Rodríguez Zapatero: el expresidente discreto

Rodríguez Zapatero: el expresidente discreto

Adora correr, detesta la violencia y le gusta la toleracia. Y cree en el proceso de paz en Colombia.

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17 de junio 2014 , 10:12 p. m.

Adora correr y correr y correr. Detesta la violencia, la soberbia y la deslealtad. Le gustan la paz, la tolerancia, la libertad, la naturaleza y los libros del estilo de Cien años de soledad. Es José Luis Rodríguez Zapatero, el quinto presidente de la democracia española (2004-2011), el responsable de retirar las tropas de Irak, el gobernante que promulgó una docena de leyes de carácter progresista –como la del matrimonio homosexual y la de reproducción asistida– a quien, adversarios y miembros de su gobierno por igual, acusan de no haber reaccionado a tiempo cuando se desencadenó la mayor crisis económica de los últimos ochenta años en España. Y cree en el proceso de paz de Colombia.

Por Rocío Wetendorp / Fotos Ralf Pascual

José Luis Rodríguez Zapatero no para de moverse al hablar. Descuelga las piernas por uno de los brazos del sillón, se recuesta hacia atrás, los hombros giran hacia un lado. Me doy cuenta de que no cabe en el sillón en el que ha elegido sentarse. Junto a “esos movimientos desmañados, propios de alguien que no se ha acostumbrado todavía a la longitud de sus brazos o de sus piernas”, en palabras del escritor Juan José Millás, hay un ojo que dirige toda la conversación. Es su ojo derecho, escrutador e implacable, verde bajo la luz de su despacho en el Consejo de Estado.

Nació en Valladolid hace 53 años. Su infancia transcurre en León, ciudad en la que su padre ejercía como abogado. De adolescente ya daba discursos sin recurrir a ningún papel. Durante sus primeros años de militancia en el Partido Socialista Obrero Español no era conocido como Rodríguez Zapatero, sino como el nieto del capitán Lozano, el capitán del ejército republicano fusilado durante la guerra civil. “Paz, perdón y justicia”, escribía en su testamento el capitán la noche anterior a su ejecución.

En el 35º Congreso del PSOE, en el año 2000, Zapatero es elegido secretario general del partido, lo que supone el triunfo de la Nueva Vía, la corriente renovadora enfrentada a los jerarcas del partido. Cuatro años después vence con una holgada mayoría en las elecciones generales del 14 de marzo de 2004. Tres días antes, se habían producido los atentados islamistas de Madrid que acabaron con la vida de 192 personas. Desde el Ministerio del Interior se atribuía la autoría a la banda separatista vasca ETA.

“El presidente accidental”, “Zen”, “Bambi”, “Sosomán”, “Zapatitos”. Existe una lista interminable de nombres para calificar a un presidente que por su cercanía en el trato hace olvidar al interlocutor que ha sido presidente.

Son sus decisiones políticas las que mejor lo definen: al día siguiente de prometer su cargo ante el rey, retira a las tropas de Irak. A continuación, forma un Consejo de Ministros paritario del que emanan una docena de leyes progresistas como la ley contra la violencia de género, la de igualdad, la de matrimonios homosexuales, la de dependencia, la de reproducción asistida. “En mi etapa fue en la que más subieron las pensiones mínimas y las becas, en la que se creó la ley de la dependencia, el gran hito de las ayudas sociales, el permiso de paternidad, se incrementaron las prestaciones de la cartera sanitaria, se amplió el acceso a la escuela infantil a un 40 % de las familias que no lo tenían”.

“La política conlleva muchas decisiones abstractas cuyos efectos no se ven, pero hay algunas que son maravillosas, que cambian la vida de las personas como la ley que permite casarse a los homosexuales o la regularización de los inmigrantes. Ahora que tengo más contacto con la gente, muchos inmigrantes, la mayoría latinoamericanos, me dicen: ‘Gracias porque usted nos dio papeles’”.

Y en la primavera de 2009, llega desde EE. UU. la crisis más grave que ha sufrido España desde la Gran Depresión.

