Mondragón: El eterno portero de la selección

Mondragón: El eterno portero de la selección

El 'turco' habló con BOCAS en la edición 15, mucho antes de su emocionante paso Brasil 2014.

24 de junio 2014 , 05:51 p. m.

Era rubio y de pelo liso, pero el cloro –o por lo menos eso dice su mamá– se le tiró la pinta de gringo. Quedó para siempre “chuto” y castaño oscuro.

Y realmente pudo ser el cloro. A partir de los cinco años, hasta los 11, todos los días a las 4:30 a. m. sus padres lo levantaron de la cama para ir a nadar. Y del agua al colegio y de allí, de nuevo, a las piscinas, a otro largo par de horas por la tarde.

Queda claro, entonces, que el deporte era una opción de vida en su casa.

Gracias a ello, Faryd Camilo Mondragón Alí compitió por el Valle del Cauca en varios torneos nacionales infantiles y, por Colombia, en un par de Juegos Centroamericanos y en unos Panamericanos. Sus especialidades eran los 100 metros pecho y, poco antes de finalizar su rauda carrera acuática, los 100 metros libres. Pero su verdad era otra.

Su auténtica pasión fue y ha sido la que Colombia, Suramérica y el mundo conoce desde hace 22 años cuando debutó profesionalmente con la camiseta del Deportivo Cali, el 22 de julio de 1990, en el estadio El Campín de Bogotá, frente a Santa Fe, en una tarde inolvidable en la que dejó su arco en cero.

Una imponente presencia como guardameta que no solo le ayudó a recorrer los cinco continentes, y vestir un sinnúmero de camisetas, sino que lo hizo superar su propia marca como el jugador de más edad en actuar con la selección Colombia –récord que él mismo había impuesto el 12 de octubre de 2010, a los 39 años, tres meses y 21 días, cuando Hernán Darío el Bolillo Gómez lo puso a atajar frente a Estados Unidos en un amistoso–, y que el pasado 16 de octubre, en el estadio Metropolitano de Barranquilla, frente a Camerún, lo transformó en nueva marca: en ser el jugador más longevo en vestir la tricolor en toda su historia.

Fue una linda jornada en la que la selección ganó 3 a 0, al mismo tiempo que Faryd exhibió sus 41 años, cinco meses y un día, ahí, en la defensa de la portería nacional. “Una noche en la que tuve que aguantar las lágrimas cuando los barranquilleros se pararon a aplaudirme y, aún más, cuando los compañeros me entregaron la camiseta oficial del portero de Colombia firmada por todos”, subrayó.

Y ya son 19 años –con algunas interrupciones– en el arco de la selección Colombia. Y pueden ser más. Si todo sale bien, si los planetas se alinean a favor de Colombia y si el grupo que dirige Néstor Pékerman logra la clasificación al Mundial de Brasil 2014, el hoy eterno portero de la selección podría volver a una Copa de Mundo como jugador. ¿Por qué no?

Entonces, si lo siguen teniendo en cuenta, “sería el hombre más feliz de mundo”, dice el Turco con un brillo en los ojos que, ya se sabe, solo lo otorga el privilegio de la ilusión.

¿Cuándo cambió la natación por el fútbol?

La rebelión fue a los 11 años. Le dije a mi papá que ya no más natación, que lo mío era el fútbol. Es que desde muy chiquito hinché por el Deportivo Cali y tuve una fijación por Pedro Antonio Zape que era nuestro gran ídolo, tanto en el equipo como en la selección. Y de la misma manera, yo deliraba por el “Pato” Fillol. Así que, en el colegio, a los once, pedí el arco.

¿Ayudó la talla?

Claro. Siempre fui alto (1,91 metros), por lo cual también hubo acercamiento al baloncesto y una larga temporada en el voleibol. Incluso todavía juego en la playa… y lo hago bien, ¡ojo!

Una amiga suya me confesó que en el colegio le pidió un autógrafo y que usted le escribió lo siguiente: “Con mucho cariño, de quien será el mejor arquero de Colombia”. ¿Así de programado estaba?

¡Uyyyy!, no me acordaba. Pero sí, así fue. Podría tener unos 14 años y, en efecto, ese era mi sueño.

¿Cuándo empezó a atajar en serio?

