Fútbol y celebración

Fútbol y celebración

Me consuela saber que llegará el día en que los gobernantes no tendrán que acudir a la 'Ley seca'.

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25 de junio 2014 , 07:04 p.m.

El 5 de septiembre de 1993 salí a celebrar el apabullante triunfo de Colombia sobre Argentina. En las calles de Bogotá no cabía un alma. En el tramo de la carrera 15 con 100, el tráfico se había atascado. Lo único que se movía en círculos de ebriedad era la multitud. Nunca antes, la Patria había estado tan por encima de un partido... de fútbol.

Los gritos de júbilo patriótico se mezclaban con insultos al perdedor. Nada novedoso. Algunos comentaristas deportivos “machacan”, “destrozan”, “pulverizan” al equipo que acabamos de derrotar. Esa noche de septiembre, no bastó haberle ganado al adversario; había que humillarlo, como sucede en nuestras disputas políticas y sucede en el implacable código de las mafias.

El ingenio de los versificadores se ensañó ese día con Batistuta, el centro delantero argentino. Las más envenenadas rimas caían sobre el arquero Goycochea, cuyo apellido rimaba con el insulto que habían puesto de moda las películas de Víctor Gaviria.

“La gran olla a presión patriótica”, al decir de Enrique Santos Calderón, había reventado. Zarandeado por la multitud, levantado en vilo por el sunami del patriotismo, tuve un ataque de pánico y traté de huir cuando la masa se empezó a mover con ímpetu destructivo.

En el 2003, un taxista de Buenos Aires me preguntó de dónde era. De Colombia, le dije. “Che, haceme un favor: no me recordés el 5-0”, pidió con humildad. No pensaba hacerlo. Pensaba agradecerle la oportunidad que Argentina y el azar nos habían dado para celebrar colectivamente en un país azotado diariamente por las bombas del narcoterrorismo.

Nunca volví a celebrar en las calles un triunfo deportivo de Colombia. Ni lloré en privado las derrotas. Cuando nos eliminaron del Mundial de Estados Unidos aprendí mi lección: por muy bueno que sea un equipo, hay que cuidarse de no ponerlo a la altura de nuestros deseos. Eso sí, el 2 de julio de 1994, lloré de rabia el asesinato de Andrés Escobar.

Por carácter o por pudor (soy un Virgo domesticado por la racionalidad), casi siempre celebro los triunfos nacionales en pequeños grupos de amigos y atribuyo las derrotas de mi equipo a insuperables jugadas del destino. Me parece incomprensible que un día endiosemos a quienes nos dan los triunfos y al siguiente, cuando los derrotan, los envolvamos en papel excrementicio.

A lo mejor es así en todas partes y el problema no sea nacional, sino un deplorable error de la condición humana. Me consuela saber que, con el tiempo, las sociedades les tuercen el cuello a sus aberraciones colectivas y que llegará el día en que los gobernantes no tendrán que acudir a una medida de estado de sitio (ley seca) para prevenir los desafueros de la felicidad.

Colombia tiene ahora un gran equipo de fútbol y un director técnico prudente y sabio. Esta Selección no es mejor ni peor que la de 1994. Es el resultado de una larga paciencia y de la aparición de figuras individuales con talento y muchas ganas. No son quizá los mejores del mundo, pero sí son dignos de figurar entre los mejores. Si no consiguen llegar a las finales o a los cuartos de final, ya hicieron lo que se creía imposible: ponernos felices y a soñar.

A veces, las desilusiones son directamente proporcionales a las ilusiones. En el amor, en el deporte, en las cosas que comprometen el corazón, debería haber un regulador de las ilusiones extremas. Una gota de realismo. Sobre todo, en un país donde triunfos y derrotas se celebran o lamentan con borrachera y violencia destructiva.

Óscar Collazos

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