francia que todavía parecía lejana.

En aquel 16 de julio de 1984, el Tour de France ya andaba en su recta final y, para dicha de los seguidores, la competencia aún no había definido un ganador. Todo era suspenso. ¿Bernard Hinault o Laurent Fignon? De esos apellidos no salía el título de campeón.

Luis Alberto Herrera, un menudo colombiano que debutaba a sus 23 años y que a esa altura de la carrera estaba lejos en la clasificación general, tenía en el Alpe d’Huez la última oportunidad para alcanzar la gloria -que por supuesto sería el éxtasis nacional–, gracias a que venía de ocupar dos segundos lugares en un par de etapas anteriores. “Luchito” ya había mostrado su talento. Pero no todo.

Sus compañeros del equipo amateur Pilas Varta (Alfonso Flórez, Rafael Acevedo y “el Pollo” López, entre otros), que por segunda vez representaba a Colombia en la máxima prueba de ciclismo mundial, le habían dicho esa mañana que la etapa estaba sencillamente diseñada para él y que, “por favor”, se la ganara, que ya era hora de que un colombiano lo hiciera en la primera prueba ciclística del mundo. Pero él, económico de palabra como siempre ha sido, solo les alcanzó a murmurar que eso estaba “más bien jodido”, porque ahí había unos tipos muy verracos. Y nada más.

Lucho, que ya era conocido en el mundo ciclístico como el Jardinerito, gracias a que dos años de su vida los dedicó a acicalar y vender matas en su tierra, por entonces vestía –como todos los integrantes del equipo Varta– una modesta blusa con los colores de la bandera de Colombia (amarillo en forma de V sobre el cuello, azul en el pecho y rojo en el abdomen), a la que le habían cosido, muy defectuosamente, el número 141.

Esa mañana, el tímido escalador colombiano no comenzó muy bien la carrera e, incluso, en el primer tramo de la etapa perdió tres minutos con respecto al grupo que lideraba la prueba. Sin embargo, con la ayuda de sus gregarios, de cara a los dos últimos premios de montaña, logró alcanzar al lote de punta.

Cuando empezó lo más complicado –que es la sobrehumana escalada al Alpe d’Huez–, solo quedaron siete corredores, entre ellos los hombres que encabezaban la clasificación general: Hinault, Fignon, LeMond y Millar. Entonces, de la nada, Lucho decidió atacar, a lo que ninguno de los grandes profesionales del momento pudo responder. En un solo envión dejó regado a Hinault. Segundos después, Fignon quiso reaccionar, pero el esfuerzo no le alcanzó. Entonces el hijo de la templada población de Fusagasugá (Cundinamarca) avanzó en solitario a la meta donde, con un tiempo de 4 horas, 39 minutos y 25 segundos, levantó sus brazos flacos.

Cuarenta y nueve segundos después, un desbaratado Laurent Fignon cruzó la línea final, con lo que aseguró su primer título en el Tour de France. El monstruoso Bernard Hinault, al borde del desmayo, llegó 3 minutos y 43 segundos después de Lucho. Ahí se resolvió el Tour de 1984 y así se escribió una nueva e inolvidable página en la historia del deporte nacional. Aquel triunfo no solo fue la primera etapa para Colombia en el Tour de Francia, sino la primera etapa que conquistaba un aficionado en la historia de la competencia.

Las imágenes que publicaron la prensa y la televisión al día siguiente dejaron ver cómo los muchachos de Pilas Varta levantaron en hombros a Lucho con Los Alpes como marco de excepción. Hasta champaña, dicen, tomaron. Pero al otro día, la prueba pasó su cuenta de cobro y dio paso a la debacle: Luchito perdió 27 minutos con relación al ganador. Casi se retira.

Sin embargo, aquel 16 de julio de 1984 impulsó esa estupenda costumbre de nuestros escarabajos de ir a buscar etapas, no solo en el Tour, sino en las otras grandes competencias. (Al día de hoy: 14 etapas en el Tour de Francia, 20 en el Giro de Italia y 28 en la Vuelta a España).