A los once años, en un partido entre el Colombo Británico (su colegio) y el Bolívar. El entrenador de ellos era el técnico de las divisiones menores del Deportivo Cali y, gracias a ese partido, decidió llevarme. Luego apareció la fundación Carlos Sarmiento Lora y a partir de ahí arranqué a entrenar todos los días. Allá comenzó todo con el “Tino” Asprilla, Miguel Calero, Óscar Córdoba y Mario Yepes.

¿Y cuándo empezó en el Deportivo Cali?

En 1989, cuando me llaman a la segunda división, bajo el mando del profesor Carlos Portela Valdiri.

¿Es cierto que su debut en primera fue un “arepazo”?

El Cali, en 1990, había contratado al técnico Jorge Luis Pinto quien traía de titular al portero argentino-boliviano Carlos Leonel Trucco. El número dos era Jorge Rayo, pero estaba lesionado. El número tres era Óscar Córdoba, pero lo iban a prestar a otro equipo y si jugaba ese partido quedaba inhabilitado. A Trucco, por cosas del fútbol, no le había llegado el “transfer” internacional, entonces no pudo debutar. O sea, todo se conjugó. Lo más chistoso es que yo ni siquiera entrenaba con la profesional. Recuerdo que aquel sábado recibí una llamada a mi casa: “¿Por favor Faryd Mondragón? –era una voz muy seria–. Le habla Jorge Luis Pinto. A las 3:30 p. m. tiene que estar en la sede del club porque el bus del equipo profesional sale al aeropuerto y le toca jugar mañana contra Santa Fe en Bogotá, allá lo espero”, y colgó.

¿Un sueño apresurado?

Yo no sabía qué hacer. A los dos segundos comenzó a sonar el teléfono: eran todos los periodistas de la ciudad preguntando quién era yo. Yo no sabía ni qué echar en la maleta. Solo me fui para la sede, me monté en un bus al aeropuerto y me dieron un traje de corbata. Entonces me vi entre leyendas como Carlos Mario Hoyos, “Barrabás” Gómez, Bernardo Redín y el “Huevito” Gil, con quien me tocó en la habitación. Recuerdo que él me dijo: “tranquilo que jugar en segunda división es más difícil que jugar en la profesional”. Así que yo salí a jugar mi partido con la inocencia de los 19 años y cero entrenamiento en el plantel profesional. Tuve un par de buenas atajadas, un par de errores imperdonables y la buena suerte de sacar un empate a ceros. Cumplí el sueño de haber debutado con el equipo de mis amores y en una ciudad como Bogotá.

¿Y siguió tapando?

¡Nooo! A la semana volvieron los titulares. Vine a tapar hasta el otro año que mi papá se fue a vivir a Barranquilla y, aprovechando que el Cali tenía una buena relación con el Sporting, donde habían prestado a Miguel Calero, me abrieron un espacio. Calero regresó al Cali y yo me fui, ahora sí, a debutar en serio, de domingo a domingo, en ese nuevo proyecto costeño. Allá me hicieron goles por “la galleta”, tuve salidas en falso, golpes idiotas, alegrías sinceras, tristezas de todo tipo, en fin, la mejor escuela. Incluso, por una linda actuación ante Nacional, donde saqué de todo, me llamaron para los preolímpicos. Recuerdo que el “Tino” Asprilla fue el que me llamó a decirme que me iban a convocar. Y así fue. Hicimos un bellísimo combo y clasificamos a Barcelona 92.

¿Es cierto que el M-19 –una vez desmovilizado– iba a patrocinar al Sporting?

Sí, eso es verdad. El equipo no tenía patrocinador y no nos pagaban nunca. Cuando se vino el clásico con el Junior, con el estadio lleno, la presidenta encargada del equipo, doña Betty, nos dijo “ya tenemos patrocinio y son los camaradas del M-19”. Nos dieron unas camisetas con un letrero del M-19 gigante en el pecho. Cuando ya íbamos a saltar a la cancha, el comisionado de campo de la Dimayor no nos dejó salir: “Eso es contra el reglamento” y se atravesó. Así que volvimos a las rayas amarillas y negras de siempre.

Un grupo de empresarios compró los derechos del Sporting y convirtió al equipo en el Real Cartagena. ¿Cómo es eso de hacer parte de un equipo debutante?

Muy lindo porque la afición nos respaldó masivamente y porque hicimos un “campañón” que me puso en los ojos de los grandes equipos del país.

Pero en los Olímpicos de Barcelona a Colombia le fue muy mal y, por ende, a usted. ¿Qué pasó en esos Olímpicos?

