El mediador, otra de las facetas de Jaime Garzón

El mediador, otra de las facetas de Jaime Garzón

Quince años tras su asesinato, siguen saliendo historias que reiteran la valía de este periodista.

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13 de agosto 2014 , 12:17 a.m.

En el colegio Joan Miró de Berlín, un sábado de agosto del año pasado, me encontraba compartiendo con familiares a la entrada del colegio de mi nieto, cuando los padres (ella croata y él alemán) de una de sus nuevas compañeras, a quienes mi hija les habló de que sus padres éramos colombianos y que habíamos llegado para la ocasión, nos abordaron para presentarnos a unos amigos que querían mucho a Bogotá.

Los recién llegados, dos alemanes de más de cincuenta años, con un hijo joven, llamaron nuestra atención porque hablaban español perfecto y el joven lo hacía con marcado acento bogotano. Al indagarlos sobre su destreza con el español nos contaron que habían vivido por años en Bogotá.

El joven, así como su padre, nació en Berlín, pero la mayor parte de su vida había transcurrido en la capital de Colombia. Estaban de vuelta porque el muchacho iba a estudiar derecho en la Universidad de Humbold. Nos contaron que el padre y el abuelo estaban enterrados en Bogotá, que ambos amaron Colombia y a los colombianos, a pesar de haber sido los dos secuestrados: el uno en los años setenta y el otro en los noventa.

Lo que extrañó profundamente y la entendimos como algo más que una casualidad fue que, al desgaire, el relator de la historia soltó que su padre había sido liberado gracias a la gestión humanitaria, sin pago alguno, de un actor de televisión que había sido asesinado, en ese mes de agosto, catorce años atrás.

“Logramos que liberaran a mi padre gracias a la intermediación de un periodista y actor de televisión”, nos dijo el hombre, muy conmovido.

No lo podíamos creer. Muy impactados les dijimos que Jaime Garzón había sido nuestro amigo, que él nos invitó a ser parte de un grupo que se había especializado en hacer “homenajes” a personalidades, que se había entrenado y estrenado como humorista en las salas de nuestras casas y que con él compartimos momentos inolvidables desde 1980, hasta el día de su muerte, el 13 de agosto de 1999.

El hombre, su mujer, el hijo nos miraban tan asombrados como lo estábamos nosotros. La conversación debía llegar a su fin porque cada grupo tenía planes y debíamos abandonar el centro educativo. Nos despedimos de manera apresurada, tanto así que ni les pedimos sus nombres ni sus teléfonos o direcciones electrónicas; ellos tampoco lo hicieron.

Quedamos por segundos conmocionados. La alegría familiar se impuso a esa ola de recuerdos y nostalgias que de golpe hicieron presencia en esa bella pero extraña ciudad.

Sin embargo, esa no es la única casualidad que ronda esta conmemoración. Qué tal que, justo días antes del aniversario quince del asesinato de Jaime Garzón, el coronel (r) Jorge Plazas Acevedo haya sido capturado y exprese su voluntad de estar dispuesto a contarlo todo, para que por fin se develen los nombres de los miembros de inteligencia del Ejército comprometidos con los paramilitares (Carlos Castaño, entre otros) que, según la Fiscalía General de la Nación, son los autores intelectuales de ese crimen, que ya ha cobrado siete muertos en esa larga y enredada etapa de investigación que también ha hecho entrar y salir de la cárcel a un número considerable de sicarios señalados de ser autores materiales, que a la final resultan inocentes.

La intermediación de secuestros le permitió a Jaime Garzón conocer a profundidad una de las facetas de la corrupción, la violencia y criminalidad que se ejecutaban no solo en los bajos fondos, sino en altas esferas de los cuerpos de inteligencia del Estado. De manera ingenua, tan pronto ató cabos y comprobó esas tenebrosas alianzas, tocó varias puertas de despachos oficiales denunciando lo que le parecía no solo inmoral sino delictivo.

Las puertas se abrieron y los oídos escucharon, pero las evidencias no parecieron suficientes y en lugar de prender alarmas, iniciar pesquisas tendientes a encontrar la verdad, lo que sucedió fue que se inauguró una ola de amenazas contra Garzón que arreciaba, con igual fuerza, como crecía su fama de humorista político sin par, comentarista mordaz, analista comprometido en la denuncia de la injusticia y un sensible periodista que entre chiste y chanza les cantaba a los poderosos sus prontuarios por todos conocidos, menos por la justicia.

No creía en las amenazas

No fue fácil para él ni para su entorno más cercano: su compañera Tuti, los hijos de ella que él consideraba como suyos, sus amigos de los últimos veinte años y unos más recientes, compartir esa pesadilla y sentir que las horas se le agotaban, de acuerdo con razones que le hacían llegar sus verdugos, pero que él, otra vez muy inocente, las desestimaba porque se sentía por encima del bien y del mal.

Una noche, semanas antes del asesinato, bastante nervioso, hizo a sus amigos del Rotundo la confesión de las amenazas. Los enteró en detalle de ese expediente siniestro que había ido recopilando, en los dos últimos años: cómo operaban las mafias del secuestro. Los presentes consideraron, sin pedir datos adicionales, que la situación era muy grave. Uno de ellos, con voz serena pero inflexible, lo conminó a entrar a la clandestinidad. Su plan, dijo el médico, era sacarlo de inmediato del país.