Luis Alberto Herrera, entonces, se convirtió en un gran referente del ciclismo mundial. Al año siguiente, en 1985, ganó dos etapas en el Tour de France y conquistó, por primera vez para América, el premio a mejor escalador (la radiante camisa de puntos rojos), hazaña que repitió en 1987, en la Vuelta a España (1987 y 1991) y en el Giro de Italia (1989).

Y también tocó el cielo. En 1987, con esa bella mezcla que fue su sello: silencio y explosión, consiguió uno de los mayores triunfos deportivos en la historia de Colombia tras adueñarse del título de la Vuelta a España, proeza que solo ha podido igualar Nairo Quintana al ganar el Giro de Italia 2014, 27 años después. “Él nos señaló el camino para ganar. Él fue el primero que dijo: sí se puede”, explicó el experto en ciclismo Héctor Urrego.

Sin embargo, agobiado por el desbordado esfuerzo que representó su brillante carrera, Lucho se retiró en 1992 –temprano, según la mayoría– y se dedicó a una vida sosegada y sigilosa en su ciudad de Fusagasugá, donde, con el tiempo, se convirtió en una especie de rey mitológico.

Treinta años después de aquella inolvidable primera vez, el Jardinerito reparte su tiempo entre fincas, ganado y construcciones (ha sabido manejar su dinero). Y ya casi no monta la bicicleta, aunque la adora, todo por cuenta de que la exposición al sol, a lo largo de tantos años de carreras y entrenos, le pasó una delicada y peligrosa factura. Otra empinada prueba que también quiere y va a superar.

¿Qué tanta justicia le hizo a usted el apodo ‘el Jardinerito’?

Eso fue cuando corrí el Clásico RCN en el año 81. Don Julio Arrastía me entrevistó y me preguntó: “¿Usted qué hace?, ¿a qué se dedica aparte de montar en bicicleta?”. Y le dije: “Cuando no estoy montando en cicla, trabajo en un jardín, en un vivero”. Al otro día me puso el apelativo el Jardinerito. Y así me quedé.

¿Cuánto tiempo de su vida estuvo arreglando matas?

Dos años. En un momento se dio la oportunidad de tener un vivero. Lo hice en la finca de mis papás. Fue como un apoyo que tuve para poder mantener los gastos de entrenamiento. Yo aprovechaba los momentos que no estaba entrenando y me dedicaba a trabajar ahí, en el jardín.

¿Recuerda qué plantas vendía?

Primaveras, camarones y otras variedades.

¿Qué edad tenía por entonces?

Dieciocho a diecinueve años.

Está claro que con el vivero le iba bien, pero a usted lo que le apasionaba era el ciclismo. ¿Sus papás lo apoyaron en el asunto de las bielas?

En ningún momento se opusieron. Siempre tuve el apoyo de los dos. Cuando yo madrugaba a las cuatro o cinco de la mañana para ir a entrenar, mi mamá siempre se levantaba y me daba el agua de panela.

Se entiende que en su casa todo era disciplina…

Sí, claro. Creo que de ahí salió la formación que tuve, de unos viejos disciplinados. Había que hacer la tarea.

¿Cómo llegó la bicicleta a su vida?

Primero aprendí a montar con una cicla prestada por ahí. A los 15 años fue cuando tuve la oportunidad de tener una bicicleta, que era de mi hermano Rafael. Él compró una y duró entrenando como un año, pero decidió no seguir con eso. Entonces mi mamá se la compró y me la regaló para ir al colegio. Por unos mil pesos o algo así.

¿Ya era aficionado al ciclismo?

Con mi hermano escuchábamos mucho la Vuelta a Colombia y el Clásico RCN. Rafael ponía la radio y como que uno se trasladaba por allá. Y a veces, cuando la Vuelta a Colombia pasaba por Fusa, y subían a San Miguel, salíamos a verlos.