Era un equipazo: el “Gordo” Valenciano, el “Tino” Asprilla, el “Betún” Lozano, Miguelito Calero en el arco. Pero pagamos la “primiparada” porque, por un lado, nos metieron a una villa olímpica donde éramos diez jugadores por apartamento, en pleno verano, solo dos baños y sin aire acondicionado. Y por otro, nos íbamos a dar vueltas y las distracciones eran constantes: nos servíamos platos como “titanics” y comíamos helado como bobos. Y por último, en el tema deportivo, cero concentración. Entonces, obvio, nos devolvieron rapidito.

Volvió al país, se fue a Santa Fe un rato, otro tiempo al Cali y de ahí a Cerro Porteño, en Asunción. ¿Por qué allá?

Porque ellos necesitaban un portero para la Copa Libertadores. A mí me llamaron y yo, con 21 añitos, dije: “pero claro”. Esa Libertadores fue famosa para la hinchada de Cerro porque eliminamos a Ríver, a Newells y ganamos el clásico con Olimpia. Llegamos a semifinal con ese famoso São Pablo campeón del mundo que nos sacó con un 1-0 apretado en el Murumbí. Todavía los hinchas de Cerro me celebran.

¿Es verdad que en ciertos momentos los jugadores paraguayos solo hablan en guaraní?

En el primer clásico que jugué contra Olimpia, cuando íbamos llegando al estadio Defensores del Chaco, de repente escuché a mis compañeros hablando en guaraní, con los ojos desorbitados. Yo no entendía un carajo y cuando volteo a mirar, todo el mundo estaba debajo de las sillas, cubriéndose con los maletines. En ese instante encendieron el bus a piedra y, cuando yo me boto al suelo, ahí me habló en español el “Papi” Sotelo: “Bienvenido a Paraguay chera´a”, que es como se dice amigo en guaraní.

Gracias a sus actuaciones con Cerro, lo llamaron por primera vez a la selección de mayores, ¿cierto?

Sí, para un partido amistoso contra Venezuela en Bogotá. Para la despedida de Arnoldo Iguarán. Recuerdo que llegué al hotel Tequendama y que me recibió el ‘Bolillo’: “Venga pues pa que conozca a Pacho”. Cuando vi a Maturana se me puso la cara roja y comencé a sudar. Me acuerdo que Hernán Darío me la montó: “Vea al ‘Turco’, Pacho, tiene pena, véalo todo rojito a este grandulón”. Entonces, cuando bajé al comedor los vi a todos sentados: Leonel, el “Pibe”, Freddy, Iguarán, todo ese combo que tres años atrás, por t.v., había visto jugar contra Alemania en el Mundial. Yo ni levantaba la mirada del plato.

Luego se quedó sin club, ¿no es así?

Sí, se acabó lo de Cerro Porteño y hubo tanta oferta que, como suele suceder, finalmente se quedó en nada. Así que mi club era la selección porque, además, también estuve para las eliminatorias del 94. Luego apareció Argentinos Juniors que armó un lindo equipo: el chileno Jaime Pizarro, el uruguayo Gabriel Cedrés, el argentino Ortega Sánchez y el paraguayo el “Toro” Acuña. Mi debut fue sensacional: le ganamos 2-0 a Racing y fui la figura.

Entonces el Deportivo Cali se dio cuenta de lo que tenía y se lo trajo, ahora sí, de titular...

Sí, con el equipo del “Piojo” Yudica. Eso fue el segundo semestre del 94. Atajé muy bien e inmediatamente apareció una oferta grande de Santa Fe que el Cali no pudo ignorar.

¿Cuánto pagaron por usted?

Quinientos mil dólares, que para entonces era un montón.

Inmediatamente viene la oferta de Independiente, ¿de cuánto fue?

De un millón de dólares. El doble en seis meses.

¿Cómo es eso de que usted fue, por unos días, propiedad del Atlético de Madrid?

Porque Santa Fe repatrió al “Tren” Valencia del Atlético de Madrid y yo quedé de garantía bancaria allá, hasta que Independiente le pagara la plata a Santa Fe y, con ese billete, le pagaran al Atlético.

Lo suyo en Independiente fue sencillamente excepcional. ¿Fue tal vez su mejor momento?

Puede ser. Atajé la Supercopa y salí campeón. Le ganamos a Flamengo, en Río, y dimos la vuelta olímpica en el Maracaná. Ya después en el camerino, en la ducha, me puse a llorar. Luego llamé a mis papás y les dije: “Soy campeón”.

