Las apariencias engañan / Opinión

Las apariencias engañan / Opinión

El vino para ser bueno no sólo tiene que serlo, sino que también tiene que parecerlo.

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21 de junio 2014 , 04:56 p. m.

Uno de los parámetros más comunes para medir la calidad de un vino es su aspecto. Que sea brillante, que no tenga ni sapos ni culebras flotando en su interior o, lo que en jerga vinífera, se denomina como ‘límpido’. El vino, en el fondo, para ser bueno no sólo tiene que serlo, sino que también tiene que parecerlo.

Estos parámetros, por cierto, tienen que ver con nuestra cultura. Privilegiamos el brillo por sobre lo opaco, lo claro por sobre lo turbio. Sin embargo, en el vino (como en muchas otras cosas) no siempre esas máximas son razones irrefutables, sobre todo con aquellos vinos que no buscan la ‘filtración’ como método en sus vinos y en los cuales tampoco la ‘clarificación’ es un tema.

Filtrar es, tal como la palabra más o menos lo dice, limpiar el vino. Por medio de máquinas (filtros más o menos gruesos) se eliminan residuos, elementos sólidos y todo aquello que vaya en contra de la ‘liquidez’ de esta bebida.

La clarificación, por otro lado, busca el brillo, la limpidez final. Si filtrar es el baño después de ir al gimnasio, la clarificación es el toque de perfume. También la tecnología ayuda en este proceso, pero hay productos ancestrales que también han contribuido a obtener vinos más brillantes como, por ejemplo, la clara de huevo.

Pero claro que hay gente que, ante esto, piensa que no es necesario nada, que basta con que el vino naturalmente se limpie de esos elementos sólidos tomando ventaja de la ley de gravedad, es decir, que decanten, que se vayan al fondo del recipiente. Por cierto que la pelea no es contra la clarificación, sino más bien contra la filtración, que muchas veces es brutal y le quita algo de sus sabores al vino en pos de un resultado más suave y, sobre todo, más estable en botella… y más limpio.

Mi opinión es que para vinos simples, de consumo masivo, para todos los días, este tipo de actos vandálicos pueden ser permitidos. Para vinos de mayor ambición, yo preferiría que fueran lo menos intervenidos posible. Pero la verdad es que, a medida que uno va probando y probando, las apariencias empiezan a importar bien poco. Hay grandes vinos turbios, magníficos vinos que no han sido filtrados y que presentan serios problemas de clarificación, pero que aún así en la boca (que es donde finalmente importa) son una delicia. Antes que regirse por las apariencias, lo que vale es el gusto.

PATRICIO TAPIA
Especial para EL TIEMPO

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