¿Cuáles eran sus sensaciones al ver, a dos metros de distancia, los ídolos de la Vuelta a Colombia?

Yo los veía con los uniformes, las zapatillas, el casco y todo, y yo pensaba qué chévere que algún día uno llegara a correr o estar en una carrera así. Pero lo veía muy difícil, muy lejano.

¿Cree que ahí nació el interés por el deporte, como una posibilidad de vida?

No. Fue la misma bicicleta. Yo salía del colegio, me escapaba y me iba por las subidas de por aquí. Y esos trechos eran duros. Pero me encantaba pedalear, tanto que había un amigo que vivía más arriba y, cuando le tocaba venirse en bicicleta, ya le daba pereza subir otra vez. Y a mí como me gustaba tanto, pues yo le daba la plata del pasaje y de puro aficionado yo le subía la bicicleta.

¿Cuál fue su primera carrera?

A los 15 años, como en abril de 1976. Un sábado hicieron un circuito por aquí en Fusa y me inscribí. Treinta vueltas al centro del pueblo. Fui con el uniforme de mi hermano que me quedaba grande… Corrí con tenis y todo. ¡Je!

Y cómo le fue.

Terminé, pero me cogieron una vuelta…

¿Es cierto que desde entonces su hermano Rafael fue y sigue siendo su gran apoyo?

Él me vio correr y me dijo que siguiera entrenando, que me iba a apoyar. Entonces me llevó a un Nacional de Turismeros, me animó y siempre me acompañó a entrenar. Un día corrí una regional aquí en Fusa y me la gané. Ahí me vio un profesor de la Liga de Cundinamarca que se llamaba Ramón Castillo. Entonces organizamos un equipo: el club Ciclo-Fusagasugá.

¿Es cierto que abandonó el colegio por cuenta de la cicla?

Hice hasta noveno. Me retiré porque me quedaba difícil entrenar, trabajar y estudiar.

¿En qué trabajó?

En el Club El Bosque, echando peinilla y arreglando jar-dines. Ahí fue cuando entendí lo de las matas y decidí montar algo independiente. Trabajaba por la mañana y entrenaba por la tarde.

¿Cómo era su entreno en aquella época?

Iba a Girardot, subía por Silvania, bajaba por San Miguel… También Santandercito, Mesitas, diferentes puntos…

Y siempre la montaña... Inevitable…

Si cogía para Girardot, tenía que venir subiendo; y si empezaba por San Miguel, también. Desde entonces, siempre aproveché la montaña para acomodarme en la general, o para buscar las etapas.

¿Quién lo apoyó para su primera gran competencia: la Vuelta de la Juventud de 1979?

Una familia de apellido Escobar, gente de Fusa, que tenía una sastrería en Girardot. Ellos tenían una camioneta y el muchacho, que se llamaba Néstor, fue el que me acompañó. Casi que no conseguimos plata para echarle gasolina al carro. Esa vuelta la ganó Fabio Parra y yo quedé de 29. Al otro año la ganó Martín Ramírez y quedé de quinto. Ahí sí me metí más adelante.

Era el tiempo en el que su equipo eran su hermano y usted. Nadie más, ¿no?

Rafael iba detrás de mí en una moto, con las maletas y todo. Cuando terminaban las etapas, nos tocaba bus-car una piecita para quedarnos los dos. A veces no teníamos ni para comer porque se nos acababa la plata. Apenas con el almuerzo y no más. Aguantando por ahí.

En 1981 usted hizo su primera Vuelta a Colombia, con el patrocinio de Valjean, ¿Cómo llegó a esa firma?