Los hinchas de Independiente dicen que usted es el arquero extranjero más grande que tuvo el club. ¿Tanto lo adoran?

Supe que hay varios niños a quienes les pusieron el nombre Faryd. Incluso, el “Turco” Mohamed, que es hincha a morir, también le puso así a su hijo.

También tuvo la oportunidad de ser dirigido por Menotti. ¿Tan grande es el “Flaco” como lo pintan?

Y más. Explota al máximo el tema psicológico, particularmente la autoestima. Luego, obliga a jugar bien. Con él perdimos el título dos veces con Ríver. Claramente éramos los que mejor jugábamos en toda la Argentina.

Luego, en 1997, después de la gloria, viene un bajón, incluido el gol tonto en Barranquilla contra Argentina. ¿Feo recordarlo?

Ese gol del “Piojo” López me marcó y ya después todos los goles eran por culpa de Faryd. Entonces terminó tapando la eliminatoria Miguel Calero, contra Venezuela, que fue cuando clasificamos, y el último partido, contra Argentina, lo tapó Óscar Córdoba. Pensé en no volver a la selección, por inmaduro. Incluso creí que había una persecución contra mí y entré en un desubique personal tan tenaz que abandoné mis principios: pasión, trabajo y corazón.

Pero es que la competencia era brava: Córdoba y Calero…

Obvio. Es que lo mío no ha sido virtud. Yo no nací superdotado como si nacieron Óscar Córdoba, Miguel Calero y René Higuita. Lo mío fue pasión, trabajo y corazón, insisto.

¿Y se abandonó un poco?

Sí, me distraje del entrenamiento profesional. Todo el año 97 estuvo lleno de números negros y terminó, para redondear, con un desgarro en el gemelo. Luego llegó el 98, que fue el año del Mundial y fue precisamente Menotti quien me sacó del hueco. El titular era Scoponi y un buen día el “Flaco” me dijo: “Vos tenés que ser el arquero de tu país en el Mundial y, para eso, tenés que ser el arquero de Independiente”. A mí se me salieron las lágrimas y cambié toda mi actitud. Volví a entrenar con toda, pensé positivo, logré la titular en Independiente y me volvieron a llamar a la selección.

¿Y de nuevo la competencia con Córdoba y Calero?

El Bolillo nos dijo: “Hay tres partidos amistosos: Escocia en Nueva York, Alemania en Fránkfurt y Bélgica en Bruselas. Cada arquero va a tapar un partido. Después tomaré mi decisión”. Miguel arrancó con Escocia y a mí me tocó Alemania, tapé buenos balones, pero nos clavaron 3-1. Después perdimos en Bruselas, y a Óscar Córdoba tampoco le fue muy bien.

¿En Francia todavía no sabían quién iba a atajar?

No. En los entrenos de Lyon yo la rompía esperando el milagro, tanto que un día me quedé solo, concentrado, casi orando, en un recoveco del cuarto de utilería, arreglando mis guayos. Yo me metí ahí para que nadie me viera. Entonces entró el Bolillo con Gustavo Moreno, gerente de la Selección y le dijo: “Esos buzos están muy feos. Yo quiero que el ‘Turco’, el día contra Rumania, esté vestido con un buzo bien serio. ¿Me ayudás con eso?”. Así me enteré que iba a atajar en el Mundial.

¿Qué pasa cuando un jugador salta por primera vez a una cancha en una Copa del Mundo?

Cuando saltamos contra Rumania, recordé que ocho años atrás estaba en mi colegio viendo jugar a la mitad de estos manes que ahora estaban conmigo. Y me dije, “ahora soy yo el que está acá. Vamos con toda”.

Con Rumania hay una doble atajada que está considerada entre las más grandes de la historia de todos los mundiales.

Realmente es muy buena. Ahí está en Internet. Lo que pasa es que yo estaba muy fuerte, flaquito, ágil, concentradísimo. Y, la verdad, tapé muy bien con Rumania, Túnez e Inglaterra, pero no alcanzó.

Su partido con Inglaterra fue memorable, sacó ocho balones que iban para adentro y terminó en un mar de lágrimas. Algo así como... “no es justo”.

Lloré porque me dije “se me acabó el sueño y yo apenas estoy disfrutando”. Igual no todo fue tan malo; Andrés Pastrana, recién posesionado, dijo: “Quiero ser el Mondragón de los colombianos”. Entonces volví a creérmela. Volví a Independiente, ya con la cabeza vuelta mierda, con ganas de irme para Europa.

