La tenista Catalina Castaño habla sobre su más duro rival: el cáncer

La tenista Catalina Castaño habla sobre su más duro rival: el cáncer

Después de ser diagnosticada con cáncer de seno, decidió mirar de frente a la enfermedad.

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09 de agosto 2014 , 08:57 p.m.

¿Y entonces piensa vivir escondida como ese león del zoológico de Pereira al que todos quieren ver, pero nunca aparece?

La pregunta vino de la psicóloga que había empezado a atenderla días atrás. Catalina Castaño salió de la consulta con esas palabras repitiéndose en su cabeza. Acababa de saber que tenía cáncer y no quería dejarse ver de nadie, ni contárselo a nadie, ni estar con otras personas que no fueran sus papás y sus dos hermanas. No tienes por qué ser ese león escondido, le insistió la doctora. Era verdad, pensó, por qué ocultarse.

El pasado febrero, Catalina estaba en Brasil. Había viajado para participar en dos torneos de la WTA (Women’s Tennis Association) que podían darle los puntos necesarios para garantizar una buena temporada de Estados Unidos y Europa.

Estaba sin entrenador ni patrocinio y ella sola debía organizar todo: desde la táctica para los partidos hasta el hotel donde alojarse. La competencia no salió bien y de ambos torneos quedó fuera rápidamente. ¿Por qué me pasó esto?, se preguntaba con cierta rabia. La desanimaban las derrotas. Pero otra cosa la tenía inquieta: estaba sintiendo punzadas en su seno izquierdo, fuertes, la dejaban sin aire. Lo primero que haría al volver a Colombia, a Pereira, su ciudad, sería ir al médico.

–Hola, mamá, ¿ya recogiste la prueba?

–Todavía no. Voy más tarde.

Catalina estaba entrenando en el Club del Comercio, en Pereira. Un par de días atrás se había mandado hacer una biopsia y su mamá –que tiene su oficina en el centro y el laboratorio le quedaba más cerca– se había comprometido a pasar por los resultados. Ya eran más de las diez de la mañana y Catalina no creyó que su mamá no hubiera ido por los exámenes. Con seguridad había llegado por ellos antes de que abrieran el laboratorio. En efecto, su mamá, María Eugenia Álvarez, ya los tenía en sus manos, ya los había leído y ya había reunido a la familia para pensar cómo iban a decirle a Catalina que tenía cáncer de seno.

Cuando lo supo no se preguntó por qué yo. Sino qué había hecho mal. En qué se había equivocado. Deportista desde los 10 años, con una alimentación sana, nada de tabaco, menos de alcohol, ni siquiera fiestas. Llevaba una vida de tenista profesional con todo lo que eso implica. Catalina quiso dedicarse a este deporte desde niña, tal vez inspirada por su papá, que jugaba en el club como aficionado. Ella, en cambio, imaginó el tenis como su vida. Quería ser como su ídolo, la alemana Steffi Graf. La veía a ella, elegante en la cancha, triunfadora. Y se imaginaba igual.

Durante sus años de estudiante, Catalina se acostumbró a pasar de 8 de la mañana a 4 de la tarde en los salones de clases del Colegio Rafael Reyes, y de 4 a 9 en las canchas. Llegaba a casa rendida, pero antes de acostarse hacía las tareas del día siguiente. No perdió un año y en varias ocasiones estuvo entre las primeras de la clase. Desde niña tuvo claro qué era la disciplina, qué era llevar un método, qué era programarse para lograr resultados. Y llegaron: en julio de 2006 ocupó el lugar 35 en el ranking mundial, que no es poco si se tiene en cuenta que son miles las tenistas que buscan un lugar.

El cáncer no cuadraba en esto.

Catalina Castaño en 2006, cuando ocupó el puesto 35 en el ráking mundial femenino.

***

Catalina sonríe. Es una sonrisa amplia. De verdad. Abre la habitación del hotel donde se hospeda en Bogotá. Está de paso en la ciudad y el frío de las seis de la tarde la hizo guardarse temprano. Se sienta en la cama a conversar y varias veces recorre su cabeza con su mano. No hay un pelo en ella. Cuando vio que se le empezaba a caer a montones después de las quimioterapias, y se lo encontraba en la almohada, en el piso, en todos lados, llamó a su peluquero de siempre y le pidió que fuera a su casa y la rapara. Al hombre se le escurrieron las lágrimas mientras lo hacía. Catalina lo vio llorar, él no le dijo nada. Cortó y salió casi corriendo.

–Estoy mejor así. Me siento rara con peluca –dice ella, con voz fuerte, firme–. Algunas veces me la puse, pero era un lío. Se me torcía y dígame si no es más impresionante ver a alguien con una peluca torcida, tratando de acomodársela, que a alguien calvo. Es más impresionante ver a alguien que crees que tiene pelo y de repente se lo quita porque le da calor, ¿o no?

Catalina mide 1,71 metros, tiene 35 años y su peso ha subido y bajado durante estos seis meses de tratamiento. Tan pronto se supo que la tenista tenía cáncer, la gente empezó a llamarla y a mandarle mensajes que le ofrecían la cura milagrosa, la receta mágica que iba a sacarla adelante sin necesidad de la medicina. “A uno lo diagnostican, pero no lo guían. Nadie te dice qué hacer. Yo estaba acostumbrada a programar todo porque así manejaba mi carrera. Pero con esto no. Acá te dan el resultado y quedas loco. No sabes dónde ir y unos te dicen ni se le ocurra hacerse quimioterapia y otros que sí”.