Esa era una fábrica de jeans de Pereira. Cuando empezó la temporada, a mí me habían contratado para el equipo de gaseosas Glacial, pero no me daban ni para la gaseosa. Un día corrí en una Clásica Cundinamarca que terminaba adentro de El Campín, en Bogotá. Cuando salí, me acosté en la grama afuera del estadio y, mientras llegaba mi hermano para irnos para la casa, vi salir al viejito Julio Arrastía; entonces le dije: “Don Julio, buenas”. Y él me dijo: “Usted es Herrera, ¿no?”. “Es que yo tengo ganas de ir al Clásico RCN, pero no tengo equipo, no tengo apoyo”. Y él me dijo: “Voy a ver”. Al otro día, en un programa de radio que se llamaba Momento Deportivo, de 11 a 12 del día, don Julio Arrastía dijo al aire: “Allá, en Fusagasugá, si conocen a Luis Herrera, por favor entréguenle este mensaje: que llame a Pereira al señor tal, al teléfono tal”. Entonces por la noche alguien fue a mi casa y dejó el teléfono. Yo cogí la bicicleta, bajé a Telecom y llamé al dueño, don Rodrigo. El hombre me dijo de una: “Haga maleta, coja un bus para Pereira y traiga su bicicleta”.

¿Y le hicieron prueba para quedarse?

Claro, me llevaron a un alto. Pablo Hernández, que era ciclista y técnico, me dijo: “Lo voy a cronometrar”. Y yo dije: “Este me va es a probar; me toca echarla toda”, y arranqué de ahí para arriba “como chancleta de loca”. Arriba en la montaña me esperó, me tomó el pulso y me dijo: “¡Uy, usted sube bien!”. Por la tarde se fue a hablar con el dueño del equipo y le dijo: “El muchacho anda bien, pero esa bicicleta que tiene no sirve para nada”.

¿Y finalmente se hizo a una bicicleta profesional?

Me dijeron: “Le vamos a prestar una bicicleta para que entrene”. Y al otro día me dieron una nueva. Recuerdo que dije: “Eso no pesa nada esta vaina”. Y nos fuimos para el Clásico.

¿Y qué les dijo a los de Glacial?

A ese señor todavía lo molestan y le dicen: “Tuvo al mejor escalador del mundo y lo echó por malo”. ¡Je!

En el Clásico RCN de 1981 usted hizo una famosa etapa en La Línea, en la que, según dice el experto en ciclismo, el profesor Héctor Urrego, usted dejó boquiabierto a todo el mundo. ¿La recuerda?

Claro. Cuando yo vi que Alfonso Flórez y Patrocinio Jiménez se empezaron a quedar, yo me quedé al lado de ellos; pero yo, nada, no quise atacar. Más arriba partió “el Sardino” Gutiérrez y ahí sí me fui detrás de él. Después partió Fabio Parra y yo me le puse a rueda. Así nos fuimos los dos y ya, pues, a un kilómetro de la meta le bajé como dos piñones y el viejo Parra quedó ahí quieto.

El gran José Patrocinio Jiménez cuenta que esa tarde fue imposible seguirlo a usted en La Línea y que, después, con el tiempo, usted le contó que hubiera podido atacarlos a todos desde antes, pero por respeto no lo hizo. ¿Eso es cierto?

Sí. Me dio como pena atacar a esos genios.

De paso, alguna vez usted dijo que José Patrocinio Jiménez subía más que usted. ¿Aún lo cree?

Sí, Patro subía mucho.

Volvamos al otro patrocinio, el de Valjean. ¿Cuánto duró con ellos?

Corrí la Vuelta a Colombia y ya para el otro año me mandó a la gente de Postobón, con Raúl Mesa, para que me metiera al equipo Freskola. Y con ellos me gané el Clásico RCN de 1982. Ese año, lo recuerdo, fue cuando se retiró Rafael Niño del ciclismo. Yo gané en Manizales y en la contrarreloj a Santa Elena.

Y así empezó a cotizarse, ¿no?

Pues sí, porque me llamó la gente de Lotería de Boyacá y me ofreció más plata. Yo le dije a Raúl Mesa que me aumentara y me dijo: “Si quiere, váyase”. Y me fui.

Entonces ya vivía del ciclismo, ¿o no?

Sí, pero ese año, bajando de Medellín, por Minas, me caí y me tocó retirarme de la Vuelta a Colombia 1982.

