Las 114 victorias de unas abuelas que ni olvidan ni se rinden

Las 114 victorias de unas abuelas que ni olvidan ni se rinden

La historia de Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en Argentina. Una lucha de 38 años.

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16 de agosto 2014 , 05:33 p.m.

La desaparición paraliza. No hay defunción reconocida ni duelo posible. Quedan un vacío mucho más grande que el de la muerte y una necesidad imperiosa de salir a llenarlo, de saber qué pasó y por qué. Lo que no abunda para iniciar la tarea son fuerzas físicas y psicológicas.

En ese contexto, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se animaron a salir a la calle a buscar a sus familiares desde los primeros meses de 1976. “A medida que pasaban los días, nos dábamos cuenta de que éramos más y más. Nos íbamos encontrando en comisarías, hospitales, en los tribunales o en los despachos de ministros o militares a los que acudíamos en busca de nuestros hijos. Todas salíamos de allí de la misma manera: con las manos vacías”, recuerda en diálogo con EL TIEMPO Nora Cortiñas, presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.

Con el correr de los meses, comenzaron a fijar reuniones y, a instancias de Esther Careaga y Mary Ponce de Bianco, decidieron constituirse en Agrupación Madres de Plaza de Mayo.

Ellas, junto con Azucena Villaflor de De Vincenzi, desaparecieron a manos de un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, después de una de las tantas reuniones. El hecho, ocurrido en 1977, fue el primer golpe severo que recibieron las Madres. Desde entonces, la Asociación está presidida por Hebe de Bonafini y sufrió una fractura en 1985, cuando un grupo se alejó por diferencias políticas y se reconoció como Línea Fundadora.

De ese núcleo de Madres surgieron las Abuelas, que en 1977 decidieron erigirse como grupo a instancias de Alicia Zubasnabar y María Isabel Chorobik ‘Chicha’ de Mariani. “Sabíamos que nuestra búsqueda iba a tener características distintas, porque estábamos seguras de que, al menos, nuestros nietos estaban con vida”, explicaba Mariani.

Infatigables como el resto de sus compañeras, Mariani y Zubasnabar consiguieron el apoyo de la Diócesis de São Paulo (Brasil), por entonces a cargo del obispo emérito Paulo Evaristo Arns. Gracias a los papeles que Arns, desde Clamor (Comité de Defensa por los Derechos Humanos con los Países del Cono Sur), pudo obtener en Brasil y que Mariani y Estela de Carlotto trajeron clandestinamente al país, se pudo detectar en 1980, cuando aún reinaba la dictadura militar, el paradero de dos nietas. Tatiana Ruarte Britos y Laura Jotar Britos, abandonadas en la calle después de que su madre fue secuestrada.

Ambas habían sido adoptadas por un matrimonio que ayudó a que las niñas recuperaran su verdadera identidad. Algo que no siempre sucedió con el resto de los casos.

Fue ese mismo año cuando ‘Chicha’ Mariani pudo reconocer a su nieta Paula Logares –que fue restituida en 1984– en una foto que había llegado junto con los papeles de Clamor. A partir de ahí las Abuelas realizaron un seguimiento exhaustivo, hasta ubicar a la niña, confirmar su identidad y accionar ante la justicia. Paula se convertiría en la primera niña restituida por la Justicia argentina.

Desde entonces, y hasta la reciente aparición de Guido Montoya Carlotto, son 114 batallas que las Abuelas le han ganado a la parálisis. La mayoría en coyunturas tan difíciles como aquellas de los días de la dictadura. (Lea también: Guido Montoya Carlotto, el nieto de todos los argentinos).

Una vez recuperada la democracia, en diciembre de 1983, las Madres y Abuelas creían que todo sería más fácil, poco y nada cambiaba para ellas. “Fuimos sumamente ingenuas por entonces. Necesitamos un tiempo para darnos cuenta de que las protagonistas de la recuperación de la identidad de nuestros nietos y del reparo de Justicia éramos nosotras”, recuerda Carlotto.

La clave de las Abuelas

Las Abuelas consiguieron en 1987 que el gobierno de Raúl Alfonsín, el mismo que había promulgado las leyes de obediencia debida y punto final (que impedía juzgar a los represores), convirtiera en ley el Banco Nacional de Datos Genéticos, la herramienta fundamental para poder avanzar en la identificación de los nietos.

A comienzos de los 90 las Abuelas consiguieron que el juez federal Gabriel Cavallo dictaminara como imprescriptible la desaparición de niños nacidos en cautiverio, que terminó regresando a prisión al dictador Jorge Videla y a una decena de militares.

Las Abuelas venían de años de lucha y de logros: la identificación de Carla Artés, en 1983, en poder del represor Eduardo Ruffo; la restitución de Elena Gallinari Abinet en 1987 y una de las tenidas judiciales más difíciles de la Asociación, en 1989, para lograr que se anulara la adopción de Ximena Vicario, realizada de forma irregular y con la singularidad de que la niña quería permanecer con su madre adoptiva.

Fue a partir del 2001 cuando sendas investigaciones periodísticas ayudaron a detectar y capturar a varios represores y aportar datos, época en la que Madres y Abuelas entraron en un estadio más vertiginoso en cuanto a resultados.

Así, mientras las Madres de Hebe han caído en escándalos judiciales por presunta corrupción, las Abuelas y el resto de los organismos siguieron adelante su lucha por la verdad. Con las –por entonces únicas– herramientas que contaban. Esas que hoy son imprescindibles. El tesón como filosofía y la esperanza como combustible, para seguir buscando a los más de 400 nietos que aún no recuperan su identidad original.

Se llamará Ignacio Guido

(Efe). El recién encontrado nieto de la titular de las Abuelas de Plaza de Mayo se inscribirá oficialmente con el nombre Ignacio Guido, con lo que sumará al nombre con el que se crió el que le dio su madre tras dar a luz en cautiverio durante la última dictadura militar (1976-1983).

JOSÉ VALES
Corresponsal de EL TIEMPO
Buenos Aires.

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