Pero ella acudió, sin dudar, a la quimioterapia. Lleva seis sesiones y Catalina las describe como “una piñata”. No por lo festivo, están muy lejos de serlo: sino porque no sabe con qué van a venir. Cada una le ha generado reacciones diferentes. Náuseas, mareo, insomnio, sensibilidad a la luz, a los olores, al ruido, falta de apetito. Durante la semana siguiente a recibirla, vive con esos efectos. “Cuando recibí la primera, pensé que me iba a morir ese día. No podía conmigo misma”. Pasaba las horas acostada o sentada, mirando a un sitio fijo para no marearse, sin poder leer siquiera (cosa que le encanta) porque las letras se le movían.

Con el paso de los meses, el tratamiento ha dado efecto. Y Catalina ha decidido actuar con su enfermedad tal como lo ha hecho en el tenis: si encuentra un camino que la lleva a ganar, lo sigue sin quejarse. De frente. “Una vez entrego la confianza, no la pongo en duda. Así era con mi entrenador, así soy ahora con mi médico”, dice.

No fue así desde el principio. Porque Catalina alcanzó a pensar que se habían equivocado y el resultado que le habían entregado era de otra persona. Pereira es una ciudad pequeña, pensó (quiso creer), los laboratorios se pueden equivocar, tal vez se confundieron de paciente, decía cualquier cosa que no la relacionara con la verdad. Incluso, viajó a Bogotá para que le hicieran más exámenes con la idea de que en algún momento iban a decirle que se fuera tranquila para su casa porque que no tenía nada. Pero todo fue confirmado. Un médico le dijo que sí, que tenía cáncer, que ahí le daba la dirección de un sitio donde conseguir pelucas porque las iba a necesitar. “De ahí salí llorando, pero en serio. Le dije a mi mamá: ‘me voy a morir’ ”. Esto se le sumó a las voces que empezaron a llegarle de cada esquina: “No entiendo por qué, en estos casos, todo el mundo se vuelve médico y trágico. ‘Conocí a fulana que le pasó lo mismo que a ti y se murió’, te dicen. ‘Y a mengano, que le dio metástasis’. Y uno apenas asimilando la noticia, se pregunta: ¿sería necesario que me contaran eso?”.

En su ciudad, por fin, encontró un especialista que le habló con calma, que le explicó en detalle el tratamiento, que le preguntó por su historia y la de su familia. La oyó.

***

Pudo ser el estrés.

O un desamor.

Pudo ser porque mi mamá tuvo un herpes cuando me esperaba.

Pudo ser.

Catalina ha estado buscando razones. Para entender por qué. No había herencia familiar, nadie en su casa lo había tenido. Su vida era sana en lo físico. En lo emocional había pasado por momentos difíciles. Cinco años atrás vivió una relación tormentosa con un entrenador. También afrontaba mucho estrés en su carrera. Un torneo tras otro, un país tras otro; un triunfo, las derrotas. Su perfeccionismo la llevaba a querer siempre más. Nunca era suficiente. “Apenas ahora, que me siento como si me hubieran sacado del mundo en el que estaba para meterme en otro, analizo y quedo aterrada de cómo era conmigo misma. Vivía en una exigencia infinita”.

Creció en un hogar católico, pero desde hace catorce años pertenece a una iglesia cristiana. La fe le ha ayudado mucho en el tenis y, cuando se enteró del cáncer, pensó: ahora, más que nunca, voy a entregarme a Dios. “Más que pelear con Dios por lo que me pasa, mi actitud es: tengo que fortalecer mi fe. Incluso me dio susto de fallar en ella”. Y se ha sentido acompañada en los momentos más duros de estos meses. El peor de ellos fue cuando se enteró, a principios de mayo, de la muerte de la tenista inglesa Elena Baltacha, de 30 años, que sufría de cáncer en el hígado.

Catalina quedó inconsolable con la noticia. Había pensado escribirle y no alcanzó. Se metió en el baño a llorar a escondidas para que no la vieran sus papás ni sus hermanas. Pasó dos días enteros en las mismas hasta que visitó a la psicóloga. Ella le preguntó por qué le había afectado tanto. Catalina entendió que lo que había pasado con Elena la había hecho pensar en su propia muerte. En la posibilidad de morir. “Terminé dándome cuenta de que es bueno enfrentar ese tema”, dice Catalina.

–¿Y cómo lo enfrenta?

–Pues que todos nos vamos a morir. Pero uno tiene que dar la lucha. Uno no se puede dejar morir porque le dicen cáncer.

La semana pasada se hizo un examen para revisar su cuerpo y confirmó que no hay metástasis. También se reunió con su médico y decidieron que en los próximos días se hará una cirugía para retirar el tumor, que se ha reducido de tamaño. Los buenos resultados, para Catalina, tienen que ver con su fe y su actitud. Cuando le preguntan cómo está y ella se siente bien, responde que está muy bien. Cuando le preguntan en uno de esos días en que se siente mal, ella responde: bien. “Me han contado de personas a las que no les hace efecto el tratamiento porque se ponen tristes. Que por el pelo, las cejas, las pestañas. Aquí, donde me ves, tengo cejas pintadas. A mi mamá le ha dado más duro verme sin pelo que a mí. Yo sigo con la idea de ganar. Como en el tenis”.

Como en el tenis.

Aunque para ella este deporte, como profesional, ya quedó en el pasado. No tiene contemplado volver a una cancha a competir. Porque piensa que todo lo que está viviendo pasó precisamente por llevar su cuerpo al límite. “Y no voy a recuperarme de algo así para volver a someterme a lo mismo”.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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