¿Es cierto que estuvo cerca de Liverpool y Manchester?

Un poco de cuentos y ofertas que me volvieron a desubicar. Entonces apareció la oferta del Zaragoza en el 99: préstamo por seis meses con opción de compra. Allá bajé de forma, me silbaron y hasta mi propia hinchada me gritó en coro: “Fuera, fuera...”¡Tenaz! Y me descarrilé otra vez... Salí de vacaciones anticipadas, volví a la noche, a ir a comer, a las novias, a no entrenar. Entonces me quedé sin club, hasta que un día llegué a mi casa, cerré la puerta, las cortinas y me puse a llorar por un buen tiempo. Deprimido como nunca estuve. Esa vez pensé en retirarme del fútbol en serio y dedicarme al modelaje que me lo habían ofrecido mil veces. ¡Increíble lo que hace la cabeza!

¿Qué o quién lo sacó adelante? Porque usted volvió, y volvió muy bien...

Mi hermano entró a mi casa, abrió las cortinas y me dijo: “Gran huevón, te levantás, entrenás, adelgazás y volvés a ser el grande que conocemos”. Entonces él me llevó a donde un preparador físico que me puso a punto.

Y de Independiente de Avellaneda al Metz de Francia. ¿Una revancha en Europa, en pleno cambio de siglo?

Me compraron por un millón y medio de dólares. Y volví a vivir, dormir y respirar única y exclusivamente para el fútbol. Y volví y me hice figura. Fue en ese 2000 cuando, un buen día, mi representante me dijo: “El Galatasaray te quiere”.

¿Y lo alcanzó a pensar?

Sí, por que allá fue donde a Faustino le habían quitado el pasaporte y yo creí que eso era la locura. Entonces dije: “Que nos manden los pasajes para ir dos o tres días con mi hermano y pillamos bien el asunto”. Cuando viajamos, nos recibieron unos tipos encorbatados, en unos supercarros, nos pusieron en un hotel cinco estrellas, nos mostraron la ciudad y mi hermano, sin más, me dijo: “Aquí no hay qué dudar. Firmá, Faryd”.

De 2001 a 2007. Seis años en un nivel fantástico…

De los mejores años de mi vida. Con un combo de turcos guerreros en la cancha; con una hinchada increíble que, entera, parece barra brava pero sin muertos; y con un ambiente constante de furor, amor y cariño. Fue el club con el que jugué casi 50 partidos de Champions League y con el que me codeé con lo mejorcito del planeta fútbol.

¿Los turcos son tan raros y chéveres como parecen?

Simpáticos y vivos. Con decirle que, cuando nos tocaba ir a jugar el último partido en la fase de grupos contra la Juventus, estalló una bomba en el consulado británico en Estambul. Entonces los italianos, muy inteligentemente, dijeron “no vamos a Estambul porque no hay garantías”, cuando en realidad lo que buscaban era no ir porque sabían que allá éramos muy fuertes. Así que el presidente de nosotros, muy vivo, dijo: “Vale, el partido se juega en Dortmund”. El tema es que en Alemania viven cuatro millones de turcos y hubo que empezar el partido media hora después porque la cantidad de hinchas del Galatasaray no cabía. Fueron 78.000 turcos a la cancha y ganamos, de locales, 2-0.

¿Qué es lo más diferente del fútbol turco al de otros países?

Que en el avión van los jugadores, el cuerpo técnico y las familias. Obviamente las familias se quedaban en otro hotel, con los dirigentes, quienes les hacen tours. Otra cosa.

¿Qué imagen le quedó de Estambul?

Entrar al Gran Bazar, esa calle interminable en la que, cuando se gana el clásico, se cuelgan las banderas del equipo a lo largo de 20 cuadras. Entonces vos no pagás ni una sola cuenta. Pero si perdés, ni te arrimés...

Y después le tocó enfrentar a Óscar Córdoba cuando tapó en Besiktas. Otra vez la rivalidad...

Ya habíamos compartido esa “rivalidad” en Buenos Aires, en Boca e Independiente, pero no éramos tan buenos amigos. Más bien normal. Pero allá en Estambul nos volvimos muy, pero muy “llaves”. Inclusive estábamos peleando el título y faltando dos minutos, con dos penales, nos ganaron. Ese día yo no sentí el dolor natural de haber perdido, porque yo sabía que era mi amigo quien iba por su primer título allá. Hermanazo.