En su libro El dilema (Planeta) explica las causas y su gestión de la crisis. “Reconozco que se me dan mejor los derechos civiles que los fondos de inversión”. También describe con detalle los meses previos a su difícil discurso ante el Congreso en mayo de 2010 en el que anunciaba un abanico de medidas durísimas para intentar reducir el gasto público. Sus adversarios políticos, e incluso miembros de su propio Gobierno, le acusaron de no haber reaccionado a tiempo al negar la crisis en sus comienzos y, sobre todo, de no haberse enfrentado a los problemas estructurales de la economía española. En julio de 2011, adelanta las elecciones generales en las que obtiene mayoría absoluta el Partido Popular.

Es Zapatero, el expresidente español que detesta la violencia, la soberbia y la deslealtad. El estadista a quien le gustan la paz, la tolerancia, la libertad, la naturaleza y un buen libro del estilo de Cien años de soledad.

No puedo evitar empezar esta entrevista con José Luis Rodríguez Zapatero hablando de correr y de la obra del escritor japonés Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr.

Tuve la mala circunstancia de haber quedado dos veces con Murakami y en ambas ocasiones tuve que cancelar la cita porque al final hubo problemas, pero me hubiera gustado muchísimo conocerle. Su estilo de narrar las carreras me estimula para algún día poder narrar todas las carreras que he hecho por el mundo en mi etapa de presidente. He corrido en los sitios más singulares, en países muy distintos. Solía hacerlo temprano, viendo siempre cómo amanecían las ciudades. Ya desde que amanece en un país distingues cuál es su nivel de vida, sus formas de trabajar, el pulso ciudadano… Era una de las cosas que me gratificaba más siendo presidente.

Usted ha descrito una escena muy cinematográfica, corriendo antes de una cumbre del G-20 en Pittsburgh…

Las cumbres y las actividades de política internacional comienzan pronto; normalmente a las 8.30 a. m. hay que estar allí. Para poder correr, cambiarte, desayunar y estar a la hora, tienes que empezar muy pronto. Yo creo que aquel día comenzamos a correr a las seis de la mañana y era de noche. Durante los primeros minutos, el servicio secreto nos alumbraba con linternas por un maravilloso parque nacional de Pittsburgh. Era un camino al lado de un río en un bosque de árboles preciosos. Es una imagen que siempre recuerdo, junto a la de los colaboradores que siempre me acompañaban en las carreras, como Bernardino León, un buen runner. Para mi correr es una manifestación de libertad. Vinculo correr con la libertad y con el esfuerzo con uno mismo.

¿Esa libertad no desaparece al tener que correr con escoltas?

Bueno, después de tantos años corriendo juntos, son amigos y son tan profesionales que, al revés, es siempre agradable. Pero el hecho de ponerte frente al viento a correr y marcar un ritmo que sabes que tienes que graduar, es como el reto de ejercer la libertad. Sabes que si intentas correr muy rápido desde el principio, te vas a agotar. Tiene para mí ese juego metafórico parecido a la libertad, hay que saber usarla y te permite vivir más feliz. Al final correr genera una satisfacción psíquica y física, como la libertad.

¿Tiene que ver con la meditación? Dice Murakami: “Corro en el vacío. Dicho a la inversa cabría afirmar que corro para lograr el vacío”.

Sí. Hay veces que estás tan concentrado en cómo debes realizar el esfuerzo físico que piensas: “Dónde estoy, qué hago”. Estás en el vacío. Yo tengo esa sensación con relativa frecuencia. Te has olvidado de todo, estás únicamente haciendo que tu cuerpo vaya al ritmo conveniente y prácticamente estás en el vacío, es una sensación física y psíquica que no es comparable con nada.

¿Puede ahora correr tranquilamente por su barrio?

A veces corro por sitios bastante normales. Me gusta más salir al campo a correr, por las afueras de Madrid. Me gusta correr en tierra porque correr en el asfalto implica un riesgo mucho mayor de tener lesiones y puede acortar tu vida de corredor, dado que las articulaciones sufren mucho con el cemento.