Pero hizo parte del equipo nacional, que era la selección nacional de ciclismo, para el Tour de l´Avenir del 82.

Sí. Fue durísimo, por la forma de correr, la comida también, recuerdo que la carne la servían casi cruda y nosotros no estábamos acostumbrados. Ahí ya empezamos a correr con “el Perico” Delgado y Greg LeMond. Pero gané una etapa allá.

En el 83 pasó a otro equipo, Leche la Gran Vía...

Un señor Jairo Hernández me llevó a ese equipo de Bogotá y, con ellos, gané el Clásico RCN de ese año.

En ese año, la Federación Colombiana de Ciclismo armó el primer equipo (amateur) que nos representó en un Tour de France. Flórez y “el Viejo” Patro fueron los capos. ¿Por qué no fue seleccionado?

Porque yo era menor de 23. Esa fue la razón que me dieron.

En 1984 usted volvió a ganar el Clásico RCN y, aquella vez, sí lo llevaron al Tour de France donde conquistó, por primera vez para el país, una eta-pa en la más importante competencia del mundo. Pero no todo fue dicha, también sufrieron mucho, ¿o no?

Sí, claro. Yo, por ejemplo, nunca había hecho etapas de 300 y 400 kilómetros. Una vez hicimos casi 1.000 kilómetros en dos etapas. Cada una era de 400 kilómetros y, encima de eso, 100 más de neutralización. Llegábamos temblando. Recuerdo que en una etapa salimos a las siete de la mañana y llegamos a las siete de la noche. Yo me fui a bajar de la bicicleta y no podía, me fui a subir al bus y tampoco podía, muy duro. Luego había unas etapas de pavé, que eran mortales: yo sentía que los dedos se me iban a partir por esa vibración.

Se acaban de cumplir 30 años de esa victoria en el Alpe d’ Huez. ¿Cuál es la imagen que aún conserva de la hazaña?

Que me quedé del grupo de punta y que, en la zona de alimentación, yo no comí nada para poder alcanzarlos. Luego, alguien del equipo me regaló una caramañola y ya comencé a subir. Al final me quedé con Fignon y juntos alcanzamos al viejito Hinault que se había escapado. Y yo partí, y me fui prácticamente hasta la meta. Eso fue…

Esa tarde no solo celebraron ustedes, sino todo el país. Pero al otro día…

Al otro día llegué como a treinta minutos. Hacía mucho frío, mucha nieve, y me dio un dolor lumbar… Casi no llego.

En aquel Tour de 1984, Fignon pronunció una polémica frase: “Nosotros somos una raza superior”, que con el tiempo arregló y refaccionó: “Lo que quise decir es que los franceses estamos muy bien alimentados y no como los colombianos que tienen otras dietas diferentes”. ¿Qué tanta rivalidad real hubo entre Fignon y usted?

De pronto él dijo algo y la prensa le aumentó. Pero sí, él era complicado y la verdad es que nosotros no éramos como del agrado de él. Incluso con el mismo Bernard Hinault se vivían disgustando.

¿Usted tuvo roces con él?

No, pero sí era un corredor que aprovechaba las ocasiones para joder, a todos, no solo a nosotros.

En 1985 arman el equipo Café de Colombia, ahora sí profesional, con Fabio Parra y “Lucho” Herrera como los líderes. ¿Quién era el capo, realmente?

Ambos.

¿Es cierto que en una etapa a usted se le cayó la caja de dientes y que, en la noche, tuvieron que hacerle una de urgencia?

Yo había perdido los dientes por las caries, porque en ese tiempo no había plata para nada; entonces ahí llegaba alguien y le sacaba las muelas a uno y ya. El caso es que en una etapa del Tour se me metió una avispa a la boca cuando iba andando. Y por botar la avispa, se me fue la caja de dientes… La avispa me picó y la lengua se me puso así de grande. Y como íbamos a 65 km/h, pues ni modo. Esa noche dormí en la casa de un odontólogo que me hizo las impresiones. Al otro día, a las cinco de la mañana, me la trajeron y volví a salir.

