El poder y la cultura

El poder y la cultura

Era de esperarse que los representantes de la cultura no quisieran saber nada de Uribe.

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18 de junio 2014 , 06:48 p. m.

En las elecciones del pasado domingo se evidenciaron dos hechos: uno, con muy contadas excepciones, el candidato Óscar Iván Zuluaga no tuvo figuras importantes de la cultura que lo defendieran; dos, pese a no haber dedicado un párrafo de su campaña al futuro de la cultura en su segundo gobierno, escritores y artistas de todas las disciplinas apoyamos a Santos.

Zuluaga cosechaba lo que había sembrado Álvaro Uribe en su carrera política y años de gobierno: la capacidad probablemente adquirida de desafiar y afrentar la cultura, entendida como el ejercicio de la creatividad humana, la libertad y la crítica; y la incapacidad de domesticar al individuo perversamente tanático que se perfecciona con las derrotas.

Uribe ha sido el menos cultural de los presidentes colombianos del siglo en curso. Nunca tuvo seguidores ni simpatizantes en la cultura y las artes. Si los tuvo (o tiene), deben de ser muy pocos. Y de la misma manera que desdeñó la crítica como valor supremo de la democracia (y la ironía como una forma superior de la inteligencia), debió de haber desconfiado de escritores y artistas de todas las disciplinas: demasiado díscolos, incorregiblemente desobedientes, incorrectamente políticos.

Era de esperarse que los representantes de la cultura no quisieran saber nada del candidato de Uribe y prefirieran a Santos. Lo prefirieran, no tanto por los aciertos o fracasos de su gobierno, sino por el hecho de que Santos había creado un marco legal para la paz, iniciado conversaciones con las Farc y conseguido resultados que apuntan hacia el final de un conflicto armado con medio siglo de duración.

Ninguna otra actividad creativa de los colombianos ha sido, como la cultura, tan sensible a la guerra. La guerra está en el origen de nuestra nacionalidad y marca casi dos siglos de nuestra historia. En cada una de sus disciplinas la hemos expresado y repudiado. La guerra, es decir, la violencia, marca, de una generación a la siguiente, el espíritu de la creatividad cultural.

La literatura, las artes plásticas y escénicas; las tradiciones populares, el canto de los juglares, la invención de los campesinos y el ingenio desafiante de las tribus urbanas; las nuevas artes de las tecnologías, todos han lidiado sensiblemente con la guerra y sus secuelas de destrucción. Y es precisamente por ello por lo que todo lo que renueve los círculos infernales de la guerra merece el repudio de la cultura.

Quizá no sean suficientes los argumentos para explicar por qué en el mundo de la cultura se ha desarrollado un incontenible repudio hacia Uribe Vélez y el modelo de país que nos propone. Crispado por las frustraciones del poder que desearía completamente suyo, cada día envía nuevas y más explosivas señales de intolerancia y de guerra.

Es un error de nuestra tradición creer que la cultura y el arte son de izquierdas y lo demás, de derechas. Simple reduccionismo. La cultura se inscribe en la tradición humanística de la insubordinación. Si se acerca al poder, lo hace porque se le permitirá respirar. Si se distancia, porque le teme a la asfixia. Los vientos que han soplado del uribismo, en cambio, son la bolsa de polietileno ajustada a la cabeza de la cultura.

Santos es el presidente legítimo de los colombianos. Si se le ha dado un voto de confianza desde la cultura, no es porque su gobierno sea el más justo ni algunos de sus socios políticos, los más confiables. En medio de esa odiosa imperfección, está haciendo realidad un principio de paz que anuncia el final del conflicto armado.

Óscar Collazos

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