Se publicó una foto suya en la que aparecía corriendo por una playa en Doñana. Se llegó a decir que usted no corría, que era un montaje de Photoshop porque no dejaba huellas en la arena.

Sí. Fue una de las cosas que peor me han sentado. [Risas]. Es normal que un líder político reciba críticas y más un presidente del Gobierno, pero cuando tras publicarse una foto mía en la que salía corriendo por Doñana se puso en cuestión que realmente estuviera corriendo porque mi pisada no dejaba huella (y no dejaba huella porque la arena de Doñana es compactísima), me pareció increíble. Todo el mundo que corre sabe el esfuerzo que cuesta correr y claro, que te cuestionen eso… Pues sí, no me sentó nada bien.

En torno a su figura han inventado infinitud de motes. ¿Hay alguno que le haya hecho especialmente gracia, supongo que por inverosímil?

Bueno, no, la verdad, por lo que constato, lo de “ZP” es lo que más “Estado” ha causado, como decimos en Derecho. Fue en su día una fórmula electoral que recuerdo bien que produjo José Blanco, el secretario de organización del partido y que sin duda tuvo un gran impacto y me acompañará el resto de mi vida.

¿Cómo se sintió al pasar de ser Rodríguez Zapatero a ser una marca?

La verdad es que te despersonaliza un poco. No cabe ninguna duda. Es una marca de la que se colgaban muchas cosas. Es evidente que tu manera de ser más íntima, más propia, más auténtica, cuando estás en liderazgo político, se desvirtúa en cierta medida. Al final eres marca.

Fue una campaña muy exitosa…

Completamente. La marca suponía dos cosas: una personalización fuerte de la campaña que se corresponde con la comunicación política de los tiempos en que vivimos, en los que los liderazgos cuentan tanto, o por lo menos creemos que cuentan tanto. Yo siempre he tenido mis dudas sobre esto último… Por tanto se trataba de personalizar, el núcleo de la campaña era ZP del PSOE. También se trataba de hacer algo que tuviera impacto, que no fuera un lema más. Había un lema, pero nadie se acuerda de él. Quedó ZP. Permitía ofrecer una fórmula original y lanzar una idea presidencial de una manera no formal, no clásica, no convencional.

Quería rebobinar al momento en el que surge su vocación política. He leído que surgió viendo a Felipe González en un mitin; tenía usted 16 años.

Claro, pero más que mi vocación política lo que ahí surge es mi decisión de entrar en el PSOE. Mi vocación política discurre de forma paralela a mi uso de la razón porque mi familia era muy inquieta, estaba muy vinculada a una historia política antifranquista. Mi abuelo fue un republicano fusilado. En mi casa, mi padre me hablaba de lo que era la vida pública, la política, los ideales. Yo fui con 16 años a ver a Felipe porque ya tenía una inquietud política muy intensa. Recuerdo el pabellón de deportes de la Arena, en Gijón, que es muy especial porque está en una calle y es como un sótano. Tengo grabado de aquel mitin de Felipe González, con una bufanda enorme, una chaqueta de pana y un grito que retumbaba en el pabellón: “Ni rejas ni fronteras”. Era el año 76, aquello era un clamor de libertad…

¿Alzaba la voz Felipe en el mitin?

Claro, por supuesto. Y todo el pabellón, pero con una carga tremenda. Aquello era adrenalina pura. Como correr un maratón. Desde allí decidí que mi partido era el PSOE, que Felipe encarnaba, como luego se demostró, el liderazgo político de una España abierta, distinta, tolerante, libre y me afilié al partido a los 18 años. Es verdad que yo no fui Rodríguez Zapatero durante varios años en el Partido Socialista. Yo era el nieto del capitán Lozano. Cuando los veteranos del partido me conocieron y me integré en el partido en León, yo era Lozano porque mi abuelo había sido un capitán republicano muy querido. Mi sangre está vinculada al Partido Socialista, mis ideas, mi pasión…, enseguida tuve responsabilidades con pocos años en el partido. En la carrera universitaria fui delegado de curso, y a los 26 años tuve que tomar una decisión: o continuar dando clases en la universidad y seguir una carrera universitaria, o ser diputado en el Congreso y optar por la actividad política. Me decidí por esta última, no sin un debate interno, personal, pero fui muy animado por mis profesores…