Usted corrió el Tour 85 con la misma tendinitis que lo hizo retirar en España. Pero ganó dos etapas, incluida la mítica etapa de Saint Étienne donde cruzó la meta con sangre en el rostro.

Lo que pasa es que en verano se derrite el pavimento y quedan manchas como de “neme”, que llama uno aquí. Yo llegué a una curva donde había una mancha grande y yo, por esquivarla, me boté por la orilla para sacar la bicicleta, pero la llanta delantera alcanzó a coger la arena que se hace en las curvas y se me fue la bicicleta hacia arriba. Y ahí me caí. Pero más me demoré en caerme que en pararme y arranqué otra vez con esa bicicleta toda torcida. Y no me había dado cuenta de que me había cortado la cabeza, cuando comienza a caer sangre… No faltaban sino 3 o 4 kilómetros para la meta... Esa es la foto que sale en todas partes.

En 1986 a los colombianos no les fue muy bien y dejaron de ser “la sorpresa”. Entonces, en el 87, llegan sin favoritismo, sin ruido... ¿Eso ayudó para ganar la Vuelta a España, un triunfo que solo pudo equiparar Nairo Quintana, casi treinta años después?

Yo pienso que sí. Incluso yo no quería ir a la Vuelta a España. Yo decía que no estaba preparado. A mí me dijeron: “Tranquilo, usted va y hace la presentación y se entrena para el Tour. Usted no va a ganar la Vuelta a España, así que no hay compromiso”. Cuando empezó la vuelta, con buen tiempo y todo andando, yo iba muy bien. A los 10 días de la Vuelta, yo veía que seguía a uno y dos minutos de los duros de la general, entonces pensé: “Esto se puede”. Recuerdo que un día antes de la etapa de los Lagos de Covadonga miré la tabla de la general en un periódico y miré los que estaban ahí y me dije: “Yo puedo ganar esa etapa, pero no le voy a decir a nadie”. Entonces, solito, me fui mentalizando, ni le dije nada al técnico, ni nada…Ya cuando empezamos a subir por allá, fue cuando pasé a todo el mundo y cuando la gente me empezó a decir en la carretera: “¡Va de primero!”, y yo no entendía, “¡Que va de líder!”. Entonces, cuando me di cuenta, lo que hice fue apretar más para sacar más tiempo. Después logramos llevar la camiseta amarilla hasta el final.

Todo se dio. Colombia ganó el título, cuatro etapas, la camiseta montaña, la de mejor equipo. Incluso Sean Kelly, que era el gran rival, terminó liquidado y se retiró por un forúnculo… Cuando se tiene que dar, se da, ¿no?

La suerte del ganador, será. Esa vez nos decían que iba a haber vientos de costado, que iba a llover, que nos iban a hacer polvo… Nos vivían metiendo terror todos los días. Pero todo se nos dio. Yo agarré el liderato en la etapa 11 y lo perdí con Kelly en la 18. Pero al otro día lo recuperé. Lo cierto es que al otro año volví a la Vuelta a España, pero ya nos pegaron unas emboscadas muy bravas...

Su recibimiento en Bogotá fue tan grande como el reciente de la selección Colombia. Hasta el presidente Barco se puso su camiseta.

Lo que no supo el presidente es que esa camiseta yo se le había regalado a Héctor Urrego y al “profe” le tocó entregarla para que se la pusiera Barco. Y como que se quedó sin la amarilla...

¿Fue su punto más alto?

El título más grande. Después gané dos Dauphiné Liberé y también gané tres etapas en el Giro.

¿Qué pasó en el Giro de Italia, una carrera que siempre ha sido para escaladores? ¿Quedó faltando ese título?