Y en 2007 llega la propuesta de Colonia, en Alemania... ¿Qué le llamó la atención de un equipo en segunda división?

Al principio dije, “¡qué locura!”, luego, comencé a investigar y encontré que nunca un arquero suramericano había jugado en la Bundesliga y me dije, pues que sea un colombiano. Pero no todo fue color de rosa. Me encontré con gente que estaba aburguesada en la segunda división, porque, si llegan a primera, pues les traen mejores jugadores y ellos van a ser suplentes. Me tocó pelear contra esa mentalidad.

¿Una lucha hasta qué punto?

Hasta “darnos muñeca”, hasta hacer reuniones con psicólogos, hasta convencer al técnico de que sí se podía.

¿Hasta convencer a un técnico de ganar…?

¡Atención! Nos quedaban tres fechas, tres partidos jodidísimos, y teníamos que hacer 9 puntos para pasar a primera. Entonces el técnico dijo: “Solo un milagro nos salva”. Yo levanté la mano en el camerino y le dije: “Perdón, si solo un milagro nos salva, ¿qué hacemos acá? Mejor vamos a la catedral de Colonia, nos ponemos a rezar y no entrenamos más. Si usted cree que solo un milagro nos salva, entonces déjenos solos que nosotros sí confiamos que esto lo podemos sacar adelante”. ¡Y qué mierdero! Después me llamó el director general y me dijo: “Supe lo que pasó, haga de cuenta que usted es el técnico”. Yo llamé a mi señora y le dije: “llevo a todo el equipo a comer a casa”. Allá hablamos bacano, vimos un partido, nos tomamos unas cervecitas y al otro día ganamos 3-0. Luego ganamos el otro, y luego el otro. Y ascendimos. Es el título que más he celebrado en mi vida. Hasta la gente cortó el pasto de la cancha para llevárselo de recuerdo.

Y se quedó otros dos años y con récord a bordo.

No solo fui el primer portero suramericano en la Bundesliga, sino que le quité el récord a Oliver Khan de partidos seguidos en cero de visita: 10.

Y después de cinco años, de nuevo a la selección. ¿Cómo lo tomó?

Como otro reconocimiento a mi trabajo. El orgullo de siempre.

¿Por qué se va a Filadelfia en 2011, si en Colonia lo adoraban?

Porque soy de retos. Era una franquicia nueva, llevaba apenas un año y me querían allá. Yo lo vi como un plan de vida para mí y mi familia.

¿Y fue una buena experiencia?

Sí, una gente muy sana; los niños y mi esposa felices; la calle mucho más fácil. Y salvamos el descenso. Mejor dicho, una vida “rebacana”.

¿Y por qué decidió volver al Cali, si allá todo era ideal?

Si llego a pensar con la cabeza, si llego a calcular toda la plata que dejé atrás de mi contrato, si llego a comparar todo lo que tenían mis hijos, pues me devuelvo. Esta fue una decisión de hincha: pudo más el corazón verde y mi esposa me apoyó.

¿Y…?

Y me encuentro con este “mierdero”, que sacan a un técnico, que llega otro, que no hay billete, que hay jugadores con actitud regular, en fin. Otra aventura de la que no me arrepiento. La asumo.

¿Por qué decidió no cobrar su sueldo?

En los últimos cuatro meses no he cobrado un peso hasta cuando yo rinda todo lo que debo rendir y hasta que este equipo rinda lo que debe rendir.

¿Qué es la famosa soledad del arquero?

La mejor compañera que uno puede tener. Detrás de ti solamente están la red y los fotógrafos. De resto no hay nadie más.

¿Terminará su carrera en Cali?

Sí. Y ahora con este aire de la selección, ya me puse fecha para retirarme: junio de 2014.

¿Tapar en Brasil 2014?

Lo que a mí me interesa es que vayamos, juegue quien juegue.

¿Qué le faltó en el fútbol?

Jugar en Inglaterra, fue mi gran sueño.

¿Ve una generación similar o mejor que la del 93?

Veo una generación con más experiencia, recorrido y bagaje. Ya casi todos estos “pelados” han jugado Champions League. Es un combo con los pies en la tierra.

¿Qué es lo que más lo emociona de estar en esta selección?

Que un jugador como Falcao me diga: “Gracias por el aporte que vos nos das”. Eso para mí es demasiado. Incluso, James Rodríguez me habla y se pone rojo de la pena, tal cual a mí me dio hace 19 años con los “duros” de entonces.

POR MAURICIO SILVA GUZMÁN

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.