Ya daba discursos en la universidad, en el partido…

Yo he dado discursos toda mi vida. Hay una cosa que ahora me agrada mucho y es que recibo muchas peticiones de estudiantes de Ciencias Políticas, de Derecho, que realizan tesis doctorales, trabajos de fin de carrera, sobre mi etapa de gobierno, sobre las leyes, lo que supuso la guerra de Irak, la lucha contra ETA, etc. Siempre les transmito que, en buena medida, mi trayectoria política no se explica sin el hecho de que de adolescente yo ya daba discursos sin recurrir a ningún papel y que siempre tuve una gran capacidad para hablar en público.

¿Practicaba antes?

No, no, yo creo que es algo innato. La práctica, empecé muy pronto, es fundamental. Es algo que los españoles deberían incorporar en la escuela y en todas las disciplinas, como hacen los anglosajones: el practicar, el aprender a hablar en público, a dirigirse a los demás, a presentarse, a transmitir una idea. Es fundamental y más en la sociedad a la que vamos, en la que la comunicación es la clave.

¿Recuerda su primer discurso?

Pues la verdad es que no. En todo caso, sería un discurso de la agrupación del Partido Socialista. Pero lo que sí tengo grabado es que siempre he tenido un discurso muy centrado en los principios democráticos. Cuando eres de izquierda, el principio de los principios son los valores democráticos, el afirmarlos, recordarlos, el enriquecerlos, creo que es lo que más me ha motivado desde un punto de vista ideológico. Las grandes libertades, desde la libertad de conciencia hasta las que transforman la realidad de la gente, las libertades de realización personal en todos los ámbitos. La democracia es un sistema sabio, tiene recursos para integrar todo: la riqueza, la pluralidad y reglas para mantener los equilibrios y la convivencia. Cuidar la democracia, los valores democráticos que empiezan en la paz, porque al final la convivencia es paz, ha constituido uno de los ejes más motivadores para mí en la política.

Vayamos a cuando usted es elegido presidente. Sus hijas eran pequeñas, pero ¿cómo preparó a los suyos para lo que se le venía encima?

Creo que para eso no se prepara nadie. Primero porque no sabes hasta que no lo vives. Se lo digo también a mis amigos y compañeros, hay cosas que son intransferibles como el sentimiento de responsabilidad que tienes cuando eres presidente del Gobierno. Te lo pueden explicar antes, pero cuando de verdad tú te sientes responsable de lo que le pasa a la gente de tu país, todo ha cambiado en tu vida. Te vas a sentir responsable para siempre, porque quien ha representado a España, por lo menos en mi caso, que he sentido que me acompañaba una bandera y 46 millones de personas y que cada decisión, cada acto, cada gesto incluso podía afectar a sus vidas. Eso lo he incorporado definitivamente. Para la familia tiene momentos muy buenos, intensos y momentos más difíciles. Pero ¿hay algo más ilusionante en democracia que contar con el voto, con la confianza para representar a tus compatriotas y decidir el destino de sus vidas? Pienso que no. La vida tiene mucho de azar. Recuerdo aquella noche perfectamente, la noche de la victoria electoral, la inquietud de mi mujer y la alegría de mis hijas, que eran muy pequeñas pero sabían que su padre había ganado.

