Indígenas del Amazonas celebran el Mundial y ganan del turismo

Indígenas del Amazonas celebran el Mundial y ganan del turismo

A los turistas también les ha quedado tiempo para conocer la vida ancestral.

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26 de junio 2014 , 03:15 a. m.

Entre la modernidad y el modo de vida ancestral, los indígenas del poblado de Tupé, en el corazón de la selva amazónica, festejan cada partido de Brasil en el Mundial-2014 con sus tatuajes rituales sobre una mejilla y un maquillaje 'verdeamarelo' en la otra. (Vea acá las imágenes)

El lunes, cuando la 'Seleçao' ganó 4-1 a Camerún, fue también "día de turistas", como ha sido habitual durante el Mundial. Por lo general, hay dos o tres días por semana con espectáculos, pero ahora los grupos desfilan continuamente desde que comenzó la Copa del Mundo.

Rodeados de monos y buitres, los turistas son acogidos en un lugar de culto tradicional construido con maderas y hojas de palma.

Situada a algunos kilómetros de la ciudad de Manaos, esta comunidad de 25 habitantes con miembros de cinco tribus diferentes se estableció aquí en 2002, en una de las ramas del río Tarum Mirim que desemboca en el Rio Negro.

Mientras un grupo de turistas espera fuera, entretenidos en los puestos de bisutería artesanal, otros asisten a un espectáculo mecánico y perfectamente planeado que se repite de forma incansable.

Los 'visitantes' tienen derecho al paquete completo: los indígenas visten plumas, vestidos tradicionales, taparrabos, hojas, tatuajes y cascabeles elaborados con huesos frutales en los pies.

Más tarde, las mujeres del poblado invitan a presenciar una danza y todo el mundo observa sin olvidar dejar su aporte en el cesto. También tradicional, por supuesto. El único detalle inquietante es que uno de los bailarines lleva un slip de marca occidental.

"Nosotros actuamos como intermediarios entre los poblados y las agencias de turismo", explica un funcionario del gobierno que está presente. "Tratamos de integrar a los habitantes con el mundo que les rodea. Cuando nunca se ha enfrentado al dinero o al alcohol no se sabe lo que puede producir. Normalmente, ellos no conocen tampoco la riqueza de su hábitat y no saben cómo atraer a los turistas", añade.

- Escuela por internet

La comunidad es dirigida por Raimundo Veloso Vaz, un chamán de 78 años que se atribuye el título de "embajador de indígenas" desde que realizó sus visitas a Europa para defender su cultura.

"Un hotel flotante acababa de instalarse al lado y pensamos que era una buena ocasión para dar a conocer nuestras tradiciones", explica. "Poco a poco otros indígenas se unieron y se mezclaron con nosotros".

El poblado cuenta ahora con una escuela que proporciona enseñanza a distancia, vía internet, y con dos generadores que se turnan hasta la noche para suministrar electricidad.

"La gente vive aquí con un modo de vida tradicional, eso nos permite preservar intacta nuestra cultura. Todo lo que sé está en mi cabeza y trato de transmitirlo. Algunos son sensibles, otros menos. Nunca hemos forzado a nadie", continúa contando con un cigarro en la boca, cuando los visitantes del día ya se han marchado.

"Los ingresos del turismo nos permiten vivir. Para algunos grupos, es sólo un entretenimiento, pero otros tienen un verdadero interés. Nos gustaría hacer más para restaurar nuestro hábitat, pero no podemos tocar la selva. Por ello, tenemos que comprar la comida.

Me gusta lo que hago, pero sé que también participo del sistema", reconoce. Y pronto se hace la hora de lanzarse a las pantallas planas para seguir a la 'seleçao'. "Hinchamos todavía más por ellos, ya que somos más brasileños que el resto, teniendo en cuenta que estábamos aquí primero", ríe una vez más Raimundo. "Este Mundial es algo bueno para el país.

A nosotros nos va a traer más dinero, y espero que la gente conozca mejor nuestra cultura, la respete más", dice.

Pantallas planas

Delante del chamán, su hija se borra los motivos rituales que lleva en la cara, se quita el taparrabos, se pone un sujetador, la camiseta de Brasil y se dibuja en las mejillas la bandera nacional. Los goles son recibidos con un corno y con unos petardos que suenan como bengalas de rescate.

En el suelo hay varias latas de cerveza y envoltorios de caramelos. "Todos los sábados jugamos partidos en la comunidad y las mujeres lanzamos tandas de penales, que es lo más divertido", explica Umussi, Giseli para el Estado civil brasileño.
A esta joven de 25 años, la más apasionada del grupo y que grita sin cesar durante el partido, le gusta este tipo de vida sencilla. "Aquí estamos muy bien, podemos comprar la comida fácilmente en Manaos y tenemos hospital para los niños.
Donde vivíamos antes era una zona de vegetación muy densa de la selva. Si no trabajáramos con los turistas, no podríamos vivir", reconoce Umussi antes de dar su cuenta de Facebook.

Su marido es alemán y la mujer de otro miembro de la comunidad es siciliana. La vida de los indígenas, sin embargo, no es fácil y, a causa de sus costumbres atípicas, son víctimas de una reputación de vagos entre sus compatriotas.
"Antes, los misioneros decían que nuestros poblados eran lugares malos, que éramos satánicos. Hoy, el museo de Manaos saca el dinero de los turistas y nosotros no vemos nada", se queja amargamente el líder del poblado contra las autoridades locales.

AFP

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