El frío y la nieve. Eso me dio muy duro. Es que uno viviendo acá… Mire este clima de Fusa, ni se siente... En el Giro se me metía el hielo entre el parche de la cadenilla y se me trababa. Dos veces me tocó bajarme a sacar el hielo que se metía entre los piñones, entonces quedaba la cadena trabada, patinando, y ahí fue cuando se me fue “el Ciego” Fignon, el “finao” Fignon. Es que ellos si están acostumbrados…

¿Cuál es su gran recuerdo del primer Dauphiné Libéré que ganó en 1989?

Que en un mismo día hubo etapa por la mañana y contrarreloj individual con escalada por la tarde. Ese día les gané y gané el Dauphiné. Pero yo ni siquiera fui al hotel a cambiarme. De una a un avión chárter de Grennoble a París; de ahí a un vuelo para Colombia; y de ahí de Bogotá a Medellín. Y al otro día salí a correr la Vuelta a Colombia.

Su carrera prácticamente cerró con su segundo título en el Dauphiné Libéré en 1991. Los expertos dicen que usted dio una demostración inolvidable.

Es que necesitábamos ganar. El equipo no había ganado nada en mucho tiempo y si no ganaba yo, imagínese. Ese día me llegó allá don Saulo Barrera, director del equipo, y duramos medio día hablando: que qué pasaba, que por qué, que por qué no ganaban, tanto que estamos gastando con el equipo y nada; y la prensa la tenemos encima y todo. Entonces pedaleé con todo. Por todo.

¿Y ahí empezó a pensar en el retiro?

Es que el ciclismo entró como en una crisis económica y, cuando ya estaba por retirarme, comenzaron a notarse cosas que casi no las he hablado porque ya eso es tiempo pasado. Pero había corredores allá que, digamos, en la montaña, llegaban a diez o veinte minutos detrás de uno. Y ya en el último año de mi carrera me sacaban cinco o diez minutos.

El doping, Lucho, háblelo claramente...

Ahorita, a raíz de lo de Armstrong (Lance), que le escarbaron toda esa vaina, se dieron cuenta de todo y ahora, parece, tienen eso muy bien controlado. Por eso es que ahora estamos viendo resultados, y por eso es que ahora sí estamos parejos, como es. ¿Recuerda que hace tres o cuatro años había dos hermanos, los Schleck, que subían como motos y ya este año no suben? ¿Y por qué será?

¿Ve a Nairo o a Rigo con posibilidades de ganar un Tour?

Ambos. Pero Nairo tiene más olfato para ganar las carreras. Yo sí creo que se va a ganar todo lo grande.

Los expertos dicen que usted se retiró temprano. ¿Le dio duro la decisión?

Es que eso es muy duro y correr se convirtió en una responsabilidad muy grande. Ya no podía más. Eso es para hombres. [Risas].

¿Es cierto que, después de recibir tanto sol, primero en el campo y luego en las competencias, han aparecido indicios de cáncer en la piel?

Sí, tanto sol tiene que ver. Son lunares malignos. El primero fue un lunar en la frente que tuvieron que borrarme dos veces. Como no me curé en la primera operación, en la segunda me sacaron un buen pedazo [señala la cicatriz]. También tengo unos lunares peligrosos en los brazos.

¿Se acabaron las largas vueltas en bicicleta y uniforme?

No. Algunas veces salgo y me doy una vueltica. Pero, de un tiempo para acá, tengo terminantemente prohibido recibir el sol directo entre las 10:00 a. m. y las 2:00 p. m. Me toca usar manga larga todo el tiempo.

¿Es grave?

Me tengo que cuidar. Pero estoy mejor.

Entonces ya poco trabaja en su jardín…

¡Hmmm…!

¿Alguna vez le pesó la fama?

No.

Treinta años después, ¿todavía lo reconocen?

Los mayores de 40. Lo que más me gusta es cuando los papás les dicen a sus hijos: “¿Usted sabe quién es este señor? A ver, le voy a explicar… Lucho Herrera ganó la Vuelta a España y tal y tal y tal…”. Me impresiona que me recuerden con tanto cariño. Es que yo nunca me imaginé que fuera a llegar tan lejos.

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