Entonces, preservar la intimidad era muy importante…

Sí… Me parece que hay que intentarlo, por lo menos. La intimidad, no por ella en sí misma, sino porque los principios democráticos aconsejan cierta discreción. La discreción es también enriquecedora porque te permite ratos de soledad y de abstracción. Vivimos en una sociedad en la que la gente tiende a mostrarse, pero los momentos más creativos de mi vida, de mayor enriquecimiento intelectual, han tenido un componente de discreción y de soledad. Y de sosiego. Hay un gran debate sobre los hombres públicos, que casi no tienen intimidad. En estos últimos tiempos pensaba mucho en lo que le ha pasado al presidente francés François Hollande. Me ponía en su piel y, ciertamente, ha tenido que ser durísimo porque se trata de toda su vida sentimental abierta en canal ante millones de personas. Los presidentes tienen un componente emotivo igual que todas las personas. Es verdad que la política endurece, fortalece la mandíbula y la piel. Creo que es una condición sine qua non para un líder político tener fortaleza emocional, sin duda. Pero te afecta...

En su libro El dilema cuenta que miraba desde la ventanilla del coche a la gente que iba por la calle y se preguntaba cómo le iban a afectar los recortes. ¿Qué imagen de la crisis le ha impactado más últimamente?

Hay una que es la que me preocupa y nos debería de preocupar. Objetivamente, hay una parte de la población que ha sufrido la crisis de una manera cruel; no sé cuantificarla, pero estará en torno a 20 %. De esa parte de la población, hay un número que ha llegado al extremo de no poder dar de comer tres comidas diarias a sus hijos. En un país con la renta per cápita de España, si se permite esto es por mala organización y por tanto por un problema político. Es posible que un país del primer mundo no pueda garantizar el trabajo para todos, pero sí tiene que garantizar la alimentación básica. Incluso debería ser un derecho; es una de las cosas en las que estoy pensando: igual que tenemos un derecho a la educación y a la salud básicas, a una pensión aunque sea mínima se haya trabajado o no, o un derecho a la dependencia (hay una mínima prestación para aquellas familias que tengan una persona dependiente)… Tendría que haber un derecho a la alimentación básica de nuestros niños.

Desde su ventanilla de expresidente, ¿cómo ve a la sociedad española en caso de que se continúen con los recortes en materia de derechos civiles, como con la reforma a la ley del aborto?

Soy optimista. [Risas]. Lo cual no es una novedad. Lo más impactante de España en los últimos 20 años es que se ha convertido en la sociedad más tolerante y progresista en valores de convivencia. El aborto es una ley de libertad para las mujeres; la democracia se basa en que el poder confía en los ciudadanos. Mi pronóstico es que no habrá marcha atrás. Porque la sociedad española lo tiene clarísimo y no lo va a permitir. Y si se atrevieran a hacer esa ley, será derogada en la próxima legislatura porque la mayoría del Parlamento se lo impondrá. Podrá ser una ley puramente efímera. Como creo que esa convicción la debe tener el PP, pienso que no la van a llevar adelante, que no tiene sentido, no la ha pedido nadie. La experiencia de los tres años en vigor de la ley de plazos, de la ley de confianza en la mujer, que es como me gusta llamarla, ha demostrado que la tendencia apunta a un menor número de abortos.

¿Cree que se debe a que la Conferencia Episcopal ha revelado el poder que tenía latente?

Sí [rotundo]. Sí, sí, sí…, no encuentro otra explicación. Yo conozco a los políticos del PP, hay una parte más conservadora, pero están en la realidad y saben que en las encuestas el apoyo a la ley de plazos del aborto es abrumador.

Las críticas por parte de sectores de la izquierda, especialmente de la cultura, por “abandonarles” tras adoptar las medidas económicas ante la crisis, ¿le parecen justas?

Depende, como siempre, de qué perspectiva adoptes. Para un presidente que no había hecho más que extender políticas sociales, gasto social, un momento de frenazo puede dar lugar a críticas. Bien. Incluso puede ser motivo de divorcio, aunque uno tiene siempre la esperanza de que tras el divorcio a veces también se llega a la reconciliación. Es necesario hacer una valoración más global de todos los avances que ha habido, no solo en materia de derechos civiles y de libertades, sino también en políticas sociales, sobre todo por la ley de la dependencia y porque en los momentos duros de la crisis nunca toqué ni la educación ni la sanidad. Se mantuvieron intactas todas las prestaciones, incluso la de los inmigrantes sin papeles que me provoca [se señala al pecho] una cierta huella en la piel…

Existen acusaciones, por parte de su propio equipo, de que usted tardó en hablar de crisis. Este retraso, ¿fue debido a su talante optimista?

