El matoneo pacifista

El matoneo pacifista

Respeten la opción de quienes pensamos que ninguno de los dos candidatos merece nuestro voto.

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14 de junio 2014 , 10:24 p. m.

La campaña terminó como empezó: cochina. Denuncias de última hora sobre negocios de la familia presidencial; antiguos capos del paramilitarismo a quienes, en la semana final, la memoria se les despertó; agresivos anuncios de televisión y vallas rayanas en el insulto; masiva compra de votos con mermelada corrupta consumida hasta niveles diabéticos. En fin: la más sucia artillería que ha asqueado a millones de votantes que se quedarán hoy en casa y a otros que iremos a las urnas a ejercer el sagrado derecho de votar en blanco.

El tono matón de los sectores zuluaguistas radicales no me sorprende. Hace varias semanas dejé en claro que no votaría por el candidato del Centro Democrático, por el peso que esa franja de lunáticos tiene dentro de la campaña de Óscar Iván Zuluaga. Los hechos han demostrado que, al advertirlo cuando la campaña apenas prendía motores, no me equivoqué.

Lo que sí me ha sorprendido es que muchos pregoneros de la paz del presidente Juan Manuel Santos, incluso algunos que se autodenominan intelectuales, hayan hecho gala de la misma actitud de matoneo que tanto le han censurado al uribismo. Comparto muy pocas ideas con mi colega William Ospina. Pero me indigna que una columna en la que planteó una aguda reflexión sobre lo que significan las dos candidaturas haya desatado semejante andanada de intolerancia y odio entre quienes se autoproclaman como mentes libres.

Otro tanto le ha ocurrido al senador Jorge Enrique Robledo, por atreverse a decir una verdad que debería ser de a puño para cualquiera con convicciones de izquierda: que Santos y Zuluaga representan lo mismo, salvo porque el uno exuda oligarquía capitalina y el otro está abrazado por la oligarquía regional. Los voceros del pacifismo han crucificado al senador del Polo, en una belicosa muestra de intolerancia inquisitorial. Las credenciales de izquierda de Robledo están más que confirmadas. No así las de quienes desde esa misma izquierda han proferido contra él alaridos de “¡Anatema!”.

Un desmemoriado columnista, que hace cuatro años no rebajaba a Santos de inspirador de los ‘falsos positivos’ y ahora lo equipara con Nelson Mandela, resolvió que quienes votemos en blanco quedaremos con las manos untadas de sangre. A mí todo este espectáculo me despierta una profunda lástima: presas de un miedo sobrecogedor, las personas que así razonan son capaces de votar por un demonio con la excusa falaz de que es la única forma de derrotar a otro.

Hay una tardía reedición del más puro estalinismo, el mismo que justificó el asesinato de más de 30 millones de campesinos soviéticos, porque había que establecer la igualdad a como diera lugar y ponerle un dique al avance del nazismo. Que el fin justifica los medios fue la disculpa tras la que se atrincheraron guerrilleros y paramilitares para reclutar niños, violar niñas o volarles las piernas a humildes campesinos. Que esa misma disculpa la usen ahora los profetas de la paz es inaceptable.

Eso sí, respeto su decisión. Respeto a quienes hoy votarán por Santos. Y respeto a quienes lo harán por Zuluaga. Y exijo que quienes piensan distinto respeten a unos y a otros. Pero también exijo, a cambio, que respeten la opción de quienes pensamos que ninguno de los dos candidatos merece nuestro voto.

Es un principio elemental de la democracia que algunos de quienes más democracia pregonan parecen haber olvidado: que cada ciudadano es libre de votar como le parezca, o incluso de quedarse en casa si, como resulta apenas explicable después de tan vergonzosa campaña, ha perdido la fe en nuestras maltrechas instituciones. Marcaré la casilla del voto en blanco, que para algo está en el tarjetón, y pondré oídos sordos a los distintos matoneos, incluso al que, para mayor incoherencia, se pinta en los cachetes la paloma de la paz.

MAURICIO VARGAS

mvargaslina@hotmail.com

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