Lo que se acababa de escuchar no era para menos. Esa noche, en la próxima hora, debía abandonar su casa, en el carro de alguno de los presentes o en su propio jeep, para pasar el resto de la noche en la casa que escogiera, ojalá lo más alejada de la propia y salir a la madrugada hacia Cúcuta, ciudad en donde el amigo contaba con una red de apoyo que les ayudaría a pasar la frontera, para que Jaime Garzón se refugiara en alguno de los pequeños pueblos fronterizos venezolanos, mientras la situación se aclaraba o entre tanto quienes hacían parte de esa legión de amigos, con poder, movieran sus influencias para evitar que el operativo de muerte se ejecutara.

Según Garzón, Carlos Castaño ya había enviado la orden a un grupo de criminales de la banda de Las Terrazas de Medellín que se hallaba en Bogotá, aun cuando le aclaró que, muchas veces, las órdenes no alcanzaban a ser acatadas por los ejecutores materiales. Una vez recibido el dinero no daban marcha atrás. Muchos de los oyentes consideraron extremo el plan, pero casi ninguno opinó de manera distinta.

Jaime Garzón esgrimió una y mil razones para no atender a esa operación de salvación; confesó que aunque estaba muy asustado, sentía que su buena suerte le serviría para esquivar a la muerte a la que invocaba, en broma, cada día porque aseguraba que él no quería llegar a los cuarenta años. También repetía divertido que todas las mañanas se cambiaba el calzoncillo porque no podía haber nada más patético que un asesinado con la ropa interior sucia.

Uno de los periodistas del grupo, unos meses atrás, le había organizado a Garzón una reunión en casa de Rafael Pardo y Claudia de Francisco, que fueron entrañables amigos del ministro de Defensa, Rodrigo Lloreda, en la que participaron, entre otros, Enrique Santos Calderón, María Emma Mejía y otras personalidades, con el fin de enterarlos de lo que el periodista había descubierto. Por el fatal desenlace, la reunión no tuvo ninguna consecuencia.

A pesar del cariño, afecto y admiración hacia Jaime Garzón, muy pocos de sus amigos nos aventuramos a suponer que, quince años después de su muerte, seguiría insustituible. Como tampoco ninguno de nosotros es capaz de imaginar hasta dónde hubiera podido llegar con su talento, ingenio y sensibilidad que lo caracterizaron y de los que dio muestras en su corta carrera profesional.

Lo que sí esperamos sus amigos, y los millones de personas que aún lo siguen echando de menos, es que se desenrede, a pesar del tiempo transcurrido, esa madeja criminal que ha hecho imposible dar con los asesinos de ese ser maravilloso, inolvidable y talentoso que fue Jaime Garzón.

Promotor del 'MRV​'

Comenzaban los años ochenta cuando Garzón, estudiante de derecho, nos propuso hacer parte del Movimiento Rotundo Vagabundo (MRV), fundado por un amigo suyo, filósofo, a quien apodaba Astete, haciendo alusión al padre Gaspar Astete, el del catecismo. Decía que era tan inteligente que todos sus conceptos eran infalibles.

Los principios del MRV fueron tomados por Astete de un texto budista en el que se enfatiza que las pompas y glorias son pasajeras, se llama a encontrar la sencillez y la bondad en una vida de entrega a los demás. Sus miembros, de tiempo completo, hemos sido: Beethoven Herrera, Hernando Corral, Francesco Ambrossi, María Teresa Penasso, Alonso Ojeda Awad, Gloria Amparo Acosta, Humberto Vergara Portela, Irma Acevedo y Myriam Bautista. Y otros no permanentes: Laura Vitalle, Alberto Rodríguez, María Jimena Duzán, Ramón Jimeno, Juan Tokatlian, Patricia Cleves. En los últimos años: Elizabeta Morelli, Carlos Londoño, Gladys Becerra. Y, claro, Astete, Jaime Garzón y Gloria ‘Tuti’ Hernández

Rito Alejo del Río debe explicar relación con crimen del periodista

La Fiscalía General anunció ayer que citará al general (r) Rito Alejo del Río a rendir versión libre por el crimen del periodista Jaime Garzón.

Del Río, quien fue condenado a 27 años de prisión por la muerte de Marino López Mena, un campesino del Chocó, debe explicar si tuvo alguna relación con el homicidio del periodista y humorista, ocurrido el 13 de agosto de 1999, y si para esa época, siendo comandante de la Brigada XIII del Ejército, ordenó que siguieran al comunicador.

Las autoridades aseguran que el coronel Jorge Plazas, que como oficial fue mano derecha del general Del Río, terminó siendo una especie de ideólogo del Erpac, banda criminal surgida tras la desmovilización del bloque Centauros de las Autodefensas y que fue el brazo armado del narco Daniel el ‘Loco’ Barrera.

Según testimonios de paramilitares, el general Del Río presentó al coronel Plazas con los jefes ‘paras’, quienes habrían enviado hombres a Bogotá para ponerlos al servicio del oficial cuando él era jefe de Inteligencia de la Brigada XIII. Salvatore Mancuso ha señalado desde EE. UU. a Del Río de ser “gran amigo de las autodefensas”.

El ex jefe paramilitar ha asegurado que la coordinación para la llegada de las autodefensas a los llanos se hizo con el general Del Río y con Lino Sánchez, comandante de la Brigada II del Ejército.

La Fiscalía también citó al exjefe paramilitar ‘don Berna’ y a dos oficiales del Ejército.

MYRIAM BAUTISTA
Periodista y colaboradora de ‘Lecturas’ de EL TIEMPO. Autora de ‘Palabras de los mayores’.
Especial para EL TIEMPO

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