Sí, esa es una crítica que entiendo perfectamente. Hombre, hubo un poco de mala fortuna, estas cosas suceden. No es que llegara la crisis o no, es que lo que llegó fue una crisis gravísima, la más grave desde hacía casi un siglo, desde la Gran Depresión. ¿Que por qué tardé? Por dejarme llevar por un concepto estrictamente económico de lo que es una crisis: cuando hay dos trimestres negativos en el crecimiento. Estábamos en crecimiento positivo todavía. Pero nadie se acuerda de aquello… Y sí, mi impronta es optimista porque creo que si quien está al frente de la tarea de gobernar el país, no transmite optimismo, todo lo que tiene a su alrededor entra en depresión, se desmorona. He vivido esa sensación de ser el centro de las miradas de tu equipo, de las miradas de todos los que te rodean, miradas que tratan de averiguar tu estado de ánimo y si te ven con un estado de ánimo bajo, ellos bajan tres escalones. Las cosas se hacen para que sean. Luego, que se reconozcan más o menos importa poco en la historia. Se hacen para que sean. Importa recordar las cosas, pero el reconocimiento es menor. No creo en la personalización excesiva de la política, creo en el país, en los valores colectivos, en una idea común… Por ello lo que pongo siempre encima de la mesa es esa España moderna, tolerante, libre. De ser el país con menos libertad del mundo, hemos pasado a ser uno de los países que más ama a la libertad.

¿Su biografía es lo que está por llegar?

Sí. Lo que más me motiva ahora es escribir. Estoy empezando mi segundo libro sobre derechos civiles, sobre la docena de leyes que hicimos en materia de derechos y libertades, sobre lo que representan. Me llaman para debates, para dar conferencias sobre temas de igualdad en ONU Mujeres. Es mi tarea principal, aparte de estar en el Consejo de Estado, el máximo órgano asesor del Gobierno.

¿Algún sueño por cumplir, algo que no pudo hacer cuando era presidente?

Hay bastantes temas que me hubiera gustado poder abordar. Hay dos que deberíamos haber abordado y no lo hicimos porque el fenómeno no había emergido en ese momento. Lo que hace referencia a la construcción de los derechos económicos de ciudadanía. Son los derechos económicos, los que se han venido a llamar los derechos de los consumidores, pero el término consumidor me parece light. De igual forma que si una mujer denuncia hoy día un maltrato hay un sistema organizado para defenderla, debe articularse un sistema que garantice un trato justo en los derechos económicos.

¿Y lo otro?

Me ha quedado un mal sabor de boca con lo sucedido en las vallas de Ceuta y Melilla (barrera física entre Marruecos y España). ¿Qué más podemos hacer ahí para evitar ese drama de la inmigración? Me hizo vivir escenas de las más difíciles. Cuando tienes enfrente de ti a un joven senegalés de 25 años que ha venido en una patera, le ves en uno de esos centros y te mira con esos ojos negros inmensos que tienen los senegaleses y te dice: “Yo he estudiado Derecho, he estudiado leyes y en mi país no vale para nada, solo sirve para pasar hambre. ¿Tendré derecho en algún lugar del mundo a poder trabajar y vivir?”. Y te lo está diciendo alguien al que sabes que vas a devolver a su país, a la nada. Y eso es duro.

Con respecto a Colombia, usted que luchó porque ETA pusiera fin a la violencia, ¿cuál es su opinión de la situación actual en Colombia?

La paz es la tarea. Cambiará la historia de Colombia. El fin de la violencia es un gran objetivo nacional. El mundo desea el éxito del proceso y Colombia será un país sin violencia, pero no debe ser un país sin memoria. El reconocimiento de las víctimas es un imperativo fundamental.

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